¿Dónde puedo encontrar el pan dulce integral que lo compro desde hace 20 años?
Son las nueve de la mañana y el teléfono convencional de La Canasta empieza a sonar. Al otro lado de la línea, una voz pregunta por un producto que adquiere desde hace años. Ese día no lo encontró.
Desde 1985, forma parte de la memoria de los ecuatorianos. Empezó con tortas, pan y galletas. Poco a poco fue sumando productos que hoy resultan familiares. Orejas, aplanchados, suspiros, melbas y bizcochos.
Jaime Andrés Espinosa conoce esa historia desde adentro. Antes de asumir la dirección, fue el niño que corría por la producción, ayudaba a empacar pan, llevaba las latas y cuando nadie lo veía jugaba con sus primos con las masas y merengues. A sus 54 años es el gerente general de la marca que nació de la mano de sus padres.
Su madre Cecilia Sáenz tenía 30 años cuando decidió que quería trabajar. Siempre había sido hábil para hacer pasteles y comenzó preparando tortas de vainilla con merengue. Las empacaba en una caja de cartón, las cubría con celofán y pegaba la etiqueta con engrudo.
Su padre Jaime Espinosa tenía una panadería llamada Pan, ubicada en la avenida América en el norte de Quito, con un letrero blanco de letras naranjas y un horno de leña. Allí se hacía únicamente pan. Poco tiempo después la cerró y se dedicó a otras cosas.
Cecilia empezó a llevar sus tortas en un Datsun 1200 a las dos o tres tiendas que Corporación Favorita tenía entonces en Quito. Su cuñada, Miriam de Burbano, trabajaba en la cadena y fue el vínculo con el supermercado. Cuando Jaime Andrés tenía 12 años vivió un momento difícil. Su madre fue diagnosticada con cáncer.
"Me dolió mucho, me volví rebelde, no quería estudiar y mis notas bajaron. Pasé mucho tiempo con mi abuela, aprendí a rezar el rosario y a tomar café a las seis de la tarde", recuerda. Su madre se recuperó y hoy a sus 83 años, todavía forma parte de la historia de La Canasta.
Cinco años después, recibieron una propuesta que cambió el rumbo del negocio.
La Favorita había creado un proyecto de panadería y repostería junto con un chef que se llamaba Legastronom. Los resultados no fueron los esperados. Llamaron a la familia Espinosa para que se hiciera cargo. Así nació La Canasta.
Comenzaron con unas 10 personas y una oferta de tortas, pan y galletas. La operación funcionaba en la parte alta del Centro Comercial Iñaquito, CCI, donde además tenían una cafetería. Allí permanecieron hasta 2002.
Durante esos años fueron incorporaron productos que terminarían siendo parte de la identidad de la marca. Masa de hojaldre en bloque o laminada, orejas, rosquetes, aplanchados, suspiros, melbas, bizcochos, cake de naranja y distintas variedades de galletas.
"Las tardes yo pasaba en el local, ayudaba en lo que podía, pero también hacía travesuras. Con mis primos cuando no nos veían metíamos los dedos en los merengues y nos comíamos".
Un nuevo capítulo se empezó a cocinar
En 2002 Supermaxi decidió instalar sus propias áreas de panadería. "Nos dijeron liquidamos la empresa o compran nuestra parte. Adquirimos el 52% de las acciones". Arrancó una nueva etapa.
Cerraron la cafetería del CCI y se trasladaron a unas bodegas que arrendaron detrás del Centro Comercial América. Ahora funcionan en una planta propia en el Valle de Los Chillos, construida en un terreno que Cecilia heredó. "La inversión inicial fue más o menos de US$ 280.000, conseguimos un préstamo".
Jaime es hijo único. Estudió en el Intisana y luego en el Custode. Ingresó a Comunicación en la Universidad San Francisco de Quito. En segundo año se fue a Indiana, Estados Unidos, para continuar la carrera, pero regresó dos años después. Pasó por el Instituto Cuesta TV y por la Politécnica Salesiana. Nunca se graduó.
"Mi papá siempre me decía que nunca voy a dedicarme a la comunicación, porque como hijo único, esto me pertenecía y algún día me tendría que hacer cargo". Y así fue.
Antes de incorporarse a la sociedad familiar, trabajó recogiendo los carros de compras en Supermaxi. "Tenía hasta uniforme con un mandil café y una cristina (gorro)". Su primer sueldo lo gastó en algo poco convencional que hoy le causa risas. "Me compré un ratón blanco, mi mamá casi me ahorca. Un día se escapó y fin de la historia".
En 2006 entró a trabajar formalmente a La Canasta como asistente de su papá. "Pásame los papeles, trámites, sube y baja".
Una década después asumió la gerencia general. Sus padres fueron reduciendo poco a poco su participación hasta retirarse formalmente en 2020.
El hojaldre como punto de partida
Hay un producto que ocupa un lugar especial en esta historia.
El hojaldre es el alma de varios productos. Se vende como masa lista o en discos para que los clientes elaboren sus propias recetas desde pies, empanadas o envueltos. También es la base de las orejas, aplanchados y milhojas. "El hojaldre representa el 25% de nuestras ventas. Su preparación es compleja, hay que darle muchas vueltas y si se remuerde en la laminadora, se daña y toca empezar el proceso de cero".
La producción forma parte de una operación que hoy reúne a 23 colaboradores y alcanza alrededor de 30 millones de unidades al año. Abastecen a Corporación Favorita, Santa María, El Coral y algunas tiendas especializadas.
Los pedidos pueden llegar alrededor de las nueve de la mañana y deben estar listos para salir a las cinco de la mañana del día siguiente. Anualmente utilizan alrededor de 132.000 kilos de harina, cerca de 200.000 huevos y 190.000 kilos de azúcar.
Jaime de vez en cuando también entra a la cocina. "A mis colaboradores les toma cuatro minutos completar una bandeja, a mi media hora. Eso sí soy experto en empacar".
El volumen se reparte entre un portafolio de más de 20 productos. Al año producen alrededor de 1,4 millones de orejas, 1,5 millones de aplanchados, 8 millones de bizcochos y 3 millones de suspiros, entre otros.
Muchas de las recetas todavía tienen su origen en los cuadernos de Cecilia y preparaciones familiares. Otras surgieron luego de repetirlas varias veces hasta encontrar el resultado buscado. "El rosquete nació de unas galletas que mis tías abuelas compraban a las monjitas del Carmen Alto". Las ventas en 2025 fueron de US$ 1,22 millones.
Una planta que se construye de personas
Para Jaime la permanencia de La Canasta por más de 40 años no depende únicamente de las recetas, sino de las personas que aprendieron a elaborarlas. Muchos de sus colaboradores llevan más de 20 años. "Nelson se acaba de jubilar, luego de 36 años. Sin ellos nada habríamos logrado".
Esa manera de trabajar la aprendió de sus padres. "Siempre me decían, la honestidad es lo más importante, especialmente con la gente que trabaja con nosotros y con la calidad del producto".
Jaime está casado y tiene tres hijas. La segunda desde pequeña ha repetido una frase que, conecta el presente con la historia que él mismo vivió. "Yo voy a manejar el negocio".
Por ahora en su tiempo libre juega pádel, disfruta de películas de suspenso y hace de chofer de sus hijas adolescentes. Mientras tanto el teléfono convencional de La Canasta sigue sonando. (I)