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La Reina Camila de Gran Bretaña lee el cuento de Winnie the Pooh a niños en Nueva York
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La Reina Camila de Gran Bretaña lee el cuento de Winnie the Pooh a niños en Nueva York

De peluche a un negocio de US$ 6.000 millones: Winnie-the-Pooh cumple 100 años y la reina Camila pide para que vuelva a Gran Bretaña

Pancho BarreiroEditor

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Los juguetes originales que inspiraron a A. A. Milne pertenecieron a su hijo Christopher Robin y permanecen desde hace casi cuatro décadas en Nueva York. El Parlamento inglés, primeros ministros, presidentes de Estados Unidos y ahora la familia real británica quedaron involucrados en una disputa que lleva décadas.

16 Octubre de 2026 11.30

En octubre de 1926, el escritor británico A. A. Milne publicó Winnie-the-Pooh. Cien años después, el oso que protagonizó aquel libro sigue provocando una discusión que llegó a atravesar el Parlamento británico, primeros ministros del Reino Unido y a diferentes presidentes de Estados Unidos.

Y, ahora, llegó hasta la familia real: Gran Bretaña quiere recuperar, aunque sea temporalmente, los peluches originales que inspiraron la historia y que desde hace casi cuatro décadas permanecen en la New York Public Library.

Los peluches no son reproducciones ni piezas creadas posteriormente alrededor del éxito del personaje de Disney. Son los verdaderos juguetes con los que jugaba Christopher Robin Milne, hijo del escritor e inspiración directa del niño protagonista del libro. Pooh, Piglet, Eeyore, Kanga y Tigger están hoy conservados en Nueva York; Roo, el pequeño canguro, se perdió décadas atrás.

Del biógrafo a la reina Camila

El último intento británico volvió a tomar fuerza alrededor del centenario. Gyles Brandreth, escritor, biógrafo de Milne y amigo de Christopher Robin, viajó a Nueva York como emisario de la reina Camila para explorar la posibilidad de que los juguetes pasaran el aniversario en Buckingham Palace. La biblioteca rechazó la propuesta por su fragilidad y por el enorme interés que generan entre sus visitantes.

Winnie the Pooh en la New York Public Library. - commons.wikimedia
Winnie the Pooh en la New York Public Library. - FOTO: commons.wikimedia

No es un argumento menor. La propia NYPL llegó a señalar que los peluches reciben cientos de miles de visitantes por año, y actualmente forman parte de la Polonsky Exhibition, la muestra permanente de los grandes tesoros de la institución.

Camila llevó después personalmente el gesto a Nueva York. Durante una visita a la biblioteca entregó una nueva versión de Roo, el único integrante que falta en el conjunto original, y leyó un fragmento de Winnie-the-Pooh frente a un grupo de chicos. Meses más tarde, durante una visita a Ashdown Forest, el paisaje que inspiró el Bosque de los Cien Acres, definió al personaje como "un héroe universal" y aseguró que "la gente lo ama a él y a sus amigos en todo el mundo".

Desde la familia real quedó además una invitación abierta para que Pooh y sus amigos puedan alojarse algún día en Buckingham Palace o el castillo de Windsor. Brandreth buscó quitarle dramatismo al reclamo: "No es una campaña. Es una invitación".

Pero para entender por qué cinco peluches centenarios pueden provocar semejante discusión hay que regresar al comienzo. Mucho antes de convertirse en uno de los personajes infantiles más reconocidos del mundo, Winnie-the-Pooh fue, inicialmente, el oso de un chico inglés.

Un peluche y un niño que existieron de verdad

Christopher Robin Milne junto al Winnie the Pooh original - By Marcus Adams (1875 - 1959) - National Portrait Gallery, PD-US, wikipedia.org
IZQ: Los peluches originales en la New York Public Library.
DER: Christopher Robin Milne junto al Winnie the Pooh original - FOTO: Marcus Adams (1875 - 1959) - National Portrait Gallery, by wikipedia.org

Christopher Robin Milne nació en 1920 y fue el único hijo de A. A. Milne y Daphne de Sélincourt. Para su primer cumpleaños recibió un oso de peluche comprado en Harrods que inicialmente se llamó Edward Bear; después fueron llegando Piglet, Eeyore, Kanga, Roo y Tigger.

Incluso hasta el nombre Winnie tiene un origen real. Durante la Primera Guerra Mundial, el veterinario canadiense Harry Colebourn compró una cría de oso negro y la llamó Winnipeg, por la ciudad donde vivía. El animal terminó en el zoológico de Londres, Christopher Robin lo visitaba con frecuencia y terminó rebautizando a su propio oso como Winnie; "Pooh", en cambio, era el nombre que el chico le había dado a un cisne.

A. A. Milne convirtió luego ese universo familiar en literatura. Christopher Robin y su oso aparecieron primero en poemas y relatos, hasta que en 1926 llegó Winnie-the-Pooh, ilustrado por E. H. Shepard, y dos años más tarde The House at Pooh Corner.

El verdadero Christopher Robin

La fama tuvo un costado menos amable para el chico que había inspirado aquellos libros. Christopher Robin creció convertido en personaje público antes de poder decidir si quería serlo y mantuvo durante años una relación compleja con esa identidad, porque su nombre real había quedado prácticamente fusionado con la creación de su padre.

Esa historia llegó incluso al cine. Goodbye Christopher Robin, estrenada en 2017 y protagonizada por Domhnall Gleeson y Margot Robbie, reconstruyó el nacimiento de Pooh y el impacto que la fama tuvo sobre el verdadero Christopher Robin y su familia.

También fue Christopher quien, ya adulto, terminó aceptando que sus juguetes tuvieran un hogar permanente en Nueva York. Los peluches habían llegado a Estados Unidos en 1947 durante una gira promocional de la editorial E. P. Dutton y, cuatro décadas más tarde, en 1987, fueron donados a la New York Public Library.

El paso del tiempo se nota. En 2016, la biblioteca realizó un importante trabajo de conservación sobre los juguetes: sólo Pooh tenía 52 parches. Esa fragilidad es hoy uno de los principales argumentos para evitar nuevos viajes transatlánticos.

Del Parlamento británico a la Casa Blanca

La discusión sobre dónde deberían estar esos juguetes no comenzó con el centenario. En 1998, la diputada laborista británica Gwyneth Dunwoody visitó la colección en Nueva York y decidió llevar el asunto al Parlamento. Dijo que los había visto "encarcelados" detrás de un vidrio y reclamó que regresaran a Gran Bretaña. Incluso comparó el caso con el reclamo griego por los mármoles del Partenón conservados en el British Museum.

Estados Unidos respondió rápidamente. La congresista demócrata Nita Lowey impulsó una resolución para que los juguetes permanecieran en Nueva York, mientras el entonces alcalde Rudy Giuliani visitó personalmente a Pooh y aseguró que estaba perfectamente feliz viviendo en la ciudad. Bill Clinton también participó del juego diplomático: desde la Casa Blanca se afirmó que perder al oso sería "unbearable" (inaguantable), un juego de palabras con "bear", oso en inglés.

Tony Blair, que en esos días estaba precisamente de visita en Washington, optó por desactivar la crisis con humor. El entonces primer ministro británico aseguró que creía que Pooh y sus compañeros estaban "suficientemente felices" donde estaban.

Años después, sin embargo, el asunto volvió a llegar hasta el máximo nivel político. Según el relato de Brandreth, durante un encuentro entre David Cameron y Barack Obama un colaborador de la Casa Blanca telefoneó a Anthony Marx, entonces presidente de la New York Public Library. La idea era que ambos mandatarios pudieran anunciar al terminar su reunión que los peluches regresarían a Inglaterra.

La respuesta fue negativa. Cuando el funcionario estadounidense insistió en que estaba hablando en nombre del presidente de Estados Unidos, Marx respondió que él era el presidente de la New York Public Library y que la respuesta seguía siendo no. El anuncio nunca ocurrió.

Desde entonces, el reclamo británico perdió algo de ambición: más que conseguir una repatriación definitiva, la propuesta actual apunta a lograr al menos una visita temporal. Hasta ahora, Nueva York tampoco cedió.

De un peluche a un negocio de miles de millones

Para entonces, Winnie-the-Pooh hacía décadas que había dejado de ser solamente un personaje de libros. En 1930, apenas cuatro años después de la publicación de la primera obra, el empresario estadounidense Stephen Slesinger adquirió de Milne los derechos comerciales para Estados Unidos y Canadá por US$ 1.000, además de un porcentaje sobre determinados ingresos.

Winnie the Pooh - .
De un libro ilustrado a un éxito de Disney que llegó a vender más que Mickey Mouse

Comenzaron a aparecer discos, juegos, programas de radio y productos derivados. Incluso la célebre camiseta roja del personaje empezó a instalarse durante aquella etapa de comercialización estadounidense, antes de la llegada de Disney.

En 1961, Walt Disney Productions acordó la explotación de los derechos y cinco años después estrenó Winnie the Pooh and the Honey Tree. A partir de allí, el oso se expandió hacia películas, series, parques temáticos, libros y una enorme variedad de productos de consumo.

La dimensión económica llegó a ser extraordinaria. En 2000, Forbes citó una estimación de Merrill Lynch según la cual los productos vinculados a Pooh generaban alrededor de US$ 6.000 millones anuales en ventas minoristas, el doble que cinco años antes. En ese momento, el personaje había llegado incluso a superar a Mickey Mouse por ingresos de licencias.

El número no puede trasladarse directamente al presente porque Disney no informa cuánto factura actualmente Winnie-the-Pooh de manera individual. Pero sirve para medir hasta dónde llegó una historia que había comenzado sin estudios de animación, franquicias ni departamentos de marketing: con un niño que recibió un oso de peluche y un padre que convirtió sus juegos en literatura.

Un siglo después, Pooh sigue generando libros, películas y productos alrededor del mundo, pero también llamados entre gobiernos y discusiones sobre quién debería conservarlo. Por ahora, la respuesta sigue estando en Nueva York.

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