Hay cosas que solo se aprenden sobre una bicicleta
Todo lo que sé hacer bien parece tener una fecha de vencimiento cada vez más cercana. Si algo queda claro es que la única constante hoy es el cambio, y que ya no llega al ritmo en que yo lo aprendí.

Mi primera bici fue una BMX comprada en el Salón del Juguete. No recuerdo exactamente cómo fue, pero pienso que aprender a tener equilibrio en ella me resultó relativamente fácil. Tan fácil, que asumí que ya sabía todo sobre andar en bicicleta. Mis mejores recuerdos de esa época eran recorrer, junto a mi hermano menor, la avenida Real Audiencia: una calle extremadamente larga, con muy poco tráfico y casi cero comercios. Con el pasar de los años, y por algún motivo, esta actividad pasó de ser mi pasatiempo favorito a un segundo plano. La BMX quedó empolvada en la bodega que estaba junto al patio trasero de la casa. Lo que no sabía es que ese equilibrio no me iba a servir para todo lo que vendría después.

Mi segundo momento de la verdad con una bicicleta fue luego de que dije que jamás me compraría una. No porque no me gustara, sino porque la vida, de alguna manera, me obligó a retomarla. Una lesión en ambas rodillas me sacó de mi deporte de siempre y me dejó dos caminos: o el sedentarismo, que me caracterizó por muchos años, o encontrar una opción con menor impacto que me permitiera mantenerme activa. Elegí la segunda. Además, ¿qué tan difícil podía ser retomar algo que una vez amé? Y así fue como llegó mi primera bicicleta de ruta. Con la misma ilusión de una niña y sin entender las diferencias entre unas y otras, compré la más guapa: la llamé Uvita. Aunque no entendía nada de ciclismo, por supuesto, quería verme como una ciclista pro, así que compré el kit completo que incluía pedales especiales y zapatos de clips.

Fui a mi primera clase dispuesta a caerme una, dos, hasta tres veces. Era normal, todos me lo decían: "te caes unas pocas veces y enseguida aprendes". Mi profe Klever hizo la demostración: pedalear, y antes de detenerte, girar el talón para soltar el pie del pedal. Facilísimo, pensé. Nos acercamos al tramo de césped en el parque Bicentenario —ahí, al menos, las caídas dolían menos— y así fue como empezó todo. Lograba desengancharme sin problema, pero justo antes de bajarme, por alguna razón, mi cerebro hacía corto circuito y me lanzaba al lado contrario. Bloqueo total y un arcoíris de moretones que me salían en las rodillas semana tras semana.

A punta de determinación lo logré, y cuando eso pasó, me aventuré al asfalto. ¿Resultado? Una caída tras otra, aún más dolorosa. Hasta que llegó el día en que, frente a mis amigos, dije: "esto no es lo mío". No sé si me dolía más la caída o el bochorno. Fue entonces cuando mi profesor dio en el clavo: tenía que regresar a los pedales normales hasta ganar confianza. Solo después volví a los clips "en privado". Al menos fueron cuatro horas de un fin de semana, subiendo y bajando de la bicicleta entre árbol y árbol como punto de referencia. Con paciencia y constancia, convertí esta dinámica en un reflejo condicionado y poco a poco me volví a enamorar del ciclismo, aunque no puedo negar que todavía me da miedo.

¿Por qué cuesta tanto retomar algo que, en el fondo, creíamos que ya sabíamos hacer?

Saber andar en bicicleta no es lo mismo que saber andar en esa bicicleta. Yo tenía el equilibrio, eso nunca se olvida, pero no tenía la técnica, ni los reflejos, ni el contexto de una bicicleta de ruta con pedales que no se sueltan solos. Y ahí está lo que más me costó entender: la experiencia puede darnos confianza, pero también puede hacernos creer que ya sabemos todo. Esa confianza mal calibrada fue exactamente lo que me hizo subestimar lo que en realidad tenía que reaprender.

Es la misma confianza que me llevó a decir, frente a mis amigos, "esto no es lo mío". No fue solo el orgullo. Fue descubrir que algo que creía dominado, en realidad no lo estaba, y que iba a tener que fallar, en público, para comprobarlo. Por eso necesité las cuatro horas entre árbol y árbol, en privado: no para aprender la técnica, sino para separar el fracaso de la mirada de los demás.

La psicóloga Carol Dweck describe esta lógica con su modelo de "mentalidad de crecimiento": la diferencia no está en el miedo a fallar, sino en cómo interpretamos la caída. Si la vemos como el final del intento, o como una parte más del proceso. En la primera, caerte significa que no puedes. En la segunda, ningún intento se desperdicia — incluso el que termina en el suelo.

Esa misma lógica se aplica fuera del asfalto, en el ámbito laboral. Pertenezco a una generación profesional que aprendió a construir experiencia acumulándola con el tiempo, y eso era lo que me hacía sentir "segura". Hoy, sin embargo, veo que la experiencia también consiste en saber qué hacer cuando aquello que aprendimos deja de ser suficiente. Alguna vez pensé que haber trabajado en distintas industrias era solo una línea más en mi currículum. Ahora sé que fue otra cosa. Cada cambio me obligó a aprender reglas nuevas, hacer preguntas que ya no me avergonzaba hacer, abandonar certezas que hasta entonces me habían funcionado, y a sentirme cómoda con no tener todas las respuestas. No estaba abandonando mi experiencia cada vez que cambiaba de industria. Llevaba conmigo lo que realmente importaba: el criterio para hacer las preguntas correctas, y la capacidad de adaptarme sin borrar lo ya construido. En retrospectiva, mi carrera se convirtió en evidencia de esa misma idea: adaptarse también es una forma de experiencia.

El mundo tampoco es la misma bicicleta. Hoy, en un taller sobre inteligencia artificial, sentí algo parecido a aquella mañana en el césped: lograba entender lo básico, pero justo antes de sentirme cómoda, mi cerebro volvía a hacer corto circuito. Todo lo que sé hacer bien parece tener una fecha de vencimiento cada vez más cercana. Si algo queda claro es que la única constante hoy es el cambio, y que ya no llega al ritmo en que yo lo aprendí.

La experiencia debería hacernos mejores aprendices, pero muchas veces nos convierte en peores principiantes — y de eso nadie está exento, ni siquiera en su trabajo. Tarde o temprano, tendremos que volver a lo que ya dábamos por resuelto.

Hoy tengo una bicicleta nueva. Se llama Nube. A Uvita la cambié con toda la pena del mundo, después de que la cadena empezara a fallarme seguido. Pero la recuerdo con demasiado cariño: en ella aprendí todas estas lecciones.

Mis reflejos, mi confianza y mis habilidades mejoraron. Aunque el miedo sigue ahí, ya no espero que se vaya. Aprendí a pedalear con él de todas formas. (O)