Resulta irónico que uno de los procedimientos quirúrgicos más comunes que se realizan hoy en día en adultos jóvenes exista debido a la característica más distintiva de nuestra especie: el cerebro humano, que creció, en términos evolutivos, a una velocidad extraordinaria.
Contrariamente a la creencia popular, nuestras muelas del juicio, o “terceros molares”, no son indicativas de un mal diseño. En realidad, son un registro fósil de una herencia de nuestros antepasados, cuyas mandíbulas estaban diseñadas para un mundo que ya no existe.
Para comprender por qué persisten y por qué a veces es necesario eliminarlas, es preciso rastrear una cadena de causalidad evolutiva que se extiende desde el Plioceno africano hasta la odontología moderna.
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