Forbes Ecuador
Columnistas

Generada con IA
Share

La oportunidad no surge cuando cambian las circunstancias, sino cuando encontramos algo por lo que vale la pena invertir nuestro capital emocional

8 Octubre de 2026 15.20

El riesgo más peligroso no siempre es quedarse sin recursos; a veces es quedarse sin razones para usarlos. 

Las empresas rara vez quiebran por falta de talento. Con frecuencia se estancan cuando las personas dejan de creer que sus esfuerzos producen resultados. Entusiasmo y apatía, dos términos griegos con siglos de antigüedad que describen una tensión muy actual: sentir que algo nos mueve desde dentro o sentir que ya nada merece nuestra energía. 

El Latinobarómetro 2024 no mide "entusiasmo" ni "apatía" pero sí muestra indicadores de expectativa, confianza y percepción de progreso que hablan de una paradoja: esperanza personal y desaliento colectivo:

  • 52% de los latinoamericanos cree que su situación económica personal y familiar será mejor en los próximos doce meses; es el nivel más alto desde 1995. En Ecuador es el 45%.
  • En la región, el 37% espera que la economía de su país mejore en los siguientes doce meses; en Ecuador, el 30%. 
  • 28% de América Latina considera que su país está progresando, 45% lo percibe estancado. En Ecuador, apenas el 13% considera que el país progresa.
  • 79% en la región y 74% en Ecuador declaran estar muy o bastante satisfechos con su vida. 

La brecha regional entre expectativa personal (52%) y expectativa sobre el país (37%) alcanza 15 puntos, la mayor en 30 años.

La fractura entre "yo puedo" y "nosotros podemos" evidencia tanto una desconexión entre la percepción de bienestar personal y rumbo colectivo, como la dificultad de construir proyectos comunes en un momento en el que el enemigo no es el fracaso, sino dejar de esperar algo del futuro.

En mercados inciertos, muchas organizaciones naufragan no por falta de estrategia sino porque dejan de movilizar convicción interna.

El reto del Ecuador, sus empresas y comunidades, es convertir la expectativa individual en energía colectiva. Aquello a lo que damos atención termina compitiendo por nuestra capacidad de acción, entonces ¿en qué se gasta la energía mental y cómo se decide qué merece atención, esfuerzo y persistencia?

La neurociencia ha mostrado cómo la mente anticipa escenarios, asigna relevancia y distribuye atención y esfuerzo. El entusiasmo puede entenderse como una construcción mental que nace al identificar una posibilidad suficientemente significativa como para dirigir energía hacia ella, sin ignorar los obstáculos, pero evitando que el diagnóstico se convierta en una sentencia de inmovilidad.

La atención es limitada y, por tanto, también es una forma de capital. Entusiasmo y apatía pueden leerse como dos maneras distintas de invertir nuestro capital emocional, cognitivo y conductual. Si dejamos de creer que el empeño puede producir cambio, dejamos de asignar atención, persistencia y acción; desistimos antes de que la realidad nos haya derrotado. La apatía puede convertirse en una renuncia anticipada; el entusiasmo preserva la posibilidad de intervenir, crear y avanzar.

Se deja de experimentar, invertir, innovar o cooperar cuando se cree que el esfuerzo no alterará el resultado. Una organización puede tener capital, talento y tecnología y, aun así, cuando las personas dejan de creer que actuar puede generar una diferencia, pierde su capacidad de avanzar. 

El entusiasmo adulto no niega la realidad, decide intervenir en ella sin exigir certeza, sino apenas una razón suficiente para comenzar.

El liderazgo no fabrica entusiasmo, pero sí puede construir sentido, credibilidad y capacidad de incidencia; y el entusiasmo, aunque parezca espontáneo, puede cultivarse: conectar esfuerzo con propósito, transformar aspiraciones en avances visibles, alejar la atención de la resignación y recuperar la convicción de que nuestras decisiones importan impulsa el desarrollo individual y fortalece la acción colectiva. 

Todo desarrollo —personal, empresarial o social— empieza antes de que aparezcan los resultados; comienza cuando creemos que actuar puede modificar lo que viene. La pregunta no es si somos "personas entusiastas", sino qué estamos haciendo para construir razones que merezcan nuestra energía. 

Quizás entonces la oportunidad no surge cuando cambian las circunstancias, sino cuando encontramos algo por lo que vale la pena invertir nuestro capital emocional.  Allí aparece una de las ventajas competitivas más relevantes del futuro: el poder de movilizar atención y propósito. Las organizaciones que administren mejor estos activos tendrán una capacidad difícil de replicar. (O)

10