Dylan y Lacey, los hijos peludos de esta entrenadora canina
Romina Miraglia es una Especialista en Entrenamiento y Comportamiento Canino. Un pastor australiano y una pitbull son parte de su familia. Ella armó todo un programa previo para adaptar a sus mascotas para la llegada de su primer hijo, desde usar muñecos, sonidos de bebé, coches y cunas.

Romina Miraglia es Especialista en Entrenamiento y Comportamiento Canino, graduada de Starmark Academy, en Texas. Decidió estudiar en esa escuela y dedicarse a una profesión que era poco común para las mujeres, hace 10 años, en el país. La llegada de Dylan, un pastor australiano, había cambiado por completo su vida. En esa época laboraba en una empresa familiar, pero no se sentía totalmente feliz. Fue Niels Olsen, por entonces su novio, quien le preguntó ¿qué la llenaba?, durante una visita a Australia, donde él estudiaba una maestría. “Lo único que pude responder fue Dylan”, y él le dijo 'dale, lánzate a estudiar eso'.

Ella dudó. ¿Qué mujer estudia para ser entrenadora de perros? 'Estás tú'. A partir de esa respuesta, se le abrió un panorama distinto, todo un mundo, y se puso a investigar sobre el tema. Dos meses después estaba en Texas estudiando en la academia, junto a Dylan. “Y a partir de eso, mi mundo es un mundo de perros”. Luego llegó Lacey, una pitbull que le robó el corazón. Los dos peludos son tan educados que posan para toda la sesión de fotos, siguiendo las instrucciones de mamá. Por ahora, Romina hace una pausa en su trabajo de entrenadora, para cuidar a Oliver y Vittoria, sus dos hijos humanos, y está preparando un programa online para entrenamiento canino. 

“Tener a Dylan fue decisión de Nicky (Niels), pero terminó siendo mío, me involucré al 200 % en su crianza. Era una responsabilidad grande, en la etapa en la que estábamos sabía que un perrro nos iba a anclar, no habría viajes espontáneos, sino todo con planificación, y no es que no quería, sino que no era el momento. Llegó cuando tenía dos meses de edad y mi vida empezó a girar en la crianza de mi gordito, salía con mis amigas y decía me tengo que ir, tengo que salir a caminar con él.

“En la academia donde estudié, a cada alumno le asignaban un perro, que era nuestro proyecto del programa, mi objetivo era entrenar a Lacey, y mi examen final. Pero al mismo tiempo, como era perro de refugio, se encontraba para adopción y al entrenarla se le daba más oportunidad, era un beneficio-beneficio, para mi y para ella. Me terminé enamorando, no la adopté inmediatamente porque dije 'no puedo'. Nicky estaba en Australia, estaba sola, y encargada de Dylan. Vivía en un departamento, tenía que volver a Guayaquil a trabajar y no sabía cómo manejar la logística. 

“No podía con dos, por lo menos hasta adaptarme, así que la adoptó una compañera del programa, pero yo no la podía dejar ir. Seis meses después, tuve que ir a Texas y me la traje, decidí adoptarla. Nicky ya había regresado y cuando la conoció fue amor a primera vista, se enamoró tanto de ella como yo. Dylan tenía dos años y a ella le calcularon también dos años, en el refugio cuando la acogieron. Y ya les celebramos los 10 años.

“Especializarte en entrenamiento y comportamiento canino no solo es entrenarlos y enseñarles cosas, sino entender qué hay detrás de los comportamientos. Cuando trabajo tiene que ser con el perro y el dueño, porque si no está involucrado, el resultado será desfavorable, me va a hacer caso a mi, y el objetivo es que la relación entre ellos sea fuerte, que tengan un vínculo sólido y una comunicación clara para que la convivencia sea armoniosa. 

“En Texas, cuando conocí a Lacey yo estaba asustada, era un perro grande y fuerte, no sabía cómo la iba a manejar, era un caballo chúcaro, desbocado. Un día me jaló la correa y me hizo caer, se trepó encima de los carros. Fue mi primer encuentro con un perro grande. La traje, y a los pocos meses Nicky me pidió matrimonio, nos casamos, y ya teníamos dos hijos perrunos. 

Romina Miraglia y sus mascotas. Fotos: Pavel Calahorrano

“Para la llegada de mi niño mayorcito, Oliver, fue toda una preparación previa con los perros. Trabajaba con un muñeco para que se acostumbraran a verme con algo en brazos, trabajaba con muchos sonidos de bebés, ponía en el celular llantos y risas para que se vayan adaptando. Siempre hacía que se asociaran con juegos y caricias. También empecé a introducir el coche, la cuna, las sillas de bebé, todo lo nuevo que iban a ver en su vida. 

“Hicimos todo un programa desde que me enteré que estaba embarazada y una vez que llegó el bebé, el trabajo siguió porque Dylan y Lacey tenían que adaptarse, mamá ya no tenía tanto tiempo ni tanta disponibilidad ni todo el tiempo para ellos. Les enseñé el cuarto del bebé y cuando entran tienen un espacio para descansar. Entonces, me acompañaron desde el día uno que el bebé llegó a la casa y, desde ahí, nunca se han separado.

“Desde que nació mi hijo, su única realidad es vivir con sus hermanos peludos. Con la llegada de mi hija Vittoria, hace pocos meses, fue más fácil para los perros porque no fue nada nuevo. Para mí fue un poco más desafiante porque ahora tenía que manejar a un niño de dos años y la bebé. En la relación entre perros y niños, la parte difícil de manejar es el niño porque él invade el espacio. Lo importante, una vez que llega el bebé, es que los perros estén educados para que no tenga que dividir la atención de educar al perro y al niño. Yo ya trabajé mis perros previamente, ahora me enfoco en los niños que no les molesten y hay que educarlos para que respeten su espacio, cuando duermen, cuando comen, cuando están jugando con algo. Es difícil, pero es un trabajo de constancia, repetición y repetición.

“Hay tres necesidades básicas para los perros: ejercicio físico y estimulación mental, hay que ponerles juegos y juguetes interactivos. Y tercero es la comunicación clara, que entienda cuando le digo algo, que entienda lo que significa muy bien y no, cuando hace algo mal, que viva tranquilo, sin ansiedad y satisfecho, porque soy yo la que los guía y les digo cómo comportarse. 

“Hoy que tengo niños pequeños, la rutina de los perros es la misma, trato de organizarlos para salir a caminar, con Oliver y la bebé, en el coche. Siempre he tratado de mantener la rutina todos los días, para que ellos sepan qué esperar, son parte de la rutina cotidiana, si estoy yo, ellos están involucrados. Cuando los perros y los niños no pueden ser supervisados no los dejo que interactúen, los perros son perros y siempre serán animales, muchas veces actúan según su instinto y si se sienten amenazados van a reaccionar. Yo tengo separadores de ambientes para poner en los pasillos o habitaciones. 

“Las rutinas que siguen desde que se levantan en las mañanas son salir a hacer sus necesidades, luego comen y vamos a una caminata para que gasten energías y hagan ejercicios. Salen con alguien al baño, cada cuatro a seis horas durante el día, a menos que tengamos otra actividad. Tienen otra caminata alrededor de las 17:00 a 18:00, comen y antes de dormir salen a caminar otra vez para que estén más tranquilos y calmados”. (I)