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La obediencia es el presupuesto esencial del poder político y de todos los demás factores de poder social, económico y cultural.

6 Mayo de 2026 15.30

Las sociedades y  los estados funcionan en torno a la obediencia. Desde los tiempos de  la servidumbre, hasta los actuales de inducción sofisticada de la conducta, todos los factores de poder han operado contando con la sumisión de los integrantes de la comunidad, de los súbditos de los gobiernos y de los ciudadanos de las democracias.

Los sistemas legales articulan la obediencia a través de normas que regulan lo permitido, tipifican lo prohibido, anuncian “la amenaza de una pena” y sancionan. Los regímenes de Derecho responden a un complejo entramado de normas en que se enlazan los derechos, la obediencia, los intereses, las garantías  y las sanciones.

La obediencia es el presupuesto esencial del poder político y de todos los demás factores de poder social, económico y cultural. Es el fenómeno del comportamiento sometido a varias fuentes y razones.  Se trata de una de las realidades más complicadas de entender, y, por cierto, de admitir. 

Esas vertientes, fuentes y razones son cinco: la convicción, el interés, el temor, la costumbre y la sugestión.

I.- La convicción.- Es la razón ideal de la obediencia, pero es la menos frecuente, al menos en Occidente. Deriva del convencimiento, con frecuencia dogmático acerca del compromiso ético de obrar conforme a las pautas, doctrinas o normas dictadas por legisladores, mandatarios, líderes, autoridades religiosas, etc. Son asumidos por el sujeto, e incorporados a su modo de ser, como creencias. Los dogmas son fuente de inspiración de muchos obedientes y  de numerosos creyentes. Las religiones apuestan a la convicción, que, a veces, deriva en fanatismo e intolerancia. La política, por la vía de los nacionalismos y de los totalitarismos, apela a esta clase de obediencia, la asocia al sacrificio, al sentido de patria y a los conceptos del honor para alcanzar, a veces, grados inexplicables de sujeción al poder.

Max Weber, el sociólogo alemán, distinguió entre la “ética de la convicción”, propia de los militantes, que contrasta con la “ética de la responsabilidad”, que permite poner límites y frenos a las convicciones en consideración de las consecuencias que el ejercicio de dogmas religiosos o políticos acarrea.  Los convencidos, los militantes y los dogmáticos, endiosan de tal modo  a sus jefes,  doctrinas y creencias, que provocan desastres de los que nunca responden.

La historia indica que muchas guerras, revoluciones, asonadas, invasiones y masacres provienen de dirigentes y grupos convencidos de sus tesis, sus prejuicios y de su fe militante.

II.- El interés.- La forma utilitaria de la obediencia se explica por el interés del sujeto que obedece. Procede de la regla del máximo beneficio y el menor mal. Es mucho más frecuente que la convicción como fuente de sometimiento; puede derivar en posiciones cínicas y calculadoras, que sacrifican convicciones con el objeto de alcanzar ventajas. En la vida social,  y en la  política, hay conductas y estrategias que se identifican con los conceptos de “clientelismo” y paternalismo,  y que promueven esta forma de obediencia convertida en estrategia para ganar. Los populismos que articulan discursos y tácticas vinculados con sentimientos, frustraciones y necesidades de la gente, se alinean en este método de obediencia y lo usan con notable éxito.

III.- El temor.- Probablemente el método más eficiente para que el poder alcance la obediencia de los súbditos, es el miedo a la sanción, el temor a la persecución, a la cárcel o a la muerte.  El sistema legal, especialmente el penal, se funda en el temor, al punto que muchas legislaciones definen a las normas sancionadoras como “aquellas que contienen la amenaza de una pena.” El miedo es factor determinante para someter y alcanzar rápidas respuestas de la población. El temor, sin embargo, no obra solo; se combina con el fanatismo y  el interés, y así  se alcanzan  importantes grados de sujeción ya sea a las normas o ya sea a las órdenes. Los sistemas políticos y las estructuras legales apelan muy poco a la convicción pura, y juegan con la regla de la “zanahoria y la fusta.” Esto es, la  bondad de la recompensa o el rigor y las consecuencias del castigo.

En nuestro tiempo, el miedo, como razón de la obediencia, ya no proviene solamente del Estado y de  su represión, proviene ahora, y cada vez más, de la acción de grupos delincuenciales, del terrorismo y su violencia, y de la amenaza o de la coacción sistemática del poder paralelo que va forjando miedo en las sociedades, en el cual no hay reglas distintas de la obediencia inapelable. No hay ley ni poder legítimo que la sustente.

IV.- La costumbre.-  La costumbre es una fuente sutil e inconsciente pero extremadamente eficiente que explica la obediencia a través de la inclinación de la gente a someterse a toda autoridad, a cumplir ordenes, reprimir impulsos y críticas. Es un hecho que está en la base social, y  que tiende a legitimar, y hasta  endiosar el mando,  extrañar a las jefaturas y  clamar por las “manos fuertes”.  En Latinoamérica ha prosperado en forma sorprendente la costumbre como causa de la obediencia. La costumbre está en el sustento del principio de autoridad y ella explica el hecho, a veces incomprensible desde el punto de vista racional, de que un núcleo mínimo de personas se haga obedecer sin recurrir a la fuerza, sin apelar  explícitamente al temor y, a veces, sin emplear los recursos de la convicción o del interés.

Puede decirse que los sistemas electoralistas, en los que la democracia se reduce a las campañas y al acto electoral, se explican por la costumbre de la gente de elegir sin convicción, sin interés y sin temor. Así, son ilustrativas aquellas entrevistas que se hacen a boca de urna, en las que el elector no sabe bien lo que votó, ni la razón por qué lo hizo, ni qué es lo que espera de ese acto: pura costumbre que soporta un sistema de obediencias, que neutraliza las reflexiones críticas que deberían acompañar a esa fuente de poder,  que opera eficazmente sobre lo que se conoce como “el pueblo”.

V.- La sugestión.-  La propaganda política y la publicidad comercial articulan esta forma subliminal de inducción de la conducta que ha prosperado en la sociedad de masas y en la “democracia de consumo”. Es una forma que induce la conducta y las decisiones de la gente en forma sutil e inconsciente, pero eficaz y constante. Está asociada a la costumbre y a la valoración de aquello de “estar a la moda”, de obrar según las tendencias dominantes, adherir a lo que sutilmente sugieren las redes sociales, la inteligencia artificial y los demás medios electrónicos que conforman lo que se podría llamar “la cultura telegráfica”, por la brevedad de sus mensajes, la reiteración de las sugerencias, en las que obra un poderoso medio para lograr adhesión inconsciente y vinculada a nociones básicas, primarias y afectivas.

La sugestión, que induce poderosamente la obediencia, opera ahora con el auxilio y el protagonismo de los algoritmos y de los sistemas asociados a la inteligencia artificial.

Los prejuicios y los estereotipos raciales o religiosos, contribuyen también a inducir la conducta.

Por cierto, ninguno de los factores de obediencia opera solo. Siempre habrá una compleja combinación de convicción, interés, temor, costumbre y sugestión, que explique la sujeción consciente o inconsciente a la voluntad ajena y la renuncia a la propia.

En el tema de la obediencia, está implícito el asunto la libertad, y lo que los liberales llamaron “la autonomía de la voluntad”.  (O)

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