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Separar los bienes no debilita un matrimonio. Lo que sí lo debilita es no darle a este tema el mismo cuidado que le das a cualquier decisión importante de negocio.

4 Septiembre de 2026 12.30

Aquí va un dato que probablemente no esperabas leer en un artículo sobre patrimonio: en 2025, Ecuador registró 52.044 matrimonios y 24.991 divorcios (INEC). Eso significa que, por cada dos matrimonios que se firman en el país, hay prácticamente un divorcio que se tramita. Si tienes un negocio, un patrimonio o una empresa a tu nombre, la probabilidad de que ese dato te toque a ti, a un socio o a un cliente no es una hipótesis lejana. Es cuestión de tiempo, y sin embargo seguimos gestionando ese riesgo con mucho menos cuidado del que le ponemos a casi cualquier otra decisión importante en la vida.

En más de 15 años ejerciendo derecho tributario, societario y patrimonial, he visto a empresarios auditar cada cláusula de un contrato con un proveedor cualquiera, y firmar el régimen patrimonial de su matrimonio —el que va a definir qué pasa con su empresa el día que algo salga mal— sin leer la letra pequeña, literalmente. Lo llamamos amor. Pero en el fondo es, simplemente, un riesgo que nadie se tomó el tiempo de revisar.

Lo que nadie se toma el tiempo de mirar

Cuando una pareja se casa bajo sociedad conyugal sin evaluar alternativas, no está firmando una declaración de amor. Está aceptando, sin quererlo, un patrimonio compartido con deudas y riesgos indefinidos: las deudas del otro, los problemas de su negocio, sus contingencias tributarias, sus demandas de terceros. Nadie se asociaría con alguien en un negocio sin revisar antes en qué se está metiendo. Pero lo hacemos, sin pestañear, con el patrimonio de toda una vida.

He acompañado casos donde esa falta de conversación terminó en cuentas embargadas, negocios paralizados por indivisión patrimonial y sociedades enteras congeladas mientras un juez decidía de quién era qué. También he visto el otro escenario: parejas que definieron su régimen a tiempo, sin drama, y que hoy manejan su patrimonio —y su relación— con mucha más tranquilidad. La diferencia entre ambos casos nunca fue el tamaño del patrimonio, sino el momento en que decidieron hablar de él: algunos lo resuelven en una mesa de mediación, en semanas; otros, con una simple escritura en notaría; y los que llegan tarde terminan, casi siempre, en un juzgado, con años de desgaste y un negocio golpeado en el camino.

Y aquí va algo que muchos empresarios no saben, o prefieren no preguntar por vergüenza: no hace falta estar soltero para hacer este cambio. En Ecuador, el régimen patrimonial se puede modificar durante el matrimonio, de mutuo acuerdo entre los cónyuges, mediante escritura pública. No es un trámite eterno ni requiere pasar por un abogado litigante: con la voluntad de ambas partes, se resuelve en cuestión de días o pocas semanas, no de años. El costo de hacerlo a tiempo no se compara ni de lejos con el costo de no haberlo hecho.

Tampoco es un tema solo para parejas donde los dos tienen negocio propio. De hecho, es más peligroso cuando solo uno de los dos es empresario. Imagina que tú no tienes empresa, pero tu pareja sí: si ese negocio tiene una deuda grande, una demanda o un reclamo fuerte del SRI, y están casados en sociedad conyugal, tu patrimonio puede terminar respondiendo por ese problema. Aunque nunca hayas firmado nada de esa empresa, nunca hayas sido socia, nunca hayas decidido nada ahí. Simplemente por estar casada con el dueño, la ley te puede hacer responder.

Tres formas distintas de no ver el mismo riesgo

El patrón no es idéntico en hombres y mujeres, aunque el resultado —el patrimonio expuesto— sí lo es. Y aquí prefiero ser honesta en lugar de políticamente correcta: en muchos casos, el freno de una mujer para plantear el tema no es solo miedo al qué dirán. Es, muchas veces, una cuestión real de poder dentro de la relación. Cuando una de las dos partes depende más económicamente, o simplemente tiene menos espacio para negociar sin sentir que arriesga la relación completa, la conversación sobre patrimonio deja de ser un tema legal y se vuelve un tema de quién puede darse el lujo de insistir. Eso lo he visto en consulta más veces de las que quisiera.

En los hombres, sobre todo empresarios, el freno suele ser distinto: exceso de confianza en que "a mí no me va a pasar", combinado con un ego que, cuando el conflicto ya llegó, termina jugando en contra. He visto a más de uno preferir perder tiempo y dinero en un litigio antes que ceder un punto en una mesa de mediación, simplemente porque ceder se siente como perder. El ego resuelve muy pocas cosas cuando el patrimonio ya está en juego.

Y hay una tercera dinámica, menos hablada, pero igual de común: la presión familiar. He visto a padres —dueños del patrimonio o del negocio familiar— poner la separación de bienes como condición explícita antes de apoyar el matrimonio: "te ayudo con la boda, o te dejo entrar al negocio, pero primero firman la separación." Ahí la decisión ya no nace de la pareja, sino de un tercero protegiendo lo suyo. Y lo curioso es que, en esos casos, a nadie le tiembla la mano para pedirlo ni se lee como falta de confianza. Es, simplemente, una condición de negocio. Lo cual demuestra algo importante: cuando hay patrimonio real de por medio, las familias que más saben de dinero son, casi siempre, las primeras en exigir esta conversación, no en evitarla.

El verdadero indicador de una relación —y una empresa— bien estructurada

Una relación que puede sostener una conversación patrimonial transparente, sin herir egos ni generar sospechas, suele ser más sólida que aquella que evita el tema por completo. Lo mismo pasa con una empresa: la que revisa sus riesgos antes de que exploten es la que sigue de pie diez años después.

Mi trabajo no es sembrar desconfianza. Es que cada decisión patrimonial se tome con información real, y no por miedo, por exceso de confianza, o porque una de las dos partes tiene menos poder para plantear el tema.

Separar los bienes no debilita un matrimonio. Lo que sí lo debilita es no darle a este tema el mismo cuidado que le das a cualquier decisión importante de negocio. Y esa conversación siempre sale más barata cuando la tienen ustedes a tiempo, que cuando termina teniéndola un juez por ustedes.

Si algo debería quedar claro después de leer esto es que revisar tu régimen patrimonial no es un trámite incómodo reservado para cuando algo ya salió mal. Es, simplemente, una revisión más —como la que le haces a tu empresa cada año— y probablemente la más postergada de todas. La pregunta que vale la pena hacerse no es si estás casado o no, o si te va bien o mal en el negocio. Es si alguna vez te sentaste a revisar esto con la misma seriedad con la que revisas todo lo demás. (O)

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