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Lo que en principio fue emocionante, poco a poco se ha ido convirtiendo en una pequeña molestia. Más aún cuando a uno le incluyen en los famosos grupos: el de la oficina, el de los compañeros de la universidad o del colegio, el de las cicleadas del domingo, el de la familia, el de la escuela de los hijos, el del cumpleaños, el de la despedida, el de lo que sea.

08 Abril de 2022 12.18

Seamos honestos. ¿Cuántos de nosotros silenciamos los grupos de WhatsApp porque ya no soportamos tantos mensajes, audios, memes y videos? ¿Cuántos de nosotros quisiéramos salir ahora mismo de muchos de esos chats? ¿Cuántos nos sentimos asfixiados por tanta información compartida? ¿Cuánto alivio nos causa dejar estos grupos?

Este pequeño ícono de color verde que nos acompaña a diario y que nadie sabe cómo sobresale en nuestros teléfonos es hoy en día la aplicación de mensajería más utilizada en el mundo. Tiene cerca de 2.000 millones de usuarios y más de 100.000 millones de mensajes son enviados cada día por esta plataforma.

La primera vez que utilicé WhatsApp, hace algo más de una década, me sentí feliz y hasta  poderoso, estaba en capacidad de escribir a amigos, familiares, colegas, empresarios, políticos, etc. y recibir una respuesta casi inmediata, sin importar la hora, ni la ubicación, ni el día. Era comunicación instantánea. Era un avance importante, una herramienta con muchos puntos a favor.

Pero poco a poco fui detectando los contras, el lado obscuro del WhatsApp. Los mensajes, demasiados en ocasiones, empezaron a llegar a cualquier hora, cualquier día y me empecé a sentir invadido. Lo que en principio fue emocionante, poco a poco se ha ido convirtiendo en una pequeña molestia. Más aún cuando a uno le incluyen en los famosos grupos: el de la oficina, el de los compañeros de la universidad o del colegio, el de las cicleadas del domingo, el de la familia, el de la escuela de los hijos, el del cumpleaños, el de la despedida, el de lo que sea.

Lo que fue una herramienta de comunicación eficaz y sencilla de usar, pasó a ser un intruso en la vida diaria. No digo que ya no sea útil; sigo utilizando la aplicación a diario, pero cada vez con más filtros o condiciones. Algunos de esos filtros son silenciar ciertos chats, abandonar unos cuantos o incluso bloquear algunos contactos que en realidad no aportan sino que más bien molestan con cadenas y sobre todo con información de dudoso origen, son lo que llamo embajadores de la infoxicación que se vive en estos tiempos de hiperconectividad.

Y si no mismo funcionan esas medidas, existe una última opción: apagar el teléfono o desconectarnos de internet, al menos durante la noche. Démonos nuestro espacio de privacidad.

Una última aclaración: no se puede negar que el WhatsApp ayuda y dejar de utilizar esta aplicación sería complicado, aunque por allí conozco a unas pocas personas que viven como si nada sin esta herramienta. Mientras tanto seguiremos silenciando chats y dejando grupos con la ya clásica frase: Pedro salió del grupo. (O)

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