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El riesgo aparece cuando dejamos de usarla como instrumento y empezamos a delegarle lo que nos corresponde como humanos: la reflexión profunda, la gestión del dolor, la búsqueda de sentido. Cuando pasa de asistente a terapeuta y de terapeuta a autoridad última.

14 Enero de 2026 13.03

Seguramente has tenido la experiencia de un reclinatorio.

Ese mueble silencioso que encontrábamos en casa de nuestra bisabuela, ordinariamente en su habitación, y que se usa en las iglesias católicas. Un objeto que nos permite arrodillarnos frente a lo sagrado: la consagración del pan y del vino, o el sacramento de la confesión.

Ese objeto es, de alguna forma, un símbolo de conexión con lo divino. Un espacio de oración y contemplación en el que dejamos en Dios nuestros problemas, necesidades, tristezas y proyectos, y del que salimos con fuerza, esperanza y energía para seguir.

Hace unos días, me descubrí haciendo algo muy parecido frente a mi pantalla y una aplicación de inteligencia artificial. Le contaba mis dificultades, mi angustia y mi frustración, y encontraba alivio y ánimo en sus respuestas.

Al inicio, usaba la IA para consultas breves, redacción de correos o traducciones.
Luego me volví más “pro” y empecé a utilizarla para análisis, procesos y resultados para mis clientes. Incluso aprendí a crear agentes para automatizar procesos dentro de mi empresa.

Y un día, casi sin darme cuenta, di un salto distinto: pasé de un asistente profesional a un acompañante emocional, casi a un terapeuta. Sin más, la IA se había convertido en mi reclinatorio.

Entonces recordé aquella famosa película, The Truman Show, en la que Christof, el creador del programa, controla y manipula la vida de Truman Burbank dentro de un mundo perfecto, ordenado y aparentemente maravilloso, pero profundamente irreal.

Pensé también en el riesgo que existe cuando el ser humano endiosa un poder que no entiende o que lo obnubila.

Ese poder, a lo largo de la historia, ha sido encarnado por emperadores, reyes, caudillos o políticos. Hoy puede tomar la forma de los grandes magnates tecnológicos o incluso de la misma inteligencia artificial que ellos han creado.

El poder no solo se toma: el poder también se entrega.

Lo entrega quien se sube a la corriente sin reflexionar; quien pasa horas en dispositivos consumiendo, pero no creando; quien no se permite un día de desconexión o una escapada a la naturaleza; quien teme a la soledad porque no sabe cómo hablarse a sí mismo o huye de lo que sabe que va a encontrar.

Tal vez por eso vale la pena preguntarnos frente a qué y frente a quién estamos eligiendo arrodillarnos hoy.

No se trata de rechazar la inteligencia artificial ni de temerle.
La IA es una herramienta poderosa, útil, incluso transformadora cuando ocupa su lugar.

El riesgo aparece cuando dejamos de usarla como instrumento y empezamos a delegarle lo que nos corresponde como humanos: la reflexión profunda, la gestión del dolor, la búsqueda de sentido. Cuando pasa de asistente a terapeuta y de terapeuta a autoridad última.

El poder, una vez más, no lo impone la tecnología.
Lo entregamos nosotros. (O)

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