Dejó el frío y el salmón chileno para alimentar al camarón ecuatoriano
Luego de casi tres décadas en la industria del salmón en Chile, Pablo Leyton llegó a Ecuador para liderar la dirección Global de Feed Technology, en la multinacional Vitapro. Su experiencia técnica enfrenta el desafío de hacer más eficiente la producción de camarón.

Julissa Villanueva Periodista

Pablo Leyton Miranda se instaló en Ecuador en enero de 2025 para asumir una nueva etapa profesional, después de un año entre idas y vueltas desde su natal Chile. Creció en Hualañé, un pequeño pueblo de la región del Maule, entre cultivos, ríos y trabajos de verano. 

Desde niño estuvo rodeado de trabajo y de conversaciones que ampliaron su mundo. Su padre, auxiliar de una escuela rural, no solo se encargaba del mantenimiento del establecimiento, también arrendaba habitaciones de la casa a los profesores que llegaban a enseñar a la zona. 

“Crecí escuchando las conversaciones de esos maestros después de clases. Ellos hablaban de libros, estudios y de lo que ocurría más allá del pequeño pueblo. Ese contacto despertó mi curiosidad por aprender, estudiar e investigar”, menciona.

Se graduó un año antes que sus compañeros y sus profesores lo consideraban un niño especialmente culto. En un pueblo donde la televisión llegaba con dificultad y las opciones profesionales parecían lejanas, primero descubrió la ciencia y, casi por accidente, el mundo que terminaría definiendo su carrera: la acuicultura.

Su vida ha estado marcada por los desplazamientos, primero geográficos y después profesionales. “Mi historia ha sido bastante nómade. Nací en un pueblito de la séptima región de Chile y ahí viví los 12 primeros años de mi vida. A partir de entonces empezó una etapa de migraciones”, comenta el director Global de Feed Technology, en Vitapro S.A.

Leyton, de 59 años, tiene a Guayaquil como su centro de operaciones, pero recorre constantemente diferentes locaciones de Ecuador a un ritmo del que ya está acostumbrado. 

Recuerda que su primera migración fue académica. Se trasladó a Talca, a unos 72 kilómetros de la residencia de su niñez para continuar sus estudios secundarios. Después viajó más al sur, a casi 600 km de distancia, hasta Valdivia, donde estudió Medicina Veterinaria. 

Al terminar la carrera, avanzó hasta el extremo sur chileno, en Castro (en la Isla Grande de Chiloé), que está a unos 380 km del punto anterior. Este es uno de los territorios donde se desarrolló con fuerza la salmonicultura chilena. Ahí arrancó el camino que lo llevó a ejercer en Ecuador. Siempre había viajado hacia el sur. “Esta es la primera vez que lo hago al norte (Sudamérica) y llego a este país que me acoge y me encanta, sonríe.

Su primer acercamiento a esta industria ocurrió a comienzos de los años noventa, cuando todavía era un sector en expansión. Una experiencia de verano en una empresa dedicada al procesamiento de salmón fue suficiente para cambiar el rumbo de su carrera.

“Fue mi primer contacto con los salmones y la verdad es que nuestra carrera en la facultad en la que estudié se especializa mucho en animales de producción, pero fundamentalmente de ganado. Pero a mí lo que me llamó la atención fueron la producción y el cultivo de los salmones y su procesamiento”, confiesa. 

La decisión resultaría estratégica. Chile contaba con condiciones naturales favorables para la producción de especies de agua fría y, al mismo tiempo, la industria comenzaba a desarrollar tecnología y conocimiento para convertir esa ventaja geográfica en una actividad exportadora. Leyton encontró allí un campo profesional en expansión.

Los primeros años fueron en terreno. Trabajó como patólogo, ocupándose de la salud de los peces, y pasó por dos compañías antes de dar el siguiente salto. El cambio, más allá de representar una oportunidad profesional, también tuvo una razón familiar.

A esa altura ya era padre y el trabajo en los centros de cultivo implicaba largos períodos fuera de casa. Una planta de alimentos en Castro le ofreció una alternativa. Al principio la rechazó dos veces. A la tercera llamada aceptó, después de conversar con su esposa, quien le animó a asumir el reto.

“Si bien me fui en condiciones no tan ventajosas, sí gané una cosa muy grande que fue permanecer todo el tiempo con mi familia. En la empresa en la que estaba de cultivo de salmones, yo tenía que custodiar, velar el estado sanitario de los peces, viajar varios días y estar fuera del hogar”, señala.

Ese movimiento fue su principal punto de quiebre profesional. En la planta de alimentos comenzó a involucrarse no solo en producción, sino también en clientes, investigación y desarrollo, formulación y nutrición animal. Pasó de mirar la salud de un pez a entender qué había detrás de su alimentación y del desempeño productivo de toda una industria.

En 1996 ingresó a Salmofood, compañía que sería adquirida años después, en 2012, por el negocio de nutrición animal de Alicorp, que posteriormente se convertiría en Vitapro, multinacional con presencia en Perú, Chile, Ecuador, Honduras, Guatemala, Nicaragua y Costa Rica. 

Ese cambio también amplió su mirada sobre el negocio. Dejó de estar únicamente en el cultivo y la salud del salmón para enfocarse en la ciencia que sostiene su alimentación, a través de la formulación, nutrición, materias primas, investigación y desarrollo. 

Durante los siguientes años construyó una especialización que fue transferible a otra especie y a otro mercado. El salmón fue su escuela; el camarón, el siguiente desafío, mientras que Ecuador, el lugar donde ese conocimiento encontró su mayor escala dentro de la operación de Vitapro.

Pablo Leyton Miranda, director Global de Feed Technology, en Vitapro. Foto: Robinson Chiquito

Ecuador, el gran laboratorio 

Llegar al país significó entrar en uno de los mercados acuícolas más dinámicos del mundo. En 2025, las exportaciones ecuatorianas de camarón al mundo llegaron a US$ 8.400 millones, consolidando al sector como el principal producto de exportación y uno de sus mayores generadores de divisas 

 “El camarón dejó de ser únicamente una especie de cultivo para convertirse en una industria de escala global, sostenida por productividad, tecnología, genética, nutrición y una capacidad cada vez mayor para responder a las exigencias de los mercados internacionales. Todo eso justifica por qué la prioridad aquí”, comenta. 

El peso de Ecuador dentro de la operación explica también el traslado de Leyton. Según el ejecutivo, el 65 % de la actividad económica de Vitapro está vinculada al país. De acuerdo con cifras de la Superintendencia de Compañías, sus ventas en 2025 llegaron a US$ 682,2 millones, un crecimiento del 26 % frente al año precedente. 

Para 2026, la compañía prevé movilizar entre 750.000 y 770.000 toneladas de alimentos, con la expectativa de superar las 800.000 toneladas el próximo año, agrega Leyton.

La escala del negocio también se refleja en su cartera con más de 90 clientes permanentes, entre productores y distribuidores estratégicos.

Desde su posición como director Global de Feed Technology, Leyton lidera la estrategia técnica relacionada con la nutrición y formulación de alimentos para las distintas especies acuícolas de la compañía. 

“Mi rol consiste en traducir las necesidades nutricionales del camarón en fórmulas capaces de responder a las distintas condiciones de producción, desde la etapa y tamaño del animal hasta variables como temperatura, salinidad, sanidad y disponibilidad de materias primas”, explica.

A ello se suma su experiencia en investigación y desarrollo y en el abastecimiento de ingredientes, una combinación que le permite mirar el alimento desde su impacto en los costos y la productividad del productor.

La empresa y la familia

Detrás del ejecutivo y del especialista existe otra historia, una que explica parte de su manera de entender el trabajo y el negocio. Su relación con la actividad empresarial también está atravesada por su familia y por las enseñanzas de su padre, de quien heredó, más que una fórmula empresarial, una determinada manera de entender el trabajo con disciplina, responsabilidad y la importancia de construir relaciones de largo plazo.

La conversación cambia de tono cuando habla de él. Hace una pausa extensa. “Mi papá murió a los 62 años, cuando le quedaban apenas unos pocos años para jubilarse”. Aquella experiencia también modificó su manera de mirar el tiempo y de preguntarse cuánto de la vida puede postergarse en nombre del trabajo.

Esa mirada acompaña ahora su vida en Ecuador, que comparte con su esposa, trabajadora social, con quien está desde sus años universitarios. Sus dos hijos, Tomás y Mariana, permanecen en Chile, mientras. La adaptación ha tenido contrastes. “Extraño el frío de Chile. El calor y la humedad acá es uno de los cambios más evidentes”, dice, pero también descubrió que disfruta la vida citadina de Guayaquil y se ha acercado a su gastronomía, con el bolón y el tigrillo entre sus platos favoritos. 

Su trayectoria habla también de un legado construido alrededor del trabajo y el conocimiento. La geografía cambió, pero la lógica se mantiene. “Seguir aprendiendo, moverse cuando el desafío lo exige y convertir décadas de experiencia en conocimiento para un nuevo mercado. Ese es el aprendizaje”. (I)