A knight's tale
Pocas personas completan los distintos ciclos de su vida de forma armónica y trascienden su paso por este mundo dejando un legado de enseñanzas y cariño para el futuro. A una de esas personas dedico estas palabras:

En las faldas del Quilindaña con el Cotopaxi como telón de fondo, avanzaba un grupo de jinetes entre toros enlazados y un mar de ganado bravo en los corrales. Nadie habría imaginado en ese momento que el hombre que iba en el centro, una década atrás en un evento similar, había sobrevivido a la embestida de un toro de 400 kilos, que hirió gravemente a su caballo y dio con él al piso, entre un caos de gritos, cascos y polvo.

Aquel incidente no pasó de un gran susto, algunas costillas golpeadas y un corte en la ceja, aunque el caballo no tuvo tanta suerte. El personaje de la peligrosa anécdota era mi tío José María Pérez Arteta, en una de sus tantas vueltas.

Cuando pensaba estos días en sus hazañas, surgió una imagen de mi infancia. El abuelo encabezaba una larga mesa y todos sus hijos departían el almuerzo.  El tío José María leía en voz alta una carta. Los demás escuchaban con atención y en silencio, para luego explotar en un sinfín de conversaciones, risas y argumentos. No recuerdo de qué trataba aquella lectura ni quién la había enviado, pues mi mente de niño de ocho años fantaseaba con que la escena formaba parte de la corte del rey Arturo y sus caballeros de la Mesa Redonda. 

Muchos años más tarde, volví a sentirme en medio de un grupo de valerosos caballeros de la corte. Se trataba de mi primera reunión de abogados del Estudio, llamado Pérez Bustamante y Pérez en aquel entonces, del que él fue uno de los fundadores. Yo miraba con asombro cómo el tío José María abría el encuentro con estas inolvidables palabras: «Señor y Padre nuestro, te damos gracias por todos tus beneficios y te pedimos que presidas esta reunión, para que así todas nuestras decisiones estén encaminadas a Tu mejor honra y gloria, a nuestro bien y de nuestra patria».

Cuando él hablaba, todos escuchaban muy atentos. Tenía la experiencia de un guerrero del derecho curtido en mil batallas. Cuando tenía algo que reclamar, todos guardábamos silencio. Cuando él reía, todos reíamos con él y atesorábamos para siempre sus enseñanzas, sus dichos o sus cuentos. Su capacidad intelectual era sorprendente. Por momentos parecía estar enfocado en leer un documento y de pronto levantaba la mirada y argumentaba sobre lo que los demás discutían.

Con los años y su retiro pude conocer otra faceta suya. Sentí que ya no necesitábamos hablar de leyes. Conversábamos sobre nuestras últimas inmersiones de buceo. Yo le contaba de una aventura rodeado de tiburones y él de una experiencia con traje seco hacia el fondo de la laguna de Cuicocha, a más de 3000 metros sobre el nivel del mar y con temperaturas capaces de congelar al más recio. 

Aprendí tanto de su época de abogado activo como de sus aventuras posteriores. Hablamos del esquí, que sus hijos le insistían en dejar; de sus avatares con los nietos, y del yoga y la meditación, que empezaba a practicar, según me contó en los últimos encuentros. A sus noventa y tantos años seguía inquieto, y el tiempo le quedaba corto. Si le hubieran dado noventa más, tampoco le habrían alcanzado para todos sus proyectos. Ahora que este ser fabuloso se ha despedido del mundo terrenal, dondequiera que se encuentre, van a tener que buscarle una actividad, porque seguro no se quedará quieto.

Este caballero de la Mesa Redonda que un día imaginé vistió una armadura distinta para cada lance: la de abogado, la de padre, la de abuelo, tío, amigo y maestro. Pero, sin duda, la más poderosa era la que venía del fondo de su alma, su preocupación genuina por los demás. Ese altruismo que se reflejó en las fundaciones que apoyó, esa solidaridad que hoy recuerdan tantas personas que acompañaron su partida.

Aceptar la despedida de alguien a quien amamos, que se encamina hacia la fuente de la que provenimos, es muy difícil; pero da paz pensar que él se preparó para este momento.  Entendió que estaba en el movimiento de retorno y fue soltando lo que ya no estaba en sus manos. Creo que miró su travesía final con la certeza de haber vivido y con la alegría de lo aprendido y compartido con sus seres queridos. Y con su fe de que, al terminar el camino, regresaremos al verdadero hogar. Eso debe darnos sosiego a quienes sentimos que lo hemos perdido. Hasta volver a vernos, querido tío. (O)