La brevedad es un asunto de estilo, rigor, y si se quiere, de forma. Lo de fondo es la constante adhesión a la verdad, y el compromiso con la libertad, y por cierto, con la responsabilidad, que es la otra cara de la medalla, la contrapartida del privilegio de escribir.
Las utopías han servido, en no pocas ocasiones, para justificar el terror, para “legitimar” el uso de la fuerza. La sustancia de los regímenes revolucionarios tiene que ver con este drama. Los revolucionarios imponen su voluntad con el recurso de las armas o con la manipulación de la democracia.
¿La abolición de la cortesía es síntoma de progreso?, ¿o es evidencia de la regresión a épocas en que las formas y los modos, la gentileza y el respeto aún no se habían inventado?
¿Será posible quitar el pie del acelerador, mirar en torno, replantearse la posibilidad de ver el paisaje y a la gente, de escuchar al otro, de atender y de entender?
El primer síntoma del renacimiento del fanatismo es la caducidad del debate, la descalificación del adversario, la transformación de la democracia -de competencia de tesis y propuestas- en conflicto de poderes e intereses, en negación de la posibilidad de disentir. ¿Seremos capaces de resistir a las tentaciones de la intolerancia?
A veces, hay que asomarse a la historia de esa vida. Es como abrir una ventana, como mirar las estrellas casi perdidas en la contaminación del cielo urbano y el tumulto de los tiempos que vivimos.
La ciudad se deteriora con asombrosa velocidad. La inseguridad campea, la contaminación abruma y mata. Las élites disimulan, entre cobardonas y calculadoras. El Municipio espera y languidece. Calla. O tardíamente explica algún distante tema que suena a informe ministerial.
El caballo en la plaza me recuerda a los que saben de caminos de herradura y de chaquiñanes ásperos, a los que se plantan en el lomo de la cordillera para mirar, por un momento, la avenida de los volcanes y la abismal perspectiva de los valles, y sentir el viento que limpia de nubes el cielo de verano. Me recuerda a los que saludan con su relincho, a los que adornan la ruta con su braceo, a todos, con sus nombres y sus aires.
Se pensó que habría llegado la hora de la verdadera democracia directa, pero la volubilidad de los sentimientos dominantes en las redes, la dispersión de la opinión, la manipulación, la errónea convicción de la sabiduría, contribuyen al deterioro de la opinión pública y a su fraccionamiento infinito.
Los derechos son potestades individuales irrenunciables, indisponibles, inalienables e independientes de todos los poderes, que pertenecen al ser humano por su condición y en función de su dignidad. Son atributos cuya titularidad no proviene de la concesión estatal, no nace de la ley ni de la vinculación a cualquier colectivo
Como dijo Ortega y Gasset "yo soy yo y mi circunstancia". Sin el yo, no hay entorno, ni historia, ni política ni nada. No hay mundo. De modo que habrá que replantear algunos análisis que se hacen colocando a la carreta delante de los bueyes, para colectivizar y estatificar todo.
La reinauguración de la violencia sistemática y su visibilidad, deberían servir de catalizador de una realidad que ha sido por algún tiempo ignorada, o cínicamente disimulada, en cuanto hecho cotidiano, por los poderosos del mundo.
Las Constituciones procuran equilibrar el ejercicio del poder político, por eso se entrelazan y controlan mutuamente sus facultades, y se establece, además, el principio de la responsabilidad pública, la rendición de cuentas y la obligación de indemnizar cuando el ejercicio del poder, incluso del judicial, provoque daños a las personas.
Las teorías políticas, desde siempre, y en todos los casos, respondieron y responden a la necesidad de justificar la existencia del Estado y de los sistemas de gobierno, de explicar la necesidad de obedecer, de explicar la transformación del miedo y de dotarle al poder y a la obediencia de contenidos mágicos, religiosos, racionales o ideológicos.
Una reforma política, si quiere trascender, no debería perder de vista que la tarea de reconstruir el Estado de Derecho debe hacerse a partir de un diagnóstico objetivo de la situación de las instituciones, y a partir de la consideración de la índole de la Constitución y del ordenamiento legal.
La democracia liberal supone, como fórmula de gobierno y legislación, el diálogo efectivo, la capacidad de escuchar, la vocación para ceder y conceder. Y la idea de que, gobernantes y opositores tienen la posibilidad de equivocarse. Que el acuerdo no es traición.