Durante años Sara Palacios se sintió perdida.
De niña la natación fue su vida. A los seis años dio sus primeras brazadas y rápidamente el deporte se convirtió en rutina, disciplina y competencia. Parte de su identidad.
Conoció la rigurosidad del deporte. Entrenaba por la mañana antes de ir al colegio y también en las tardes. “Era al menos tres horas en el agua y dos de preparación física. Sábados, domingos, en la madrugada o en las noches”. Fue parte de la selección de Ecuador y en su casa cientos de medallas están guardadas en un cajón como vivencia de esa época. “Mas que un sacrificio, fue un compromiso que uno adopta”.
Cuando llegó a la universidad esa rutina desapareció. Graduada en Arte Culinario y Administración de Alimentos y Bebidas en la Universidad San Francisco de Quito. Sara quería explorar nuevos rumbos y casi sin darse cuenta, pasó cerca de una década alejada del agua.
Comenzó una larga etapa de incertidumbre. Intentó emprender varias veces. Montó una cafetería con su hermano, para lo cual se endeudaron en US$ 15.000 y no funcionó. Luego hizo catering para eventos de amigos y hasta de chofer en carreras de aventura. Tuvo una relación sentimental fallida de la cual nació su primera hija. Sentía que no tenía dirección. “No lograba estabilidad económica y peor emocional”.
La frustración empezó a acumularse. Todo su entorno parecía tener respuestas menos ella.
En medio de esta crisis apareció la montaña. Primero fueron caminatas y los ascensos se transformaron en una especie de terapia. “En estos andares, sufrí un edema pulmonar en 2017 en Perú, no podía respirar. Por un tema de altura regresé a Guayaquil en bus desde Lima, fueron más de 36 horas”. En esta ciudad se reencontró con quien es ahora su compañero de vida. “Diego es mi entrenador, mi motivación. Él y mis padres son mi soporte”.
Su regreso al agua, no fue casual. Unos amigos le invitaron a integrarse a un equipo de triatlón. Todavía intentaba reconstruirse. Aceptó y volvieron la disciplina y la sensación de estar en el camino correcto.
Las aguas abiertas llegaron casi por casualidad y terminaron cambiándole la vida. Tenía 30 años. “Le dije a Diego: quiero hacer algo loco, cruzar el Canal de la Mancha. Me respondió yo te acompaño en esta aventura”.
Sara empezó a googlear para entender que debía hacer. Entrenaba prácticamente sola, se contactó con nadadores que le compartieron algunos tips. “Armé mis propias rutinas guiándome en las experiencias de otros. Fui al nutricionista y al deportólogo. Los fines de semana nos íbamos al Lago San Pablo”. Poco a poco el sueño se volvía real.
La primera competencia fue la ruta de Olaya en Perú. Nadó 22 kilómetros en siete horas. “Creo que nunca había llorado tanto”.
El Canal de la Mancha fue la gran prueba. Cruzarlo significa nadar 40 kilómetros entre Inglaterra y Francia en aguas heladas y corrientes impredecibles. Para Sara el desafío iba más allá. Quería demostrarse que si podía superar sus miedos, angustias y frustraciones. “Entré a las 11 de la noche, nadé en la obscuridad, en total más de 12 horas y llegué al siguiente día. Ver la cara de orgullo de mis papás fue algo inexplicable”.
Poco tiempo después fueron 32 kilómetros en el canal de Catalina, en Estados Unidos. “Fue durísimo, sufrí un montón, no encontraba mi ritmo. Aprendí que nunca se debe subestimar al mar”. Enseguida vino la vuelta a Manhattan que le significó ser la primera ecuatoriana en completar la triple corona de aguas abiertas.
Sara de mar, como se la conoce actualmente, se embarcó en desafíos extremos, para ella cruzar los siete mares se volvió un proyecto de vida. En 2021 vivió un revés, no consiguió concluir su travesía en Molokai, Hawái. “Eran 44 kilómetros, alcance a nadar cinco horas, sentí pavor, creía que podía morirme. Como equipo nos costó asimilar y levantar la cabeza”.
Cada travesía es un negocio con el miedo, en donde la mente batalla por el control. Sara se define como una luchadora, dispuesta a volver a empezar cuantas veces sea necesario. La pandemia le obligó hacer una pausa. Nació su segundo hijo y retomar el ritmo le costó muchísimo. En 2024 el objetivo fue el canal del Norte: 33,7 kilómetros entre Irlanda y Escocia. En su cabeza daba vueltas el fantasma del fracaso de Hawái. “Al terminar me dio hipotermia, sentía temblores incontrolables”.
Un año después fue el estrecho de Gibraltar, 14 kilómetros entre España y el norte de África. En su lista están pendientes el de Cook, entre Irlanda y Escocia, y el de Tsugaru en Japón.
Estas grandes travesías requieren no solo resistencia física, exigen soportar frío extremo, agotamiento, desorientación, temores y horas enteras nadando sin ver la tierra. Además, una fuerte inversión económica. Cada expedición implica un costo entre US$ 15.000 y US$ 25.000, considerando permisos, logística, hospedaje y preparación especializada. Se debe reservar las fechas, contratar la embarcación de acompañamiento y de abastecimiento. “Mi papá es mi principal sponsor. Seis meses antes empezamos un plan de ahorro, los pasajes los sacamos a crédito y explotamos las tarjetas”. Ahora las vacaciones familiares son definidas por las competencias y temporadas de nado.
Sara insiste que ninguno de sus viajes, habría sido posible sin el apoyo familiar. “Ellos son mi equipo invisible”.
En este camino encontró algo que llevaba años buscando, equilibrio mental.
En las aguas abiertas gana quien logra superar la meta en medio de un cansancio extremo. Su historia evidencia persistencia, sacrificios, paciencia y resistencia. A sus 40 años todavía no concluye su ruta. Le faltan fronteras que romper y mares que conquistar. (I)