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Casi 50 años después, el precio del barril de petróleo nos provoca más sustos que alegrías. Si el precio baja, fritos. Si el precio sube, fritos. ¿No hay un término medio? Al parecer, nein.

09 Marzo de 2022 23.30

Refunfuñar es nuestro deporte nacional, no asumido. Hay que decirlo. Si llueve, que achachay, qué frío, cuándo saldrá el solcito. Si sale el sol, que arrarray, la calor, cuándo caerán unas agüitas. Estos tiempos de bipolaridad climática global, que nos desata la bipolaridad térmica, resultan ser un buen símil para graficar el concepto y sobre todo para entender qué nos confunde tanto cuando nos cuentan sobre la evolución de los precios del petróleo.

No es mi intención explicar cómo opera el mercado petrolero, porque mi pericia en el tema es parecida a mi pericia en el inglés. Pericia, esta última, que consiste en haber logrado ganarle algunos niveles al Duolingo y especialmente en desarrollar una colosal fobia al 'éxitooooooo'. Yo sé que me cuestionarán que hoy es un sacrilegio ser un semi analfabeto en la lengua anglosajona, pero, sin temor a equivocarme, puedo decir que hay idiomas más universales en los que podemos comprendernos más y mejor. 

Y lo comprobé en un viaje que realicé hace algunos años a Alemania. Gracias a un interesante programa de capacitación en el que terminé enrolado, llegué a la casa de un alemán, que hablaba español. Vivía con su hijo, apenas más joven que mi yo de ese entonces, quien no entendía ni musitaba jota de mi idioma, cosa curiosa considerando la elocuencia del padre. Una tarde, el hijo recibió la orden, en acompasado alemán paterno, de llevarme a conocer algunas huecas de Berlín. En el camino, entre el susto y la sonrisa nerviosa, nos percatamos que ni él ni yo hablábamos a lo Shakespeare. Después de caminar y conocer un poco algunos lugares, en silencio, la mayor parte del tiempo, llegamos a una beer garden (ahora puedo cancherear con el término). Cervezas van, cervezas vienen, rubias, rojas, negras, dulces, amargas... con el pasar de los minutos, cada vez nos comunicábamos mejor; él me hablaba en un perfecto alemán, y yo a él en un perfecto español. ¡Y nos entendíamos! 

Ojalá y pudiésemos comprender así de intuitiva y festivamente el trasfondo de la importancia del petróleo en nuestras vidas. Porque lo único que vemos son las caras de tragedia, siempre, de quienes analizan el mercado energético. Nunca están conformes. Como nosotros con el clima. Nos pasan mostrando una curva que sube, baja, se dispara hacia arriba, se dispara hacia abajo. Y no comprendemos qué mismo sucede, pero solo los vemos compungidos. Si el precio baja, fritos. Si el precio sube, fritos. ¿No hay un término medio? Al parecer, nein. 

A ver, para desenmarañar un poco el asunto: el Presupuesto General del Estado se elabora en función de una proyección estimada (parafraseando a los susodichos) del precio internacional del barril de petróleo. Por ejemplo, este año, ese valor está fijado en US$ 59,20. Y está calculado que, por cada dólar que aumenta el precio, el Estado recibe US$ 50 millones adicionales, en función de la venta de todos los barriles diarios que realiza. En la otra vía, la pérdida es igual. Hasta ahí, parecería todo muy simple, deberíamos cruzar los dedos para que el precio no baje de los US$ 59,20 presupuestados y abrir una botella de Dom Pérignon cada vez que aumente un dólar. 

Pero nooooooo, no es ciertoooo, nooooo lo eeeees -evocando el dramático inicio del otrora popular 'monologué' de Adal Ramones-. Pues no es cierto porque, curiosa y paradójicamente, mientras más sube el precio del petróleo, aunque el Estado puede -en teoría- destinar más recursos a obras sociales, a nosotros se nos empieza a complicar el día a día, ya que se encarece la gasolina súper, los pasajes aéreos, algunas materias primas, aumenta el monto para subsidios a los otros combustibles (extra y diésel), etc. En cambio, mientras más baja, nuestro bolsillo no sufre en términos de inflación, pero el Estado tiene menos dinero para hacer obras sociales, para hacer circular plata en la actividad económica y eso termina impactándonos de frente de lado y de perfil. 

Capisci? Entonces, ¿qué mismof?, ¿queremos que suba o que baje?

Solo diré que ya se lo veía venir desde aquel 28 de junio de 1972, cuando entre vítores, comparsas, marimbas, claveles y rosas, circulaba por las calles de Balao, Esmeraldas, aquel primer barril de petróleo, que sonreía socarronamente, carcajeándose solito, anticipando lo que se nos venía. Casi 50 años después, este barril, bautizado a escala mundial como WTI, nos provoca más sustos que alegrías. Por eso, al contemplar los escenarios con un precio de US$ 120, lo único que me queda por decir es WTF! (I)

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