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Tal vez necesitamos recuperar antiguas actividades humanas como perder el tiempo, tomar café sin fotografiarlo, escuchar una canción sin hacer simultáneamente otras cuatro cosas o sentarse con alguien querido sin colocar el teléfono sobre la mesa como si fuera un tercer comensal con prioridad.

25 Septiembre de 2026 16.30

Hay una pregunta que se ha convertido en la expresión obligatoria de saludo entre la gente: "¿Cómo estás?". La respuesta correcta ya no es "bien" o "tranquilo", eso podría despertar sospechas, hay que responder: "¡A full!" y decirlo con una mezcla de agotamiento, orgullo y resignación, como quien acaba de regresar de la Bolsa de Valores de Nueva York después de contestar doscientos cuarenta y siete correos electrónicos.

Estar ocupado se ha convertido en símbolo de status, si usted tiene tiempo no es importante, algo malo debe estar pasando, por eso hay que correr para llegar al trabajo, para salir del trabajo y cuando finalmente llegamos a casa, consultar el teléfono para comprobar que el trabajo haya llegado antes que nosotros.

La tecnología prometió ahorrarnos tiempo y cumplió, ahora tenemos ese tiempo disponible para hacer más cosas. El correo electrónico iba a sustituir las cartas y acelerar las comunicaciones y lo consiguió, tan admirablemente que, ahora podemos recibir infinidad de mensajes en el mismo tiempo en que nuestros abuelos recibían uno.

Luego llegó WhatsApp para simplificarnos la existencia, y la simplificó tanto que, cualquiera puede encontrarnos a cualquier hora, desde cualquier lugar y para cualquier estupidez, hemos conquistado el don de la ubicuidad y perdido el derecho a desaparecer.

Borges imaginó bibliotecas infinitas, laberintos, espejos y hombres extraviados en los misterios del tiempo, probablemente no alcanzó a imaginar el laberinto definitivo, un grupo de WhatsApp de cuarenta personas tratando de acordar dónde almorzar, incluso hemos conseguido vivir todas las posibilidades simultáneamente y no disfrutar ninguna.

Almorzamos mientras respondemos mensajes, caminamos mientras escuchamos audios, conversamos mientras miramos una pantalla, vemos una película mientras revisamos otra pantalla y cuando alguien nos cuenta algo interesante, buscamos rápidamente en Google aquello que todavía no hemos terminado de escuchar, check facting ipsofacto.

La atención se ha convertido en un lujo, quizá por eso mirar por la ventana empieza a parecer un acto revolucionario. Imaginen la escena: Un ejecutivo está sentado en su oficina sin teléfono, sin computadora, sin PowerPoint, ni Canva, simplemente observa durante diez minutos cómo llueve… Inmediatamente alguien preguntará: ¿Está bien? porque contemplar, puede confundirse fácilmente con una crisis nerviosa y depresiva.

Hemos elevado la productividad a categoría moral, hoy se optimiza todo, se cuenta los pasos que caminamos, se mide el sueño, ahora hasta descansar requiere estadísticas.

No se trata, naturalmente, de declarar la guerra al trabajo. El trabajo dignifica, crea, transforma y permite que las sociedades prosperen, el problema comienza cuando confundimos actividad con propósito y ocupación con importancia.

Hay personas extraordinariamente ocupadas que no van a ninguna parte, también existen organizaciones enteras dedicadas profesionalmente a producir reuniones, para preparar reuniones, donde se decidirá cuándo realizar la próxima reunión. Kafka estaría sorprendido.

Tal vez necesitamos recuperar antiguas actividades humanas como perder el tiempo, tomar café sin fotografiarlo, escuchar una canción sin hacer simultáneamente otras cuatro cosas o sentarse con alguien querido sin colocar el teléfono sobre la mesa como si fuera un tercer comensal con prioridad.

Borges sabía que el tiempo era uno de nuestros grandes misterios, nosotros hemos decidido resolverlo llenándolo de notificaciones. Quizá el verdadero lujo contemporáneo ya no sea poseer más cosas, sino disponer de algunos minutos en los que absolutamente nadie pueda encontrarnos.

Porque al final de esta frenética carrera puede aguardarnos una ironía formidable: descubrir que hicimos todo lo urgente y dejamos pendiente lo importante.

Intentamos llegar puntuales a todas partes... excepto a nuestra propia vida… (O)

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