Cuando se habla de educación existe un ingrediente que siempre está presente: la aspiración del ser humano de un futuro brillante para los hijos, primos, nietos y más. Esa idea se profundiza con la búsqueda de un mejor espacio de educación para todos.
Por eso, cuando se mezcla la obra tangible con el logro profesional y la expectativa de la sucesión generacional, el orgullo se nota en los ojos. Así se evidencia en los rostros de los socios de la firma Architekten, Felipe Palacios y Johann Moeller. El ser parte del consorcio que diseñó el Colegio Americano de Quito constituye un hito en sus carreras profesionales, pero también una satisfacción de vida. La obra será parte de la escuela y colegio de sus hijos, quienes muy probablemente serán los que juzguen mejor a sus padres y su labor.
A tres meses de la inauguración de la nueva sede en Puembo, los dos arquitectos asisten a la obra dos o tres días por semana para verificar los pasillos, aulas, laboratorios, biblioteca, cafetería y las canchas; estas últimas tienen estándares de la FIFA. Es una intervención de 49.000 metros cuadrados que incluyen la construcción de espacios de estudio y también jardines con técnicas de paisajismo. La proyección es llegar a los 54.000 metros cuadrados, en una segunda etapa. No se trata de un simple edificio, la obra redefine la experiencia educativa con modelos constructivos enfocados en la enseñanza.

Con una inversión de US$ 50 millones en la construcción y la generación de más de 1.500 empleos entre directos e indirectos, el colegio se convirtió en un Living Learning Lab que integra más de 1.000 árboles nativos y polinizadores, además de un sistema de reutilización del 100 % de aguas grises. Características propias de la implementación de estándares LEED que convierten al complejo en un referente de sostenibilidad.
La arquitectura aquí no solo alberga el aprendizaje, sino todo lo que facilita la enseñanza, la disposición espacial, la gestión del confort térmico y la integración con una quebrada natural. “Un diseño que permite que el entorno sea como un ejemplo de profesor activo”, señala Palacios.
Si bien el diseño y la dirección arquitectónica de este espacio son logros trascendentales para el equipo de Architekten, en sus 10 años de experiencia han sido parte de 44 proyectos, entre diseños y construcciones. En junio del 2016, cuando crearon su oficina en La Tejedora, en Cumbayá, su inversión inicial se aproximaba a los US$ 2.500. Moeller y Palacios eran los dos únicos cómplices de su propio invento. Hoy, su facturación ronda los US$ 210.000 anuales y cuenta con ocho profesionales más.
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Ambos recuerdan los primeros días con claridad: "En aquel entonces el desafío no era solo sobrevivir en un mercado altamente competitivo, sino establecer una identidad que se alejara del diseño intuitivo para obtener una metodología técnica", dice Moeller.
Tras diseñar varios espacios, entendieron que el valor de un arquitecto no radica solo en la forma del edificio, sino en su capacidad de gestión detallista. Esa obsesión por lo perfecto fue el preludio de lo que vendría después: el entendimiento de proyectos de gran escala sin perder las visiones creativa, tecnológica y humana.
Lo que distingue a Architekten en el panorama ecuatoriano es su rigor profesional. La firma ha gestionado 44 proyectos con un volumen de 181.740 metros cuadrados, tanto en diseños como en la dirección arquitectónica. "Somos una mezcla entre creatividad, atención técnica y construcción", afirma Palacios.
Ese enfoque permite que transiten sin fricciones entre proyectos a microescala como el aulario (edificio de aulas) para la Universidad de Milagro en 2017 o el Jardín de Cascarilla, en 2020 (galardonado en la Bienal de Arquitectura de Quito); y los de macroescala como los Innova Schools en Cotocollao y Guayaquil, en 2026, que cuentan con una inversión de US$ 5 millones cada uno.
"Para nosotros, el proceso de diseño incluye una mirada constructiva y creativa, estudios previos, detalles, coordinación, obra y materialidad", agrega Palacios. Esta visión holística hace que Architekten se piense para el desarrollo institucional y el urbanismo privado, demostrando que la arquitectura puede transformar el entorno cuando se la diseña bajo una premisa ética y técnica: "La escala cambia, el criterio se mantiene".

El dúo de profesionales se conoció en la Universidad San Francisco de Quito, hace diez años. Formaron una amistad desde que iniciaron su vida como docentes en esa institución. Hoy son una sociedad cuyo trabajo fue reconocido por la Bienal de Arquitectura en 2018 y 2020.
La firma enfrenta su segunda década de trabajo, necesaria para expandir su influencia. Si bien, el 50 % de sus actuales intervenciones se refieren a espacios educativos, su experiencia es variada en reconocidos clubes El Condado, Arrayanes, Rancho San Francisco y lugares top como Las Tanusas, en Manabí.
El futuro de esta oficina de arquitectura apunta hacia una mayor experiencia técnica y una apuesta clara por la regeneración urbana. Si algo ha demostrado en este tiempo es su resiliencia en resolver tensiones entre la economía, la norma, el clima y la necesidad social.
Mientras consolidan su liderazgo en el sector educativo con proyectos que marcan la pauta en sostenibilidad, Palacios y Moeller siguen convencidos de que el éxito real no reside en la cantidad de metros cuadrados construidos, sino en la capacidad de esos espacios para formar e inspirar a las nuevas generaciones.
La arquitectura, para ellos, ha dejado de ser solo una disciplina artística; es hoy una herramienta de alta precisión para el desarrollo económico del país. (I)