El experimento argentino: por qué las reformas de Milei esconden una lección más profunda para la economía global
Con Milei, el país vira hacia ajuste fiscal, regla laboral nueva y apuesta exportadora: soja, litio, Vaca Muerta. El nudo se juega en clústeres regionales: sumar empleo y valor sin reventar la tensión social.

Argentina no solo atraviesa un nuevo giro político. También vuelve a acaparar titulares con el presidente Javier Milei, que impulsa una de las agendas de reforma más ambiciosas en décadas e inicia una transición estructural que cambia su modelo productivo. El cambio es desigual, genera tensiones sociales y tiene un impacto económico profundo, pero es real.

Argentina ya es el principal exportador mundial de productos de soja, tiene una de las mayores reservas de recursos de litio del mundo y alberga Vaca Muerta, el segundo recurso de gas de esquisto más grande del planeta.

La estabilización fiscal, la desregulación y una reforma laboral aprobada recientemente por Javier Milei —esta semana en el Senado, después de meses de pelea política— marcan el paso de una economía empujada por el consumo y sostenida por el Estado a otra centrada en las exportaciones, la productividad y la inversión privada.

La reforma laboral acerca las negociaciones salariales al nivel de cada empresa, limita las definiciones de indemnización por despido, acelera los litigios e incorpora mecanismos de indemnización financiados por el empleador. El objetivo es claro: reducir el riesgo de contratar, ampliar el empleo formal y recuperar la credibilidad de Argentina en los mercados globales.

Los inversores están atentos. Quienes respaldan la ley sostienen que podría bajar las tasas de interés y ayudar a Argentina a volver a los mercados internacionales de bonos, después del default soberano de 2020. Javier Milei viaja a Nueva York este mes para intentar convencer a Wall Street de que Argentina otra vez resulta atractiva para la inversión.

En el país, la situación resulta más compleja. El desempleo superó a la inflación como principal preocupación de los votantes. Las empresas manufactureras anticipan despidos. El trabajo informal aumenta. Los índices de aprobación muestran fragilidad. @@FIGURE@@

Ese es el conocido péndulo argentino: reformas audaces, resistencia férrea y grandes riesgos. La pregunta es cómo transformar ese movimiento en desarrollo sostenible. La respuesta dependerá menos del texto de la ley y más de la reacción de los sectores estratégicos de Argentina.

Dos años después del inicio del proceso de reforma, el esquema productivo muestra una divergencia clara.

Los sectores orientados a la exportación, vinculados a la demanda global, tomaron impulso. Las cadenas de valor agroindustriales son la base de la generación de divisas. Argentina mantiene peso a nivel mundial y figura entre los principales productores de soja y entre los mayores exportadores de harina y aceite de soja. Las exportaciones agropecuarias todavía dominan el ingreso de divisas.

Después de la grave sequía, la mejora de los precios y los ajustes regulatorios estabilizaron la producción y la capacidad exportadora. Sin embargo, el crecimiento del empleo en el agro queda limitado por la mecanización. La oportunidad del ecosistema agrícola no pasa solo por ampliar materias primas, sino por sumar procesamiento con valor agregado, modernización tecnológica e integración de las pymes a las plataformas de exportación. Aunque existe coordinación, todavía resulta desigual.

El litio cuenta una historia parecida, pero con matices. Argentina tiene una de las mayores reservas de litio del mundo y figura entre los principales jugadores globales por volumen de reservas. Los ingresos por producción y exportación crecieron con la puesta en marcha de proyectos en el noroeste. El empleo minero subió de forma moderada, o incluso bajó, por la alta intensidad de capital del sector.

El desafío del ecosistema no se limita a la extracción. La pregunta es si los gobiernos provinciales, los inversores, los institutos técnicos y los proveedores locales pueden desarrollar en conjunto capacidades en las etapas posteriores de la cadena de valor, con empleo productivo y cadenas locales resilientes, en lugar de quedar atados a un modelo de exportación de materias primas. Aparecen clústeres coordinados, pero todavía están en etapa de formación. @@FIGURE@@

En petróleo y gas de esquisto, Vaca Muerta alcanzó una producción récord y ubicó a Argentina entre los productores no convencionales de mayor crecimiento. El aumento de la productividad redujo los costos de extracción y los acercó a niveles de competitividad global, mientras que las exportaciones de energía ayudan a estabilizar las cuentas externas. El empleo en servicios de petróleo y gas en la zona de Neuquén creció de manera moderada, pero el sector sigue con alta intensidad de capital. La pregunta estratégica es si el ecosistema energético seguirá como un enclave exportador o si se convertirá en una palanca para un desarrollo industrial más amplio, a partir de servicios, infraestructura, petroquímicos y la modernización de proveedores.

La economía del conocimiento muestra un perfil distinto. Argentina tiene una base competitiva a nivel global de exportadores de software y servicios profesionales. El sector resistió la volatilidad macroeconómica gracias a ingresos atados al dólar, y el empleo se sostuvo mejor que en los rubros que dependen de la demanda interna, aunque la contratación se desaceleró durante las recesiones. Sin embargo, el crecimiento sigue condicionado por la escasez de talento y la inestabilidad de los marcos políticos.

Mientras tanto, otros sectores absorben el impacto del ajuste. Las pymes manufactureras que dependen del consumo interno se achicaron por la restricción del crédito y la caída del poder adquisitivo. La construcción ligada a la obra pública se desplomó, porque la austeridad fiscal frenó proyectos estatales relevantes. En los servicios urbanos, crece la informalidad. @@FIGURE@@

El desempleo, que durante mucho tiempo quedó tapado por la inflación, pasó a ocupar un lugar central en la preocupación social. La creación de empleo se concentró en energía, servicios ligados a la minería y trabajo del conocimiento orientado a la exportación, mientras que la destrucción de puestos se sintió con fuerza en la construcción asociada a la obra pública, la manufactura de baja productividad y los sectores más atados al consumo. El saldo neto sigue con fragilidad política y social.

El objetivo de Argentina no puede limitarse al crecimiento. La estrategia nacional tiene que unir desarrollo económico y cohesión social, sin dar por hecho que la estabilización y la liberalización van a derramar beneficios de manera automática. Muchas veces, esa lógica produjo lo contrario: desigualdad persistente.

Una estrategia ecosistémica propone otra mirada. Pone el foco en el empleo productivo de los sectores más dinámicos y en el trabajo local de los rubros no transables, como puente entre el desarrollo, la cohesión social y la estabilidad regional. Además, articula la mejora de la productividad con vías de acceso al empleo, formación de capacidades, coordinación institucional e inclusión regional.

El crecimiento con alta intensidad de capital en litio, esquisto o agricultura no genera, por sí solo, oportunidades de alcance amplio. Para que eso ocurra hace falta coordinación deliberada entre empresas, universidades, gobiernos regionales, sindicatos, instituciones de formación y plataformas de exportación.

Esta perspectiva surge de cinco años de investigación-acción, con casos reales en más de diez ecosistemas estratégicos de Argentina. El trabajo examinó ecosistemas que empujan el volumen —agropecuario, litio, gas de esquisto, construcción y TI— y otros de posicionamiento, como el vino y el polo. En los distintos casos se repite un patrón: cuando los actores se coordinan alrededor de agendas de modernización compartidas, la volatilidad se vuelve más manejable. Esa confianza a nivel micro estabiliza expectativas, incluso cuando la política nacional las sacude.

El ecosistema vitivinícola de Argentina, conocido como el Milagro del Malbec, es un ejemplo claro. En la década de 1980, la industria aparecía fragmentada, miraba hacia adentro y quedaba atrapada en disputas por capturar valor a través de subsidios y sostén de precios. La calidad era baja y la reputación internacional, casi nula. A partir de la década de 1990, los productores mendocinos pasaron de una competencia de suma cero a la colaboración dentro del ecosistema. Instituciones como Vinos de Argentina y COVIAR impulsaron alianzas público-privadas, comercialización conjunta y modernización técnica compartida. Universidades y productores trabajaron en conjunto y construyeron una confianza frágil, pero cada vez más sólida. @@FIGURE@@

El Malbec se convirtió no solo en una uva, sino en una marca global. Para 2010, Argentina pasó a ser el cuarto mayor exportador de vino a Estados Unidos. Los productores dejaron atrás la competencia basada en subsidios y avanzaron hacia la colaboración dentro del ecosistema, con acuerdos sobre estándares de calidad, marketing y coordinación institucional. La clave consistió en pasar de la captura de valor a la creación de valor.

La historia no terminó ahí. Durante la década de 2010, el mercado mundial del vino enfrentó problemas estructurales de demanda y presiones sobre los márgenes. La lección fue clara: los ecosistemas que se construyen durante la expansión tienen que adaptarse cuando llega la contracción. La marca, por sí sola, no alcanza; la productividad, la diferenciación y la innovación coordinada pasan a ser decisivas.

Esa lógica de dos fases se aplica de manera directa a la transición actual de Argentina.

El país tiene muchos de los ingredientes necesarios para una transformación: recursos naturales de clase mundial, capacidad energética en expansión, talento competitivo a nivel global en tecnología y reformas orientadas a mejorar el clima de inversión.

Pero los ingredientes, por sí solos, no garantizan resultados. El futuro se definirá no solo en el Congreso, sino también en los ecosistemas regionales y en el liderazgo capaz de convertir esas ventajas naturales en un desarrollo sostenible e inclusivo.

Héctor Rocha es profesor de Estrategia y Emprendimiento y director del Centro de Desarrollo Integral del IAE Business School. Su trabajo se centra en la transformación de realidades empresariales con el objetivo de impulsar el desarrollo integral sostenible. Su investigación sobre el impacto de los clústeres en las empresas y en el desarrollo regional de América Latina recibió reconocimiento internacional, con premios de la Unión Europea y el Premio Emerald Literati Network al conocimiento con impacto social y excelencia. Es autor de cuatro libros sobre emprendimiento, responsabilidad social corporativa, clústeres y desarrollo integral. Su producción académica incluye más de 100 casos reales y artículos publicados en revistas con revisión por pares, como Journal of Business Ethics.

Dominic Houlder es uno de los principales especialistas europeos en ejecución estratégica en empresas B2B y de servicios profesionales. Trabaja con directivos para fortalecer su vínculo con clientes, colegas y con ellos mismos, por lo general a través de una combinación a medida de seminarios, talleres prácticos, encuentros con clientes y coaching ejecutivo. Es profesor adjunto de Gestión Estratégica y Empresarial en la London Business School, donde da clases desde 1994. Antes, trabajó en Boston Consulting Group y ocupó cargos de alta conducción en el sector.

*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com