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descalificar al adversario
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El primer síntoma del renacimiento del fanatismo es la caducidad del debate, la descalificación del adversario, la transformación de la democracia -de competencia de tesis y propuestas- en conflicto de poderes e intereses, en negación de la posibilidad de disentir.  ¿Seremos capaces de resistir a las tentaciones de la intolerancia?

14 Enero de 2026 15.10

El siglo XX fue el tiempo del “despotismo de las ideas”. Basta recordar la tragedia y el fracaso que impusieron, a buena parte del mundo, el marxismo y  sus parientes socialistas y fascistas. Basta mirar la degeneración mafiosa que aqueja a las sociedades donde reinó la soberbia de sus iluminados y dirigentes. Parece que ese fenómeno renace con fuerza ahora.

En efecto, en nuestro tiempo continúa semejante siniestra aventura. Persisten  dictaduras, disfrazadas de democracia, ancladas en teorías arcaicas, que son objeto de admiración y causa de profunda nostalgia. Después del  paréntesis tras la caída de los muros totalitarios, ahora se vuelve a apelar, como justificación para negar derechos e imponer un novísimo y férreo estatismo, a los dogmas nacidos de la voluntad de poder ya de izquierda, ya de derecha. Renacen las lógicas de la obediencia y resurgen las vocaciones de imperio, y con ello, la negación de la sacralidad del individuo y del respeto a su libertad de pensamiento y a sus opciones de vida.

Es dramático el fenómeno de la mutación de las ideas en dogmas que son alimento de los fanatismos y  causa de la intolerancia. Dogmas que son fruto de la soberbia y del disparate de caudillos que deciden que sus verdades son las verdades de todos, y de los crédulos fanáticos que le siguen, sin reparar que van al despeñadero.

La Inquisición y los sistemas de persecución a los disidentes religiosos y políticos de todos los tiempos, son los mejores ejemplos de cómo la intransigencia es el estilo de los despotismos; y de cómo se pueden inventar sistemas para que los seres libres se transformen en esclavos que aplauden a sus amos; de cómo las libertades se convierten en blasfemia y desafío. Ese riesgo enfrenta ahora la democracia liberal.

Izquierdas y derechas han sido responsables de semejante degeneración de la política. Ninguna de ellas puede tirar la piedra de la inocencia, ni lavarse las manos frente a las tragedias provocadas por el “despotismo de las ideas”. Pero, el caso de las izquierdas es aún más patético, escandaloso y dramático, porque, casi sin excepción, sus intelectuales, dirigentes y militantes abdicaron de la tolerancia que proclamaron cuando aquello convenía,  propiciaron la violencia como método de sometimiento, y alzaron el estandarte de la “verdad absoluta”: solo ellos tienen la razón y el derecho a imponerla incluso en contra de la conciencia, la libertad y la vida de los demás. El caso de Castro y sus herederos es paradigmático. La degeneración de la guerrilla y la proliferación del terrorismo también fueron testimonios irrefutables. Y, por cierto, la transformación de la “democracia” en recurso para afianzar los despotismos.

El liberalismo, y su concepción de la República como forma de poder con límites, responsabilidades y controles, ha sido, desde siempre, el gran adversario de los autoritarismos de todos los signos, de la “voluntad de poder” como opción presuntamente inevitable.

El primer síntoma del renacimiento del fanatismo es la caducidad del debate, la descalificación del adversario, la transformación de la democracia -de competencia de tesis y propuestas- en conflicto de poderes e intereses, en negación de la posibilidad de disentir.  ¿Seremos capaces de resistir a las tentaciones de la intolerancia? ¿Pueden ser las ideas argumentos contra las libertades? (O)

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