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PERIODISMO Y PERSONAS
Columnistas
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La tecnología revolucionó el periodismo y acabó con muchos medios, y cambiaron las herramientas para informar, pero lo que no ha cambiado son los principios éticos del oficio.

2 Marzo de 2026 03.09

Sigo aprendiendo. Cada entrevista es para mí una nueva experiencia. Una oportunidad para aprender, desaprender, para reflexionar, para preguntar, para pensar, para abandonar el ego, para escuchar como principiante y con curiosidad. En tiempos de inteligencia artificial (IA) y de desinformación, debemos ser más humanos, aprendices, reflexivos, sentir lo que vivimos. Aprendices, no gurús, no autómatas. Hay gente que le pregunta a la IA cómo hablar con sus hijos o cómo relacionarse con la pareja. ¿La IA conoce más a su hijo que usted? ¿La IA estuvo esa madrugada en el hospital cuando su hijo enfermó? 

En octubre de 1989 cuando empecé a ejercer el periodismo nunca se me hubiera ocurrido alterar la realidad de una foto, revivir muertos, cambiar un audio de una entrevista, inventar una música, decirle a una máquina que me redactara una nota. Claro, era una época en que nadie cantaba ‘ahora las mujeres facturan’. Las mujeres peleaban por la ley contra la violencia doméstica. O nos convertimos en la primera mujer en llegar a una redacción llena de hombres muy machos que bebían en las oficinas o llegaban borrachos a la reunión en la mañana. Era ‘la niña de la redacción’. No era la época de un cantante al que no se le entiende nada, pero es un fenómeno cultural. Algunos dirán ‘no había nacido’, como escucho muchas veces a esta generación de jóvenes periodistas.

El primer medio en que trabajé fue un diario pobre pero no honrado, ya desaparecido. No era honrado porque nunca me pagó los dos años de afiliación al Seguro Social, pese a que me descontaba cada mes. Había una máquina de escribir donde se tecleaba con furia cada texto y se rompían montones de hojas A4. Luego las levantadoras de textos los transcribían en una computadora gigante de pantalla verde. Ahí aprendí a hacer mis primeras entrevistas. El jefe de Redacción me pedía el audio para constatar que lo que escribía era cierto. 

En la Redacción de mi siguiente trabajo, esa oficina llena de machos con olor a alcohol, ya tenían computadoras; eran las Macintosh cuadradas color beige que salieron al mercado a inicios de los ochenta. Cuando llegué nadie las usaba, les tenían miedo, estaban con los forros guardando polvo. Fui la primera en usarlas, pese a la negativa de mis jefes. Con los años tuve otros jefes que ayudaron en mi formación, que me enseñaron a desarrollar el pensamiento crítico, que me enseñaron a hacer entrevistas, insistían en que la realidad no se altera, la importancia de la ética y a construir una carrera de casi cuarenta años con la que he evolucionado. Pero sin abandonar los principios que permiten tener credibilidad sobre todo en periodismo. 

En febrero de 1995, cuando me enviaron a cubrir la Guerra del Cenepa en la frontera sur, lo más moderno que existía era el fax. Estaba en la oficina del teatro de operaciones a la que los periodistas no teníamos acceso. Yo usaba una computadora portátil, pero la señal era muy mala. Los rollos de fotos se embarcaban en el primer avión que salía para Quito. Mis compañeros y yo llegamos con fajos de devaluados billetes en sucres, era efectivo para vivir 17 días, el tiempo destinado a un equipo para la cobertura de la última guerra que tuvo América Latina. Actualmente, hay otras guerras más sangrientas y absurdas. 

El 10 de abril de 2011, Ollanta Humala ganaba la presidencia en Perú, y desde una moto pude recorrer todo Lima para llegar a la concentración del triunfo. Twitter estaba en su esplendor y era la red social insigne de los periodistas para informar. Esa noche hice una cobertura “excepcional” según mi editor. 

Y muchos se preguntarán ¿qué diablos me importa todo aquello que ha hecho con su trabajo periodístico? Importa, porque si bien la tecnología revolucionó el periodismo y acabó con muchos medios, cambiaron las herramientas para informar, y están muriendo las carreras de periodismo; en las universidades ahora se forman influencers.  

Lo que no ha cambiado son los principios éticos del oficio, los valores que aprendí en estos años de profesión y que con el tiempo se fortalecieron. Esos principios me sirven para decidir sobre los conflictos éticos que afronto cada día no solo en el periodismo. 

Y son las bases para responder cuando me preguntan por qué he hecho de este oficio algo más que una profesión, una responsabilidad que se construye en la cercanía con las personas, no con las máquinas ni con la distancia. Tal como dijo el maestro Ryszard Kapuscinski, quien sí influyó en muchas generaciones de periodistas: “No hay periodismo posible al margen de la relación con los otros seres humanos” y “Los cínicos no sirven para este oficio”. (O)

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