Una etiqueta de 10 por 10 centímetros puede costar apenas medio centavo. Para Esteban Morejón, sin embargo, esas pequeñas piezas de papel, plástico y tinta terminaron convirtiéndose en el centro de un negocio que hoy atiende a 3.700 clientes y produce alrededor de 2,5 millones al mes.
En 1992, varias de las principales compañías de consumo y retail del país, Nestlé, Corporación Favorita, Corporación El Rosado, La Universal y Pronaca buscaban automatizar sus procesos. La digitación manual provocaba largas filas frente a las cajas registradoras y el código de barras comenzaba a aparecer como una solución para agilizar las ventas. "Los productos eran identificados a mano".
'Ningún país le iguala a Ecuador'
Su padre, Rodrigo Morejón, trabajaba entonces como jefe de embalaje de Nestlé. Se involucró en el proceso de incorporación de esta tecnología en Ecuador. El proceso concluyó con la creación de la Asociación Ecuatoriana de Código de Producto, que con los años se convirtió en GS1 Ecuador. Esteban comenzó a mirar de cerca ese nuevo mundo, aunque no sabía que terminaría siendo el centro de su vida profesional.
Esteban Morejón nació en Cuenca en 1970, pero su infancia transcurrió entre ciudades y cambios de colegio. A los ocho meses de edad su familia se trasladó a Cali, Colombia, donde su padre trabajó para Parke-Davis, Vivieron allí cinco años.
Después regresaron a Quito para participar en el montaje de la fábrica de Parke-Davis en Ecuador. Esteban pasó por el Borja 3 y el Intisana antes de que una nueva mudanza llevara a la familia de regreso a Cuenca. "Irónicamente mis papás ya no se acostumbraron, les parecía pequeña y falta de movimiento". En 1982 por una oportunidad laboral en Nestlé volvieron a Quito.
Ingresó al San Gabriel, pero el cambio no resultó sencillo. "El colegio era grande y me costaba relacionarme. Mis padres decidieron cambiarme al Colegio Mide. Al principio fue un shock, era laico y mixto", recuerda
Era el menor de cuatro hermanos y encontró en el deporte una forma de integrarse. Practicaba atletismo y corría los 100 metros. Ganó algunas medallas en competencias de la Concentración Deportiva y participó en la inauguración de la pista de Los Chasquis.
En sexto curso hizo alfabetización en El Juncal, en el valle del Chota en el norte del país. Durante tres meses, de lunes a viernes vivió cerca de la comunidad. la experiencia lo enfrentó a una realidad distinta. "Para mi todos eran disléxicos, fue difícil, pero increíble cuando escribieron por primera vez su nombre. La mamá de Edison Méndez fue mi alumna". Las tardes jugaban fútbol y nunca pudieron ganar. "Nos goleaban".
Al terminar el colegio, Morejón quiso estudiar Administración de Empresas en la Pontificia Universidad Católica de Quito. No le fue bien en el examen propedéutico y sus padres decidieron enviarlo a Cuenca, donde estudió en la sede de la PUCE, hoy Universidad del Azuay.
Los primeros meses no fueron fáciles. Extrañaba Quito y cada viernes se subía a un bus para regresar a la capital. En la universidad llegó a ser vicepresidente y luego presidente de la Federación de Estudiantes. También trabajó en Artepráctico, un almacén de muebles. Su sueldo era de 1.000 sucres.
En 1994 arrancó su contacto con el mundo de los códigos de barras.
Su amigo y excompañero de colegio Esteban Muñoz había creado Codimaster y necesitaba alguien que manejara la operación en Cuenca. En aquella época, para producir códigos de barras se utilizaba un material conocido como film master, una especie de negativo que permitía reproducirlos. Para 1998 la producción comenzó a caer por la llegada de nueva tecnología y la empresa cerró. Esta crisis, sin embargo, significó una oportunidad para Esteban.
"Les compré las dos impresoras térmicas por tres mil sucres para arrancar mi negocio".
Paralelamente recibió la propuesta de crear Integrados Barcodes con su amigo Esteban Muñoz y el mexicano José Caligas, quien tenía una empresa similar en México. El aporte inicial de Caligas fue de US$ 10.000 para equipos y otros US$ 20.000 para instalar la oficina. El proyecto duró poco. En marzo de 1999 llegó el feriado bancario. El dinero quedó congelado en las instituciones financieras y la empresa terminó cerrando.
Esteban quedó prácticamente en cero, pero dispuesto a encontrar una forma de seguir. Recordó las dos máquinas que estaban arrimadas en una esquina de su dormitorio. En 2002 nació CodiPack.
Al principio vendía autoadhesivos con códigos de barras para empresas que lanzaban nuevos productos. Cada etiqueta costaba entre medio centavo y un centavo. Sus ingresos mensuales no superaban los US$300. Su rutina era sencilla y agotadora.
"Me llamaban de Nestlé para hacer sus impresos, para ir a entregarlos cerraba la oficina y volvía empezar. Luego llegaba el pedido de La Universal y repetía el mismo procedimiento. Era vendedor, productor, repartidor, administrador y cobrador. Era todólogo".
Los primeros años su dormitorio se convirtió en su oficina. En algunos meses producía hasta un millón de unidades.
Ese mismo año apareció una oportunidad que cambiaría el rumbo del negocio. A través de los contactos de su padre conoció a Joseph Kamis, propietario de Sigmaplast quien le comentó que su sobrino Wael Alam, llegaría desde Jordania con la intención de instalar una fábrica de autoadhesivos.
"Nos reunimos y de una nos entendimos. Me volví su distribuidor, llevamos más de 20 años. El siguiente paso fue contratar a una persona para que la oficina no tuviera que cerrar cada vez que él salía a entregar pedidos y arrendó un espacio de 36 metros cuadrados.
En 2004 CodiPack facturaba alrededor de US$ 3.000 mensuales. Esteban producía piezas en blanco y negro y además empezó a distribuir maquinaria, impresoras y lectores de códigos de barras.
Una impresora básica costaba entonces unos US$ 4.000 y podía vender dos al mes. Los lectores de códigos de barras comenzaban en alrededor de US$ 400. El negocio comenzó a crecer. "Trabajaba mínimo 12 horas diarias".
Pero crecer también significó aprender a perder. "Por ahorrar costos almacené una gran cantidad por anticipado. El problema fue cuando el producto dejó de fabricarse. Otra pérdida similar fue porque se cambió el código". "Mas de 250.000 terminaron en la basura.
En otra ocasión, el problema llegó desde el sector florícola. La empresa producía identificadores con los nombres de variedades de rosas y otras flores. En 2008 entregó un volumen importante de piezas flexográficas, pero muchas no le pagaron. "Incluso algunas habían cerrado".
Con el tiempo, CodiPack dejó de ser únicamente una empresa dedicada a imprimir códigos de barras.
El portafolio se amplió hacia las autoadhesivas, termo encogibles que se amoldan a las botellas, a full color, rollos de papel térmico, impresoras, lectores, PDA y soluciones para automatización de bodegas e inventarios.
Entre sus clientes estaban Corporación Favorita, La Europea, Shumir, Grupo Ecua cerámico y Rialto. Contaba con una base de unos 2.500 clientes.
En 2019 alcanzó una facturación cercana a los US$ 800.000.
El paro indígena de octubre de 2019 y pocos meses después la pandemia cambiaron el panorama. Las ventas cayeron a la mitad y los clientes se redujeron en un 30%. "La recuperación ha sido complicada, porque el margen de ganancia es muy pequeño".
Una etiqueta de 10 por 10 centímetros, como la que puede utilizar una caja de Tic Tac, puede costar alrededor de medio centavo. En el extremo superior están las especializadas para laboratorios farmacéuticos, que pueden llegar a unos US$3.
Actualmente tiene como principal línea las etiquetas autoadhesivas. Distribuye alrededor de 2,5 millones de unidades mensuales y mantiene un banco de unos 3.700 clientes. La relación comercial con Grupo WA continua. Trabaja principalmente con empresas de alimentos, retail, ferreterías, transporte y logística y textiles. En este último segmento produce marquillas con instrucciones de lavado y tallas.
Entre sus clientes actuales están Banco Pichincha, Nestlé, Indurama, Moderna Alimentos, Aglomerados Cotopaxi y Banco Solidario, además de proveedores de cadenas como De Prati y Etafashion.
También comercializa alrededor de 30 impresoras cada mes, con precios que van desde unos US$250 hasta US$6.000 para los equipos más tecnificados.
En 2025, Codipack cerró con una facturación de US$600.000.
Fuera del mundo empresarial, la aventura continúa.
De joven practicó andinismo. "Mi montaña favorita es el Rumiñahui porque al ser de roca es muy técnica, hay que saber para lograr subir". Le gusta la lectura, especialmente las de aventura de Julio Verne. Ha leído dos veces el Quijote y no descarta una tercera.
Tiene 56 años y recientemente cerró otro capítulo de su vida personal. Después de nueve años de relación, se casó por lo civil el año pasado y este fin de semana celebró su matrimonio eclesiástico.
Aquellas máquinas que alguna vez estuvieron arrimadas en una esquina de su dormitorio terminaron convirtiéndose en el comienzo de una empresa que, más de dos décadas después, sigue encontrando espacio para crecer. (I)