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La degradación de la política es característica del mundo actual. Gesta a lo largo de demasiados años durante los cuales las sociedades dejaron de reaccionar ante políticos de poca monta que, a través de discursos indignos, fueron abriéndose campo hasta acceder al poder. Una vez en él, su oratoria radicalizó y materializó en acciones y omisiones degenerativas de la democracia.

16 Septiembre de 2026 11.04

Preponderante rol, por cierto, desempeñó el populismo en el proceso… malformación política en que germina el totalitarismo. Aquel de izquierda hace presencia como consecuencia de la insensibilidad –pero también incapacidad– de facciones políticas "tradicionales" para responder a los requerimientos de masas poblacionales marginadas no solo del quehacer político, pero más grave que ello, del justo bienestar económico anhelado con plenitud de razones. El resultado es una paupérrima democracia.

La fuerza que el discurso tiene –como mecanismo del hombre para transmitir sus intenciones de dominio político y controlar a los actores sociales– obliga a analizarlo en perspectiva académica. Partamos de sus acepciones lingüísticas. Según el Diccionario de la lengua española (RAE), "discurso" es la facultad racional con que se infieren unas cosas de otras; la reflexión, raciocinio sobre antecedentes o principios; el razonamiento sobre algún tema; y, la serie de palabras empleadas para manifestar lo pensado o sentido. En su influjo filosófico, el discurso representa un proceso de elaboración de ideas orgánicamente concebidas hacia un propósito. En este sumario la ética desempeña un papel preponderante.

El aporte del filósofo alemán máximo representante de la Escuela de Frankfurt, Jürgen Habermas (1929–2026), merece particular atención. Enfrenta al discurso en el contexto de su teoría de la "acción comunicativa", con raíces en la Teoría Crítica frankfurtiana. El tema lo aborda bajo el concepto de "ética del discurso"… el lenguaje debe responder a una racionalidad comunicativa, en la cual lo primordial es el consenso genuino –ideal– entre los dialogantes.

Cuando el diálogo es consensuado, digno y virtuoso el resultado puede ser armonioso y, por ende, moral. En Habermas, serán morales las intuiciones transmisoras de patrones de comportamiento en orden a contrarrestar la "extrema vulnerabilidad" de las personas, mediante nuestro miramiento y respeto a esa debilidad. El círculo cierra con el imperativo de la universalidad de la justicia.

La ética del y en el discurso de Habermas exige el cumplimiento de dos principios enmarcadores de su reconstrucción de la normatividad. Serán válidas las "normas de acción con las que todas las personas potencialmente afectadas podrían estar de acuerdo como participantes en discursos racionales". En secuela, la moralidad de las normas demanda la conformidad, en cuanto a las "consecuencias y efectos secundarios", no solo de los partícipes del diálogo, sino de la sociedad como colectivo. La más evidente anti-eticidad del discurso puede apreciarse en la manipulación de los mensajes que le dan forma. En ello son particularmente hábiles los representantes políticos de las extremas derecha e izquierda, pues dado su fundamentalismo se aferran a normas inamovibles de actuación… violatorias de la tolerancia.

Es rescatable el acercamiento que hace la filósofa española Adela Cortina (1947), catedrática de ética y directora de la Fundación Étnor – para la ética de los negocios y las organizaciones. Remitiéndose a la concepción de la ética del discurso del alemán, afirma que las Constituciones de los Estados de Derecho son ejemplos históricos de realización de discursos prácticos. Enfatiza en que el discurso así concebido requiere de un concepto de legitimación que no ignore "las normas éticas básicas de convivencia"… llamadas para tener en cuenta "los principios fundamentales de imparcialidad, de responsabilidad, de justicia y de universalidad". La política latinoamericana ha perdido esta ética discursiva.

La teorización habermasiana tiene raíces kantianas. Aboga por la moralidad como acción proyectada en el conocimiento social cabal, no solo a título de ánimo de comprensión. La base de la ética del discurso va más allá de lo bueno, para arribar siempre a lo justo. Por tanto, según Habermas, las competencias para hablar y actuar las tenemos todos los seres humanos; la opción de cuestionar es intrínseca en el hombre, por lo que puede en cualquier momento participar del diálogo con exposición de sus pretensiones y necesidades. La coacción sobre el ejercicio de derechos resquebraja la moralidad del parlamento entre los miembros de sociedades equitativas y ecuánimes.

En estos términos, la "democracia deliberativa" está compelida a no imponer límites vía dominación ni explotación. El discurso será ético en tanto se dé en circunstancias de justicia objetiva y solidaridad pragmática. Las dos son muy distintas de enunciados líricos expuestos por políticos que, intercediendo por el pueblo, en realidad atentan contra él. (O)

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