Madre de tres hijos y abuela de cinco nietos fundó la empresa junto a su esposo, Enrique Amores, hace más de 30 años, convencidos de que el crecimiento empresarial no solo se mide en ventas, sino en la capacidad de generar empleo y sostenerlo en el tiempo. “Podemos sobrevivir una crisis económica, pero morimos si perdemos a nuestra gente, dice a Forbes mientras caminamos por la fábrica, observando cada proceso.
Adhesivos Industriales Flexográficos (Adhinflex) nació en 1992 en la planta baja de una casa ubicada en la calle Fernando Dávalos, en el norte de Quito. Con un crédito de US$ 63.000 de la Corporación Financiera Nacional (CFN) adquirieron una máquina de tres colores para elaborar etiquetas. Fue una apuesta arriesgada para una pareja joven sin capital, pero con ganas de hacerlo.
Actualmente, producen más de 300 millones de etiquetas, atiende a 400 clientes activos y tiene presencia comercial en México y Estados Unidos. Los ingresos en 2025 fueron de US$ 8 millones.
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Glenda Arroyo es la cabeza detrás de esta industria. Llegar hasta aquí implicó tropiezos, renuncias y decisiones que cambiaron el rumbo de su vida.
Nació en Zaruma, El Oro. En 1971, cuando tenía 11 años, su familia se mudó a Ibarra en busca de una mejor educación para sus hijos. Recuerda que su padre estuvo a punto de ser sacerdote Jesuita, pero la guerra del 41 lo llevó por otro camino. Conoció a quien sería su esposa y construyó una vida marcada por la fe, la disciplina y el rigor. Estos aspectos moldearon a esta empresaria.
Estudió en el Colegio Nacional de Señoritas de Ibarra. “Soy chiva con mucho honor”, dice y suelta una carcajada. Soñaba con ser azafata, pero no cumplía con el requisito de estatura. Se graduó en Turismo Técnico y Administración Hotelera en la Universidad Católica de esa ciudad.
Su primer trabajo fue como secretaria en el cuartel La Remonta. “Éramos solo dos mujeres”. Seis meses después ingresó al Banco de la Vivienda. En esa época por casualidad conoció a quien sería su esposo, Enrique Amores. Las coincidencias aparecieron en una conversación animada en el café Pushkin, en la capital imbabureña. Los dos provienen de familias de once hermanos y ambos son el número ocho. Se casaron y se radicaron en Quito. Glenda ingresó al Banco Consolidado, desarrollando una carrera bancaria en puestos gerenciales.
La conversación que cambió todo
“Algún día te van a sacar del banco. Es el momento de pensar en algo propio”, recuerda que le dijo su esposo. Él ya había investigado algo sobre el negocio de las etiquetas flexográficas, un sistema de impresión industrial de alta velocidad que permite producir grandes volúmenes con precisión y resistencia, fundamenta para industrias de alimentos, bebidas y exportación.
“No teníamos capital propio, sacamos un préstamo y mi papá nos permitió hipotecar su casa”.
Arrancaron decididos a todo. Compraron la primera máquina, contrataron dos personas y Glenda asumió todos los roles desde administradora, vendedora, contadora y hasta responsable de la limpieza.
En 2004 se mudaron a un galpón en El Pinar Alto. Para entonces, la inversión bordeaba los US$ 500.000 con seis máquinas y equipos de acabado de hasta seis colores. “El plan era comprar el galpón, pero el propietario faltó a su palabra. Fue un golpe duro, creí que era el fin”. Pero lejos de desanimarse, optaron por mudarse al Valle de los Chillos, a una propiedad de 1450 metros cuadrados donde también construyeron su vivienda.
Para 2005 ya contaban con 20 colaboradores, 80 clientas y ventas cercanas a los US$ 2 millones. Desde entonces el crecimiento ha sido orgánico, compraron terrenos colindantes y reinversión continua de utilidades.
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“En 2011 construimos la primera nave industrial y arrancamos con la diversificación del portafolio”. La empresa produce hoy más de 300 millones de etiquetas al año, que incluyen empaques flexibles, etiquetas autoadhesivas, mangas termo encogibles, pouch con zipper e impresiones de alto valor agregado para alimentos. Además de productos con marca blanca para exportadores, especialmente del sector camaronero. Entre sus clientes están Pronaca, Danec, Santa Priscila, Tecopesca, Licoram, San Miguel, Splendor y Coca Cola. Para 2019 las ventas ya superaban los US$ 4 millones
Glenda afirma con seguridad, que la vida a veces, te marca el destino, sin previo aviso. En el camino enfrentaron el abandono de familiares con una deuda que cumplir y más tarde el Covid 19, les obligo a adoptar medidas. “No podíamos quedarnos de brazos cruzados. Tomamos una decisión radial y activamos un plan de contingencia diseñado originalmente para una posible erupción del Cotopaxi”. Durante meses se encerraron con 45 empleados e invirtieron unos US$ 8.000 en alimentación, logística y bioseguridad.
No le incomoda que en voz baja le llamen ‘la comandante’, ‘la mujer de hierro’ o ‘Margaret Thatcher’. Su estilo de liderazgo es firme y exigente. “Ser recta y determinante no significa que no los apapache de vez en cuando”. Su oficina no tiene puertas, está integrada al área administrativa, con vista directa a la planta. Nada se le escapa.
Sus tres hijos trabajan hoy con ella. No ha sido fácil. “A veces les exijo más que a nadie. Ellos apuestan 100% a la tecnología y ahí chocamos, porque yo no voy a perder el trato directo, la conversación y el valor de la gente. Eso no es discutible”.
La planta está construida sobre 9.700 metros cuadrados. En infraestructura y equipamiento se han invertido más de US$ 3 millones. La empresa emplea a más de 100 colaboradores, atiende a 400 cliente activos y más de 500.000 metros cuadrados de materia prima pasan anualmente por sus 17 equipos industriales. En 2025 facturaron US$ 8 millones.
Católica y creyente. Cada lunes el trabajo se detiene 15 minutos. Se apagan las máquinas y se da gracias. En los jardines cerca 50 pavos reales caminan libremente. Todos tienen nombre y ella se los conoce sin confusión. “Son educadísimos, no entran a la planta”. @@FIGURE@@
Glenda confiesa que esta jubilada, pero solo en el papel. Todas las decisiones importantes deben tener su visto bueno. Es hiperactiva. Los fines de semana el espacio verde se transforma para bodas y eventos. “Aquí se casó el Patón Bauza con 500 invitados y fui su wedding planner”.
Sueña con que sus nietos, que hoy juegan entre etiquetas y rollos de impresión continúen con el negocio. “La empresa puede imprimir millones de etiquetas, pero solo se sostiene cuando deja huella en las personas”. (I)