Los millones detrás de las obras de arte
Arqueóloga y antropóloga, la quiteña Rafaela Cobo construye un puente entre el arte y los negocios. Esta Under 30 navega en un mercado que mueve miles de millones de dólares.

A los seis años de edad, Rafaela Cobo entró por primera vez al Museo Metropolitano de Nueva York (MET). Recuerda con claridad el silencio de las salas, las esculturas egipcias y la sensación de estar frente a un universo nuevo. "Ese día me prometí que algún día trabajaría ahí". 

Su vida, desde entonces, giró alrededor de la intención de aprender a descifrar las historias que se esconden en los objetos, convertir el pasado en relatos vivos y demostrar que el arte no es un lujo distante, sino una experiencia capaz de transformar a quienes lo observan. Así empezamos una larga conversación sobre su gran pasión.

Cobo recuerda pasar horas platicando con su abuelo, Fernando Ordóñez, sobre relatos históricos en lugar de jugar con sus primos. Los fines de semana convencía a su familia para recorrer los museos de Quito. Su favorito, entre otros, es la Casa del Alabado. "Es sin duda la mejor muestra de historia precolombina como arte, nunca lo miré como simples objetos, para mí son expresiones vivas". Los museos eran una parada obligada en las vacaciones, perdió la cuenta de cuantos ha visitado. "Nunca me canso. Tengo una conexión muy fuerte con el pasado humano. Para mí no hay límites que no pueda superar. Aprendí a descifrar jeroglíficos egipcios".

Estudió arqueología y antropología en George Washington University. Para ella fue algo mágico aprender entre vitrinas y colecciones únicas en el Smithsonian, uno de los complejos museísticos más grande del mundo. En el Museo de Textiles de DC vivió sus primeras experiencias armando colecciones. "Tuve que catalogar más de 100.000 piezas de 50 distintas culturas de la India. Teníamos telas, vestidos, coronas y ornamentos. Aprendí a diseccionar recopilaciones inmensas y convertirlos en relatos".

Al graduarse, llegó el momento que tanto soñaba. Una pasantía en el MET de Nueva York. Allí trabajó en el área de educación y diseño de exhibiciones multisensoriales. Formó parte del equipo que montó una muestra sobre dioses aztecas y mayas. "Entendí que los museos no pueden ser solo vitrinas estáticas, deben ser accesibles, participativos, invitar a tocar, a sentir, solo así logras que la gente entienda lo que está viendo".

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Rafaela creía tocar las estrellas, estaba cumpliendo su sueño, pero su espíritu quería explorar más. Dio un salto al mercado secundario de arte, donde se revenden obras o reliquias en precios exuberantes. Primero estuvo en Christie's como parte del grupo de investigación latinoamericano y un año después llegó Sotheby's como coordinadora de ofertas. Juntas estas dos casas de subasta controlan el pulso del arte y el lujo mundial y facturan sobre los US$ 15.000 millones anuales.

El trabajo era exhaustivo. Aprendió a rastrear la autenticidad y procedencia de cada creación desde que fue pintada. "Si en el camino había un vacío en la historia, no podíamos aceptarla". 

Cuando estuvo en Christie's fue parte del personal que organizó la subasta de la colección de Paul Allen, cofundador de Microsoft que llegó a venderse en US$ 1.500 millones. "En el catálogo constaban cuadros de Van Gogh, Botticelli, Klimt, entre otros". 

En Sotheby's participó en la venta de un Picasso de la colección de Emily Fisher por US$ 139.4 millones.  "Te imaginas, vendimos a un coleccionista privado en US$ 44,6 millones un fósil de dinosaurio, que luego fue donado al Museo de Ciencias Naturales de Nueva York". 

Picasso vendido en US$ 139,4 millones. foto: cortesía Rafaela Cobo

 

Mientras revisaba sus archivos fotográficos, encontró algo más increíble. El producto artístico del italiano Maurizio Cattelan, «Comedian», que consiste en un plátano pegado a la pared con cinta adhesiva, se vendió por US$ 6,2 millones. "El plátano es real y cuando se dañe debe ser cambiado por uno nuevo. Hubo mucha controversia y debate alrededor".

Maurizio Cattelan, «Comedian"  vendido en  US$ 6.2 millones .  Foto: cortesía  Rafaela Cobo

Y había mucho más.  Seis camisetas de Lionel Messi en US$ 7,8 millones, un conjunto de relojes sobre los US$ 2 millones o una pintura de Monet en US$ 60 millones. En estos eventos también se vendieron cuadros de los artistas ecuatorianos Oswaldo Guayasamín y Eduardo Kingman.

Subasta de obras.  Foto: cortesía Rafaela Cobo

En un período de tres años, si la memoria no le falla, Rafaela participó en un centenar de subastas. El ritmo era agotador. En ocasiones trabajaba 18 horas seguidas, porque en el proceso todo es precisión, rigor y cero márgenes de error. "Una sola duda puede derrumbar un negocio de millones".

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Esta Under 30, quiere democratizar el acceso al mercado del arte y abrir espacio a coleccionistas latinoamericano en un escenario lejano para muchos. "Tengo una cartera de 100 clientes privados, tres son ecuatorianos, les guío y asesoro en decisiones de inversión y cómo hacerlo de manera inteligente, porque es un activo que se valoriza".

Está en Quito de vacaciones y su primera parada fue en el museo de El Alabado, que sigue siendo uno de sus favoritos.  En septiembre se va la Universidad de Cambridge en Inglaterra para obtener un MBA enfocado en gestión de arte y cultura.  Para ella, no es solo glamour y contemplación, es un mercado capaz de mover cifras que desafían la imaginación. (I)