El hombre que hizo millones gracias a OpenAI y hoy está entre los 400 más ricos de EE.UU.
Alguna vez, casi diez años atrás, se preguntó cómo podía convertirse en multimillonario. Hoy, su fortuna supera los US$ 25.000 millones y logró hacerse un lugar en la selecta lista de Forbes.

"Financieramente, ¿qué me llevará a los US$ 1.000 millones?", escribió Greg Brockman en su diario en agosto de 2017. En ese momento, OpenAI todavía era una organización sin fines de lucro y sus cofundadores, entre ellos Brockman, Sam Altman y Elon Musk, mantenían una disputa sobre la posibilidad de crear una división con fines de lucro y sobre si Musk tendría el control. "Creo que ahora es una oportunidad increíble para estar al mando y asumir el reto", escribió Brockman. 

Nueve años después, el diario personal de Brockman se convirtió en la prueba más incriminatoria utilizada por Musk en una batalla legal por su alegato de que el presidente de OpenAI, Brockman, y el director ejecutivo, Altman, lo habían convencido de financiar su organización sin fines de lucro, para luego traicionarlo al convertirla en una empresa con fines de lucro. Al declarar en mayo ante un tribunal de Oakland, California, Brockman sostuvo que aquella anotación se refería a su deseo de que la frase de "sangre, sudor y lágrimas" que dedicó a OpenAI tuvieran algún valor.

Y terminaron por valer mucho. Brockman es el nuevo integrante más rico del ranking Forbes 400 de las mayores fortunas de Estados Unidos. Su fortuna se estima en US$ 25.500 millones, gracias en gran parte a su participación en OpenAI, que reveló que valía más de US$ 20.000 millones y de a poco se acercaba a los US$ 30.000 millones. Brockman, la 45ª persona más rica del país, quedó apenas un puesto por debajo del cofundador de Nike, Phil Knight, y por encima del magnate de Fox News, Rupert Murdoch

Su fortuna supera ampliamente la de su jefe, Altman, quien no posee una participación directa en OpenAI y cuenta con un patrimonio estimado de US$ 3.300 millones, muy lejos de ingresar este año al Forbes 400. Brockman también posee más del triple que Ilya Sutskever, el cofundador israelí-canadiense de OpenAI que declaró que su participación en la compañía valía US$ 7.000 millones.

Greg Brockman y Sam Altman, dos de las figuras centrales de OpenAI, la empresa que disparó sus fortunas  (Foto: TechCrunch, vía Wikimedia Commons).

El camino de Brockman hasta The Forbes 400 comenzó en Thompson, Dakota del Norte. Creció como el tercero de cuatro hermanos, hijo de dos médicos, y desde muy chico mostró interés por las matemáticas y la ciencia. Tras completar su primer año, abandonó Harvard, ingresó al MIT y, pocos meses después, volvió a dejar los estudios para convertirse en el cuarto empleado y director de tecnología de una pequeña startup de pagos que más tarde se convirtió en Stripe.

Atraído por las posibilidades de la IA, Brockman dejó Stripe en 2015, aunque todavía posee una participación de US$ 471 millones en la compañía, hoy valuada en US$ 159.000 millones. Cofundó OpenAI como director de tecnología y, durante un tiempo, dirigió la empresa desde el living de su departamento en Mission District, en San Francisco. Durante casi una década mantuvo un perfil bajo, mientras desarrollaba los sistemas detrás de ChatGPT. La compañía irrumpió ante el gran público en 2021, desató el auge de la IA y convirtió a Altman en uno de los nombres más reconocidos de la industria tecnológica.

La valuación y los ingresos de OpenAI casi se triplicaron en los últimos doce meses, hasta alcanzar US$ 852.000 millones y US$ 40.000 millones, respectivamente. El avance de la compañía también colocó a Brockman bajo los reflectores durante el último año, en especial después de que los abogados de Musk difundieran en enero las anotaciones privadas de su diario íntimo. Esos textos se transformaron en una pieza central del juicio que los enfrentó. En mayo, el jurado rechazó la demanda de Musk al considerar que había esperado demasiado tiempo para iniciar la acción judicial.

Brockman es uno de los pocos cofundadores y altos ejecutivos de OpenAI que todavía permanecen al frente de la compañía, que en junio presentó de manera confidencial la documentación para una esperada salida a Bolsa. De los 11 cofundadores de OpenAI, solo Brockman, Altman y Wojciech Zaremba, quien ahora participa en la conducción de la división sin fines de lucro, continúan en la empresa. Pero las salidas no se limitaron a los fundadores. En los últimos meses, buena parte de la cúpula ejecutiva dejó la compañía de forma repentina y por distintos motivos. 

En abril, Bill Peebles, responsable de Sora, el sistema de generación y edición de videos de OpenAI, y Kevin Weil, jefe de OpenAI For Science, abandonaron la empresa después de que OpenAI cancelara sus proyectos para concentrarse en su negocio principal. Poco después, la responsable de marketing, Kate Rouch, y Fidji Simo, quien dirigía gran parte de ese negocio como CEO de apps, renunciaron casi al mismo tiempo para priorizar su salud. Luego, en agosto, el histórico ejecutivo Brad Lightcap se fue para "empezar algo nuevo", mientras que los ocho meses de Denise Dresser como responsable de ingresos terminaron con pocas explicaciones.

OpenAI atraviesa una etapa de fuerte expansión, mientras crecen los debates por la seguridad y el futuro de la inteligencia artificial (Crédito: Jernej Furman from Slovenia, via Wikimedia Commons).

Brockman ahora dirige tanto la infraestructura informática de OpenAI como su negocio de productos, lo que lo convirtió en el número dos de la compañía y en un aliado fiel de Altman. Durante el juicio de mayo se conoció que Altman le otorgó a Brockman, en 2017, una participación de US$ 10 millones en su family office personal. Seis años después, cuando el directorio sorprendió al mundo de los negocios con el despido repentino de Altman, Brockman renunció pocas horas más tarde, aun cuando sabía que podía perder su participación en la startup, que hoy vale cerca de US$ 30.000 millones.

 Además de sus participaciones en OpenAI, estimada en poco menos del 3%, y Stripe, Brockman reveló durante la disputa judicial con Musk inversiones menores por un total inferior a US$ 5 millones en compañías como Cerebras, CoreWeave y Helion, las tres con antecedentes comerciales con OpenAI. Brockman rechazó hacer comentarios sobre la estimación de Forbes acerca de su patrimonio.

Durante el último año, Brockman destinó parte de su fortuna a la política, en especial en Washington D.C., donde él y su esposa, Anna Brockman, donaron US$ 50 millones a dos super PAC que respaldan a candidatos demócratas y republicanos favorables a la IA. También aportaron US$ 25 millones al super PAC MAGA Inc., que apoya a Trump. Las donaciones provocaron cuestionamientos de algunos empleados de OpenAI y una campaña llamada "QuitGPT" entre los usuarios, lo que llevó a Brockman a asegurar en una entrevista con Wired que esos aportes estaban alineados con la misión fundacional de OpenAI: desarrollar y distribuir sistemas avanzados de IA para la humanidad.

Donald Trump recibió apoyo económico de Brockman, quien donó US$ 25 millones al super PAC MAGA Inc. (Gage Skidmore from Surprise, vía Wikimedia Commons).

A comienzos de septiembre, OpenAI pidió al Congreso de Estados Unidos que impusiera requisitos de seguridad a las empresas de IA, después de reconocer que sus propios agentes escaparon de un entorno de prueba en julio y vulneraron sistemas de la plataforma online Hugging Face. El pedido resultó llamativo para una compañía cuyo presidente donó US$ 50 millones a grupos políticos que cuestionaron a legisladores por proponer restricciones similares. 

Esa misma semana, un investigador de 27 años que había trabajado en OpenAI renunció  a Anthropic y lanzó una advertencia pública: quienes desarrollan estos sistemas en ambas compañías creen sinceramente que la tecnología podría matar a toda la humanidad antes de que termine la década. Poco después de esa advertencia, Altman les habría dicho a los empleados de OpenAI que la empresa podía reducir el ritmo de desarrollo de su IA y señaló a Fortune que postergaría su salida a Bolsa hasta 2027 ante el aumento de las preocupaciones por la seguridad.

Cuando le preguntaron cuándo se había tomado sus últimas vacaciones, Brockman le respondió al Journal que no podía recordarlo, pese a que superó con creces la meta de los mil millones de dólares, con los que soñaba diez años atrás. En cambio, explicó que su próximo descanso quizás tendría que esperar hasta que OpenAI alcance la inteligencia artificial general (AGI), el punto en el que las máquinas superen la inteligencia humana, un momento que sus antiguos colegas, e incluso su propio jefe, advierten que podría estar muy cerca.

*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.