Hay una manera sencilla de medir la velocidad de este momento. Hasta hace poco -¿hace poco 1 año,2?-, los avances relevantes en inteligencia artificial llegaban con un ritmo que permitía asimilarlos, quizá uno cada dos o tres meses, con tiempo suficiente para leer el documento técnico, discutirlo con colegas y ajustar la forma de trabajar. Hoy ese intervalo se comprimió hasta volverse semanal, y en ciertas semanas es diario. Quien intente mantenerse al día descubrirá que su lista de pendientes crece más rápido que su capacidad de leerla.
Conviene además precisar de qué avances hablamos, porque la conversación pública se quedó atrapada en el lanzamiento de modelos de inteligencia nuevos, que es apenas la parte visible del fenómeno. Lo que se mueve al mismo tiempo es la robótica, que empieza a resolver la manipulación física del mundo con una destreza que hace tres años parecía lejana, en tareas diarias como tender nuestras camas, servirnos el café, hasta reemplazar trabajos de agricultura. Que decir de la discusión sobre superinteligencia, que dejó de ser materia de novela para instalarse en las hojas de ruta corporativas y en los presupuestos de los Estados. Hacia allá vamos, y vamos rápido.
Frente a eso, la pregunta que me ocupa desde hace meses resulta más modesta y bastante más incómoda. ¿Hacia dónde va la educación?
El chiste que dejó de ser chiste, ahora ya incluso circulan bromas que resumen la inquietud mejor que muchos ensayos. Uno de los más repetidos plantea que ya perdimos la capacidad de pensar, que delegamos el criterio junto con la ortografía, y que lo único que nos queda es pedirle a una máquina que piense por nosotros con la mejor redacción posible, hasta diciendole qué tono deseamo. Se ríe uno, por supuesto. Se ríe uno hasta que recuerda la última vez que redactó un correo difícil desde cero, o que resolvió un problema sin abrir una pestaña adicional.
El humor funciona porque toca algo verdadero y neurálgico, y de ahí viene mi preocupación. Si el diagnóstico ya resulta ambiguo hoy, quisiera saber qué diremos dentro de diez años, cuando la generación que actualmente está en etapa inicial llegue a la universidad habiendo contado con asistencia algorítmica en cada tarea de su vida escolar, ¡qué miedo!.
La respuesta que están dando muchos docentes es la prohibición, y la entiendo. Conozco profesores que volvieron al papel y al lápiz como única herramienta admitida en clase, con exámenes escritos a mano y sin dispositivos sobre el pupitre, intenso, brutal en esta era dirían algunos, pero práctico y radical para otros. Escuché también, en un podcast, el testimonio de una profesional de una de las más reputas instituciones gubernamentales estadounidense, que hoy enseña en una universidad y que describía un régimen todavía más estricto, con celulares y computadoras absolutamente prohibidos, y con una gestión ante las autoridades académicas para que el código de honor fuera reformado de modo que el uso no autorizado de estas herramientas pudiera derivar en la expulsión del estudiante.
Que hayamos llegado a discutir la expulsión dice bastante sobre el tamaño del problema. Y aun así, me parece que la prohibición describe el síntoma con precisión y trata la enfermedad con torpeza, porque ningún código de honor va a competir de manera sostenible contra una herramienta que en pocos años estará instalada en los lentes, en el reloj y eventualmente en el oído del estudiante.
Existe una seria paradoja por resolver, y ela de qué hacer para usar bien estas herramientas. Formular una buena instrucción exige entender el problema, descomponerlo, anticipar cuál sería la respuesta equivocada y reconocerla cuando aparece. Quien no aprendió a pensar tampoco sabe preguntar, y por lo tanto no obtiene de la máquina nada mejor.
De modo que el riesgo verdadero tiene poco que ver con que los estudiantes usen inteligencia artificial de manera general, si no cómo lo usen y que aprendan a razonar ¿Pero, se puede hacer esto a la par o hay que ser estrictos y evitar su uso de manera anticipada en estapa escolar? Lo que me preocupa es que lleguen a usarla sin haber construido antes la capacidad de evaluarla, y que terminen siendo incapaces incluso de aquello que supuestamente venía a ahorrarles el esfuerzo.
Por eso creo que hay que separar los niveles, porque se los viene tratando como si enfrentaran el mismo desafío. En la educación inicial, básica y media sigo siendo optimista, y pienso que hay muchísimo por trabajar. Ahí la tarea consiste en construir el sustrato cognitivo de los escolares, es decir la lectura sostenida, la escritura propia, la aritmética mental -es impensable que los niños ahora no puedan hacer una suma básica, o los estudiantes secundarios una multiplicación elemental,incluso para los negocios es básico-, así, la argumentación oral y la tolerancia a la frustración de no encontrar la respuesta de inmediato debe ser aprendida. Esa fricción tiene valor pedagógico y conviene protegerla de manera deliberada. Lo que se necesita en este nivel son políticas institucionales de inteligencia artificial claras, escritas, explicadas a las familias y sostenidas en el tiempo, que definan con precisión en qué momento del proceso la herramienta entra y en qué momento estorba.
La educación superior enfrenta algo bastante más difícil, porque ahí lo que está siendo desplazado es precisamente la sustancia técnica que la justificaba.
Pienso en la medicina, donde la cirugía asistida por robótica avanza hacia grados crecientes de autonomía, y donde una cantidad nada despreciable de pacientes ya consulta sus síntomas con un modelo antes de llegar al consultorio. No estoy recomendando esa práctica, que me parece riesgosa y que ninguna herramienta actual reemplaza, aunque sería ingenuo no registrar que la calidad de esas respuestas mejora con rapidez y que eso reconfigura la relación entre el paciente y el conocimiento del médico, poniendolo en evidencia muchas veces al profesional, entonces debemos ser más cuidadosos, y más especialistas.
Pienso también en mi propia profesión. El derecho se enseña y se ejerce sobre casuística, analogía y razonamiento aplicado a hechos concretos, y son exactamente las operaciones en las que estos sistemas mejoraron más. Un modelo identifica hoy normas aplicables, contrasta líneas jurisprudenciales y redacta un análisis en minutos. Quien haya revisado ese producto con cuidado sabe que todavía se equivoca, que inventa citas cuando no encuentra y que confunde la norma vigente con la derogada. También sabe que hace dos años se equivocaba mucho más.
Si eso es así, la pregunta para el posgrado y para el doctorado deja de ser retórica. ¿Qué significa una investigación original cuando buena parte del trabajo de revisión, sistematización y redacción puede automatizarse? ¿Qué estamos certificando exactamente cuando otorgamos un título? Resulta complejo incluso ya pensar en esto, algo que antes era más que evidente.
Mi respuesta provisional, y la ofrezco como tal, apunta al criterio y a la responsabilidad. La información dejó de ser escasa hace rato y la capacidad de procesarla también, mientras que la capacidad de decidir con buen juicio y de responder por lo decidido sigue siendo tan rara como siempre.
Si la educación superior quiere seguir siendo relevante, tendrá que organizarse alrededor de eso, con menos transmisión de contenido y mucha más deliberación, defensa oral de posiciones, el foralecimiento de las llamadas `soft skills´, que ahora parece que serán las más importantes. Ejemplso sobran para este cambio de paradoja en la eduación, incluyendo temas específicos como trabajo sobre casos abiertos que no admiten una respuesta única y evaluación de lo que el estudiante decide cuando la información ya está disponible para todos por igual.
Lo que corresponde es una tarea bastante menos cómoda, que consiste en volver a preguntarnos para qué educamos, sobre qué premisas queremos hacerlo y con cuánta honestidad estamos dispuestos a revisar las respuestas que veníamos dando por buenas, o aceptables. La educación enfrenta hoy un compromiso serio con entender hacia dónde va, y la complejidad de esa pregunta nos atañe a todos, pero qué incertidumbre para las siguientes generaciones ¡El tiempo nos enseñará! (O)