Cómo Frida Kahlo se convirtió en una de las marcas más poderosas del mundo
De la campaña mexicana que buscó seducir a Estados Unidos en los años 90 al merchandising global, la figura de la artista se multiplicó entre política, feminismo, identidad y consumo sin perder la ambigüedad que alimenta su mito.

Para sentar las bases de un acuerdo de libre comercio que transformaría la economía de su país, el presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari envió a Estados Unidos cajas con obras de arte entre septiembre y noviembre de 1990. Con el respaldo de una campaña publicitaria por US$ 10 millones, esas piezas integrarían una serie de 150 exposiciones y eventos destinados a contrarrestar la percepción despectiva que muchos estadounidenses tenían de México. Varios de los anuncios incluían un autorretrato de Frida Kahlo.

La elección del rostro mestizo de Kahlo como imagen de la propaganda neoliberal de Salinas resultó tan premonitoria como improbable. En una década, Frida se transformaría en una de las principales exportaciones de México. Con el apoyo de celebridades como Madonna, que la consideraba su alma gemela, la artista se consolidó como marca global durante los años en que Salinas privatizó la economía mexicana y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) catapultó a su país a la cima de la globalización.

Mattel lanzó al mercado una muñeca Barbie de Frida Kahlo. Empresas de distintos sectores licenciaron el nombre y la imagen de Frida para productos que iban desde zapatillas deportivas hasta cosméticos. Para esos fabricantes y para los neoliberales que se apropiaron de Kahlo con el objetivo de promover el libre comercio con México, su radicalismo político quedó en el olvido. 

Las particularidades de la "Fridamanía" atraviesan Frida: La creación de un icono, una extensa exposición organizada por el Museo de Bellas Artes de Houston (MFAH), que actualmente se exhibe en la Tate Modern. La curadora del MFAH, Mari Carmen Ramírez, sugiere una causa subyacente de las múltiples y contradictorias representaciones de Kahlo en los párrafos iniciales de su perspicaz ensayo para el catálogo.

En 1940, Kahlo transformó una ruptura personal en una imagen de martirio, deseo y control absoluto de su mito. (Foto: colección de arte mexicano de Nickolas Muray)

La condición icónica de Kahlo "no se limita a una sola imagen, sino que es plural, resultado del número aparentemente infinito de iconos que compiten entre sí y que hoy conforman y perpetúan su mito", escribe Ramírez, y argumenta que ese mito abarca mucho más que las leyendas de Vincent van Gogh y Pablo Picasso. "El fenómeno Frida es diferente a cualquier otro en la historia, pasada o reciente. No se limita a la creación artística de Kahlo, sino que se extiende a todos los aspectos de su imagen social, su carácter más íntimo, así como su vestimenta", sostiene.

Como un ícono polivalente, con una marcada inclinación por la teatralidad narcisista, Kahlo quedó al servicio de causas que van desde la identidad chicana hasta la dignidad mexicana; desde el socialismo hasta el feminismo; y desde la diversidad sexual hasta la discapacidad. Todas esas causas encuentran su origen en su vida, que también incluyó su papel como esposa devota y musa del muralista Diego Rivera, así como su lugar como pintora de vanguardia, capaz de fusionar con creatividad el arte popular mexicano y el surrealismo. Cada una de esas facetas atrajo a públicos distintos al culto a Frida. Y muchos aspectos de su identidad se pusieron de moda en los últimos años, décadas después de su muerte prematura en 1954.

Todo esto ayuda a explicar cómo surgió el fenómeno Frida. Lo que resulta más difícil de explicar es por qué es esencialmente único. El rostro de Kahlo es, prácticamente, el único que uno puede encontrar en casi cualquier mercado o plaza municipal de México. Resulta tan reconocible como el de Karl Marx o Che Guevara, o incluso el de Donald Trump, y aun así parece despertar afecto en todos.

Desde que Hayden Herrera publicó su biografía fundamental de Frida Kahlo en 1983, el público empezó a ver a Kahlo como una figura capaz de inspirar empatía. El libro de Herrera trató, con razón, sus pinturas como obras esencialmente autobiográficas, registros de una vida atravesada por pruebas y tribulaciones. Para dar apenas una muestra de sus desgracias: la polio le dejó una discapacidad en la infancia, un accidente de tranvía casi la mató a los 18 años y un aborto espontáneo la volvió a poner al borde de la muerte poco después de casarse. 

A través del libro de Herrera y de la vida que la autora logró descifrar, Kahlo quedó en condiciones de convertirse en un alma gemela para muchos.

En sus retratos fotográficos, Kahlo ensayó una Frida pública antes de que el mercado la multiplicara. (Foto: Museo de Arte de Filadelfia)

Por supuesto, quienes leyeron a Frida Kahlo representan una minoría frente a la asombrosa cantidad de admiradores que tiene hoy. La biografía fue un éxito de ventas y se tradujo a decenas de idiomas, pero los libros son libros, y los lectores, una minoría. Las historias sobre Frida probablemente circularon, sobre todo, de boca en boca, siendo seleccionadas y compartidas de manera selectiva. 

Sus pinturas podían respaldar esos relatos, por su cualidad confesional, pero su ambigüedad impedía que revelaran aquello que alguien no quería ver. En otras palabras, una persona podía verla, al mismo tiempo, como símbolo del sufrimiento por amor a un marido, y otra, como emblema de la subversión queer. Como artista que hizo arte de su propia vida, Kahlo podía encarnar a muchas personas en una sola. Y las personalidades que interiorizó, así como los episodios que las engendraron, en muchos casos parecieron anticipar el espíritu del siglo XXI.

Todo esto podría parecer denigrante para Frida Kahlo como artista. Representar tantas cosas para tantas personas podría parecer superficial o incluso abiertamente oportunista. Incluso Herrera sostuvo que Kahlo "se transformó en un ícono para sí misma y para que otros la veneraran". 

En un artista menos talentoso, el resultado habría sido insípido. Una obra creada para cautivar a todos no atraería a nadie. Pero Kahlo era una persona genuinamente polivalente y podía llevar todas esas dimensiones al lienzo con la misma convicción, a menudo dentro de una misma composición.  Por eso, logró crear un arte que trataba sobre la polivalencia en sí misma. Su obra no trataba sobre la identidad, como suele argumentarse, sino que la trascendía sin ceder ante las promesas vacías de la globalización. Como iconografía capaz de unificar a partir del reconocimiento de que la diversidad reside en cada persona, su arte se adelantó a su tiempo y se volvió más necesario que nunca.

*Esta nota fue publicada originalmente en Forbes.com