Nicolás Maquiavelo (1469–1527) nace en Florencia. Recibe de su padre, influyente abogado florentino, sólida educación humanística que lo ubicará en privilegiado sitial frente a importantes personajes de la época. Representó a la República de Florencia en la corte de Luis XII (1462–1515), ante César Borgia (1475–1507) y también en la de Julio II (1443–1513). Sus cargos diplomáticos y reputación intelectual le permitieron cierto acceso al emperador Maximiliano I de Habsburgo (1459–1519) y a Fernando el Católico (1452–1516). Sus obras más conocidas son El príncipe y Discursos sobre la primera década de Tito Livio, de contenido político; y, El arte de la guerra, e Historia de Florencia. Es considerado el primer filósofo en elaborar sobre la política como ciencia, pues la aborda con visión científica… a la vera, principalmente, de aldabas religiosas que a lo largo del Medioevo conformaron un obstáculo para el adelanto ilustrado del saber.
El contexto histórico que vivió –Renacimiento, transición de la Edad Media hacia el modernismo e inicio del proceso de formación de monarquías absolutas en Europa, que sin embargo no se daba en Italia– le permitió concebir las cimientes de un Estado que gire en torno al poder del "soberano". Este "poder" es para el florentino el sine-qua-non para la consolidación de Estados nacionales. Con tal propósito, acomoda su "humanismo" a apreciaciones eminentemente prácticas… lo determinante deja de ser la virtud, cuyo vacío lo ocupa una moral, en verdad una contramoral, amoldada al fin último de defender el dominio a toda costa.
Mantener el poder, para Maquiavelo, es un deber de obrar empleando todos los medios al alcance, su eticidad no importa. Dice: es más seguro ser temido que amado. Llega al grotesco punto de sostener que "es preferible ser impetuoso y no cauto porque la fortuna es mujer y se hace preciso, si se la quiere tener sumisa, golpearla y zaherirla". Como no podía ser de otra manera, su teorización del poder levantó críticas entre pensadores de la época y de los siglos venideros. No obstante, su emblemático texto, El príncipe, ha sido y lo sigue siendo uno de obligada lectura entre estudiosos de las ciencias políticas y sociales.
En proyección filosófica, el maquiavelismo parte de dos premisas. El hombre no es el bueno racional –platónico y aristotélico– a quien el humanismo renacentista buscó rescatar. Por el contrario, lo cataloga de pérfido, taimado, colmado de envidia, perseguidor exclusivo de su propio bien. Estas características, intrínsecas en su naturaleza, son el mayor reto por desafiar en el proceso de afianzamiento de cualquier Estado. En tales circunstancias, el Estado requiere de un líder que supere en malicia al pueblo, sin que importe, en lo absoluto, el interés individual, pero el estatal superior. Aun cuando suene contradictorio, para el florentino, solo el control pleno que ejerza el gobernante sobre los gobernados hará de estos seres libres.
En lo político, el "bien común" pasa a un segundo plano. Maquiavelo rechaza el idealismo en el quehacer gubernamental. Centra su atención en el pragmatismo extremo. Es decir, en lo que el español Miguel Saralegui Benito (1982), en la Breve historia del pensamiento político, cita como "realismo político"… "contra el clásico Platón y el contemporáneo Moro, deslegitima la imaginación, descarta a los buenos deseos como base del pensamiento político". Continua el autor señalando que Maquiavelo pretende rescatar la sabiduría atemporal, emborronada por un moralismo grecocristiano, que ha cortado la conexión con la experiencia.
Distingue dos especies de seres. El "gobernante", titular de facultades instintivas para ejercer el poder; cómo haya arribado al mismo es irrelevante. Su legitimidad no está atada a legalidad alguna, pero a la necesidad del pueblo de contar con uno. La multitud sin jefe, dice, es inútil… requiere de alguien que la conduzca. Es un ente superior convocado a dirigir por el solo hecho de su superioridad, en la cual la moral y la ética es "acomodada" a la "razón del Estado" y, por tanto, solo moderada por la exigencia de gobernar. Friedrich Nietzsche (1844–1900) encuentra maquiavelismo en todo pensamiento moderno.
"Gobernado" maquiavélico es el hombre común, falto de facultades o habilidades para ejercer el poder. Para el de Florencia, es el ser que vive contento y en paz mientras no se lo despoje de sus propiedades ni de su honor. Cuando ante estos entes aparece uno que pone orden, la plebe lo sigue indefectiblemente. Al margen de su no religiosidad, Maquiavelo apela a la religión con propósitos utilitarios. Enfatiza en el menester de recurrir a la devoción en tanto "un pueblo religioso es más fácil de gobernar".
Variadas son las interpretaciones que admite el pensamiento político de Maquiavelo. En todo caso, lo cierto es que no cabe entender el desarrollo de la política sin remitirnos a las ideas de quien sentó las bases de esta en aquellos que la asumen como ciencia. (O)