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Si quieres un lugar donde no puedes parar de asombrarte, esta aventura por cuatro parques nacionales es la correcta. Fue un reconfortante encuentro con la naturaleza. Una desconexión del bullicioso mundo de la ciudad y una oportunidad para escuchar el mundo interior, generalmente abrumado por los avatares de la vida diaria.

27 Julio de 2022 16.49

Un viaje puede ser llevado de muchas formas. Hay quienes prefieren improvisar, otros dejarse llevar, ir a un lugar nuevo o repetir los que amaste. En mi caso, el viaje empieza desde la planificación y termina mucho tiempo después de volver a casa. Casi siempre son una experiencia en la que te enfrentas a situaciones, relaciones y culturas distintas, junto con la fascinante sensación de inseguridad por ser un no nativo del lugar que visitas. Y finalmente, está el placer de compartir los recuerdos y quizá inspirar a otros a tener una vivencia parecida cuando la aventura ha sido exitosa. 

Recientemente decidimos aventuramos a un “road trip” en Estados Unidos largamente planeado, a través de Colorado y Utah recorriendo cuatro fabulosos parques nacionales. El periplo empezó en Denver, que cuenta con un pequeño centro histórico y geniales ciclovías que bordean el río que la atraviesa. Así, una noche en la ciudad para asentar el viaje, una parada de abastecimiento en la famosa tienda REI, paraíso de todo fan de actividades al aire libre y partimos hacia las montañas. 

El primer destino, después de manejar con la constante vista de la hermosa cordillera nevada de las Rocky Mountains, fue Moab en Utah. La base perfecta para conocer los parques nacionales de Canyonlands y Arches. Un pequeño pueblo lleno de tiendas con souvenirs sobre los ovnis vistos en la localidad, ofertas de todos los deportes de aventura, hoteles para todos los presupuestos y cafeterías con los mejores bagels con salmón de la región. 

A cuarenta minutos del centro se encuentra, sobre una meseta, el Canyonlands National Park, el más grande de Utah. El Green River y el Río Colorado lo dividen en varios distritos: The Needles, The Maze y Island in the Sky. Este último es el que se puede acceder desde esta zona y se encuentra en una meseta rodeado por los encañonados que forman los ríos. Desde el primer paso que dimos dentro del parque, el aliento nos faltó, no por la altitud sino por la belleza de lo que alcanzaba nuestra mirada. De inmediato recordamos porque estábamos ahí. Entendimos sin decir una palabra lo que habíamos estado necesitando después de dos años de encierro, mental, sobre todo. En un mismo día pudimos mirar fantásticos escenarios con diversos colores según avanzaban las sombras y el ocaso. En momentos el cielo se cerraba y estuvimos parados en medio de una nevada en pleno desierto, vimos volver a salir el sol y ocultarse al atardecer tras las rocas erosionadas por millones de años de vientos, silencios y agua. Imposible olvidar nuestra llegada. 

Al día siguiente, a pocos minutos de Moab entramos al Archs National Park. Tras una larga fila de Jeeps de todos los colores, modelos y cientos de casas rodantes, los Park Rangers nos entregaron la información sobre los puntos de interés y cada caminata perfectamente señalizada de acuerdo las distintas capacidades y experiencia. De ahí en adelante, cada momento se convirtió en un espectáculo impresionante, conformado por rocas gigantes balaceándose sobre otras, que recuerdan al viejo dibujo animado del coyote y el correcaminos, para luego adentrarnos en una brutal colección de 2000 arcos naturales. El sol refleja entre las paredes y arena. El viento lo puedes sentir hasta el fondo de tu ser. La sensación de presencia es absoluta. Pasamos en una especie de meditación o transe que duró todo el día y al final un profundo agradecimiento por la oportunidad de estar ahí. 

El rumbo al siguiente objetivo, por el contrario, resulto ciertamente desgarrador. La carretera deja Utah por unas horas y transitamos por la parte norte de Arizona y un arrasador desierto nos recordó la otra realidad que se vive en este país. Atravesamos pueblos que parecen abandonados, rodeados de los antiguos territorios de los indios Navajos, de quienes quedan algunas reservas, que se debaten entre altos niveles de pobreza. Sin embargo, han llevado a cabo algunos emprendimientos turísticos  y lugares que vale la pena visitar como Antílope Canyon, con hermosas formaciones rocosas y guías nativos. Sin duda, hay mucho que hacer y hablar sobre este pueblo nativo americano y lo que se ha hecho y dejo de hacer por ellos.

Finalmente arribamos a la pequeña ciudad de Kanab.  El punto ideal para visitar Zion National Park y Bryce Canyon. Entre las experiencias a recordar esta la comida particular de esta zona, las costillas, sus famosas alitas y sin duda los famosos lomos de carne adobados y horneados por 24 horas que dan un sabor inolvidable, para bien o para mal. Un lugar con distintas opciones hoteleras, sin embargo, nosotros nos encontramos con la sorpresa de que habíamos reservado una especie de triste motel de carretera. Las habitaciones estaban alrededor del parqueadero y mientras bajaba las maletas mire que había un grupo de motociclistas frente a las habitaciones. Hombres rudos, grandes barbas, chalecos de cuero, tatuajes y cabezas rapadas. Mis prejuicios salieron a relucir y pensé ¨ lo único que falta es que nuestra habitación este junto a la de ellos¨. 

Un tanto nervioso me dirigí a la habitación con una clave pues no existía una recepción. La puerta se abrió sola al tocarla. Pensé que la habían dejado mal cerrada y entré con mis maletas disfrazado de turista, con gorrito y pantalones cortos, vestimenta que contrastaba con la de los motociclistas que me rodeaban. Cuando me encontraba en el medio de la habitación mire unas botellas de cerveza, chaquetas de cuero sobre la cama y unas botas en el piso. Antes de poder razonar sobre lo que estaba sucediendo, sentí que alguien tocaba mi hombro y al voltear un gigante de casi dos metros me preguntaba ¿qué estás haciendo en mi habitación?. Después de discutir y descubrir que había entrado en la habitación equivocada, escuche que el personaje regresaba a ver a sus compañeros y entre risas preguntaba: ¿de dónde salen tipos como estos?. Yo me retire hacia la habitación correcta, sin saber si reír o llorar frente al acontecimiento. Mi mujer me miraba entre risas y suspiros que duraron toda la semana. En fin, gajes del oficio del viajero y una anécdota más para contar. Y, por cierto, la habitación resultó ser la mejor del paseo.

Pasados los sustos, al día siguiente visitamos Zion National Park, que se diferencia de los otros parques por ser el único donde el desierto abre paso a árboles, agua y el verdor de las montañas. Escogimos entre las múltiples caminatas, la llamada ¨Angels Landing¨. Casi tres horas de subida con un precipicio a nuestro lado, con vistas que, entre el vértigo y la paz en el corazón, te llenan de sosiego y alegría durante todo el trayecto.  El gran premio en la cumbre: un cañón entre las cuchillas de las montañas que le hace honor a su nombre. No escuchamos ángeles ahí arriba, pero si búhos que habitan en ese increíble paraje. Y antes de irnos, ya añorábamos cuando íbamos a volver.

Nuestro último aterrizaje fue en Bryce Canyon, el que a pesar de ser él más pequeño de los parques nacionales del estado, es quizá el más impresionante visualmente. Aquí nuevamente, la inclemencia de los elementos ha creado una especie de estalagmitas gigantes con formas de chimeneas fantasmales llamadas hoodoos. Existen 13 miradores y más de 60 kilómetros  de una ruta panorámica, pero la gran magia está en perderte por horas en los senderos del llamado anfiteatro, un bosque de agujas inmensas, que parecen haber sido creadas por hadas. Entre luces, paredes inmensas y colores de todas las tonalidades de ocre, blanco, naranja o rosa, transcurrió nuestro día, con los ojos bien abiertos, por si aparecía alguno de los espíritus que según la leyenda habitan en estos estos pináculos de ensueño. 

Si quieres un lugar donde no puedes parar de asombrarte, esta aventura por cuatro parques nacionales es la correcta. Fue un reconfortante encuentro con la naturaleza. Una desconexión del bullicioso mundo de la ciudad y una oportunidad para escuchar el mundo interior, generalmente abrumado por los avatares de la vida diaria. Fue mucho más de lo que esperábamos, porque no solo salimos del encierro, sino también pudimos estar absolutamente presentes en cada paso que dimos mientras escuchábamos de nuevo a nuestra alma. Un viaje para recordar. Unos sitios a los que sin duda vamos a regresar. (O)

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