Una acción de una empresa es el pedazo más pequeño en que puede dividirse la propiedad de una empresa. Quien la compra se hace socio, y su suerte queda atada a la del negocio. Esa es la diferencia esencial entre los dos mostradores de cualquier mercado de valores. En el prime mostrador se vende deuda: el emisor recibe dinero, paga un interés y devuelve el capital. En el segundo mostrador se vende la propiedad: el emisor recibe dinero y entrega a cambio una parte de sí mismo.
Ecuador tiene un mostrador lleno y el otro vacío. Entre enero y abril de 2026 se transaron 7.420 millones de dólares en las bolsas del país, un 27% más que en igual periodo de 2025, según la Bolsa de Valores de Quito. De ese total, 3.285 millones fueron títulos del Estado; 380 millones, obligaciones corporativas; 376 millones, papel comercial; 45 millones, titularizaciones. En acciones se negociaron 27 millones de dólares: menos del 0,4% de todo lo que movió el mercado. ¿Por qué?
Empecemos por lo que sí funciona.
El mercado ecuatoriano cerró 2025 con 37 nuevos emisores y proyecta entre 42 y 45 este año. Desde 2019 ha colocado más de 1.039 millones de dólares en bonos temáticos: 504 en verdes, 315 en sociales, 220 en sostenibilidad, un desempeño que nos ubica como referente regional. Tenemos dos bolsas (discutible), un depósito centralizado, calificadoras, casas de valores y un Registro Especial Bursátil concebido para empresas medianas. Sabemos emitir deuda.
Ahora hablemos del miedo.
La columna vertebral del aparato productivo ecuatoriano es la empresa familiar, y la empresa familiar prefiere mantener cerrado su capital. La objeción principal suele ser perder el control: un miedo legítimo. Legítimo porque los dueños han visto, en primera persona, justicia selectiva, reglas cambiadas a mitad del partido, expropiaciones, y un largo etc. Quien construyó una empresa en Ecuador durante los últimos cincuenta años aprendió que lo único verdaderamente seguro es lo que uno controla por completo y perder ese control es un riesgo innecesario.
El problema es que el miedo está mal calculado, y hay más de un siglo de evidencia que lo demuestra.
Pongamos un ejemplo. En 1956, la familia Ford llevó su empresa a la Bolsa de Nueva York bajo una condición: crear una clase de acciones, la Clase B, que le permitiera vender capital y conservar la última palabra. Setenta años después, los Ford mantienen alrededor del 40% del poder de voto de Ford Motor Company con cerca del 1% del capital económico. Los Walton siguen controlando cerca de la mitad de Walmart, la mayor empresa del mundo por ingresos. Google salió a bolsa en 2004 con una estructura de doble clase para que sus fundadores financiaran el crecimiento y siguieran dirigiendo; Meta hizo exactamente lo mismo. Berkshire Hathaway lleva seis décadas cotizando y conserva plena autonomía sobre cada decisión de inversión.
La conclusión evidente: abrir capital y ceder control son cosas distintas. Estados Unidos logró esto con ingeniería societaria. Ese fue el pacto de 1933. El fundador conserva el timón, pero el mercado recibe las cifras reales. Nosotros seguimos tratando ambas decisiones como una sola y, en consecuencia, preferimos mantener todo cerrado.
No miremos tan lejos, en la región. En el año 2000, Brasil tenía un mercado accionario deprimido, dominado por controladores que abusaban de los minoritarios. Entonces la bolsa de São Paulo creó el Novo Mercado, un segmento de listado voluntario con reglas más duras que las del propio Estado. Una acción, un voto. Free float mínimo del 25%. Consejeros independientes en el directorio. Tag along del 100%: si el controlador vende, el minoritario sale al mismo precio. Arbitraje para las disputas societarias. La apuesta parecía contraintuitiva: vamos a exigir más para atraer más, lo especial es que funcionó: desde 2004, Brasil vivió la mayor ola de salidas a bolsa de su historia, y la enorme mayoría de esas empresas eligió voluntariamente el segmento más exigente. Descubrieron que la gobernanza es un descuento en el costo de capital.
Exigir más gobernanza convoca al capital. El mercado paga por confiar.
¿Qué debemos fortalecer, entonces? Incentivos: sin incentivos tributarios y regulatorios reales para el emisor que abre capital por primera vez va a ser difícil romper la inercia. Segundo, un segmento de alta gobernanza a la brasileña, voluntario y con marca propia, donde pertenecer sea una credencial reputacional. Tercero, demanda institucional: con inversionistas que tengan mandato y capacidad de comprar renta variable local. Cuarto, profundidad secundaria: la del mercado ecuatoriano cerró 2025 en apenas 24%, mientras nuestros pares regionales oscilan entre 55% y 65%, y el inversionista compra aquello que después puede vender. Y quinto, gobernanza familiar antes que prospecto: protocolo, directorio con independientes, estados auditados y sucesión escrita. Cada empresa alcanza la madurez para la bolsa unos tres años después de decidirlo.
Vale la pena preguntarse a quién le conviene que este mostrador siga vacío. Le conviene a quien presta caro porque sabe que el dueño carece de alternativa. Le conviene al comprador estratégico que espera, con paciencia, el día en que una sucesión mal resuelta le entregue una empresa sin precio de mercado que la defienda. Le conviene, sobre todo, a esas estructuras grises que prosperan justo donde faltan el prospecto, la calificación, la auditoría y un minoritario incómodo preguntando por qué. La bolsa es mala palabra en Ecuador por la misma razón por la que privatizar lo fue: la opacidad tiene beneficiarios, y los beneficiarios tienen voz.
No le pidamos valentía desmedida al empresario familiar: construyámosle los mecanismos. Abramos un segmento de alta gobernanza que sea una credencial. Exijamos más para que nos cueste menos. Y entendamos, de una vez, que la bolsa deja intacta la empresa del fundador y retira el monopolio de la información a quienes viven de que no exista. La empresa ecuatoriana ya demostró que sabe sobrevivir, nos falta creer que puede ser un motor de crecimiento. (O)