El futuro político de Brasil se definirá en las urnas, pero sus consecuencias podrían sentirse mucho más allá de sus fronteras. Se pone en juego el destino de miles de millones de dólares en intercambios comerciales, la competitividad de la industria automotriz y el equilibrio político del Mercosur.
El actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, y el senador Flávio Bolsonaro, de 45, llegan a la votación en un escenario de marcada paridad. La disputa enfrenta al mandatario que busca un cuarto mandato no consecutivo con el hijo mayor de Jair Bolsonaro, quien intenta devolver a su familia al Palacio del Planalto después de la condena de su padre a 27 años de prisión por conspirar para revertir el resultado electoral de 2022.
El enfrentamiento también adquiere una dimensión geopolítica. Mientras Lula defiende una política exterior de mayor autonomía y vínculos multilaterales, Flávio propone profundizar el acercamiento a Estados Unidos y a gobiernos regionales ideológicamente afines.
El resultado, cualquiera que sea, podría modificar el mapa de las alianzas sudamericanas y las condiciones en las que operan las empresas de la región.
Una elección abierta y un último debate decisivo
La primera vuelta, celebrada el 4 de octubre, dejó un resultado que alteró el escenario electoral. Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% conseguido por Lula. La diferencia fue de apenas 1,87 puntos porcentuales, equivalente a unos 2,23 millones de votos.
Sin embargo, las últimas encuestas muestran una competencia todavía más ajustada. Según un relevamiento de Datafolha difundido el jueves pasado, Flávio reúne el 47% de intención de voto, mientras que Lula alcanza el 46%. La consultora Quaest, por su parte, registró una diferencia igualmente estrecha: 45% para Bolsonaro y 44% para Lula.
Dos modelos económicos frente al mismo desafío: las cuentas públicas
Detrás de la polarización política aparece un problema que preocupa especialmente a los inversores: la sostenibilidad fiscal de Brasil. De acuerdo con un análisis de Reuters publicado en septiembre, la deuda pública bruta brasileña había alcanzado el 82,5% del PBI en julio de 2026, mientras que el déficit fiscal nominal acumulado entre agosto de 2025 y julio de 2026 se ubicaba en torno al 9,3% del PBI.
Aunque ambos candidatos prometen ordenar las cuentas del Estado, sus equipos económicos plantean caminos y plazos diferentes. Lula apuesta por un ajuste gradual que preserve los programas sociales y sostenga la capacidad de inversión pública. Sus asesores trabajan con el objetivo de alcanzar un superávit primario efectivo equivalente a aproximadamente 1,3% del PBI hacia 2030.
En paralelo, el todavía presidente intensificó durante la campaña una agenda orientada a reforzar los ingresos y aliviar los costos de los hogares. Entre las medidas recientes se encuentran un incremento del 15% en las prestaciones de Bolsa Família, programas de asistencia crediticia y alivio impositivo sobre los combustibles.
Flávio Bolsonaro, en cambio, propone una consolidación fiscal más acelerada. Integrantes de su equipo económico plantearon un ajuste equivalente a cerca del 1,5% del PBI en 18 meses, acompañado por medidas de control del gasto, privatizaciones y simplificación regulatoria.
La principal diferencia está en la velocidad del ordenamiento fiscal y en el papel asignado al Estado. Sin embargo, los economistas consultados por la agencia también advierten que ninguna de las dos campañas detalló completamente cómo resolverá el crecimiento del gasto obligatorio sin enfrentar costos políticos significativos.
A estas dificultades se suma la nueva composición del Congreso, donde las elecciones legislativas ampliaron la presencia de partidos de derecha y centroderecha. Este escenario podría dificultar la implementación de algunas propuestas de Lula y facilitar otras de Flávio Bolsonaro, aunque en ambos casos será necesario construir acuerdos parlamentarios para avanzar con las reformas.
Para las empresas y los inversores, el principal interrogante es cuál de los dos candidatos podrá generar un escenario de mayor previsibilidad económica, con condiciones sostenibles para la inversión, el acceso al crédito y el crecimiento. (I)