La Hacienda Zuleta es una historia familiar convertida en hotel. Es una experiencia única para extranjeros y una parada obligatoria para los turistas locales, pero sobre todo para quienes aman descubrir el otro lado de personajes que marcaron la historia y vida del país, como los expresidentes Leonidas Plaza y Galo Plaza Lasso.
Sus nietos y bisnietos se transformaron en guardianes de un legado que ahora es parte de la experiencia en la casa de la hacienda. Recorrer sus 14.000 metros cuadrados de construcción en compañía de Fernando Polanco, CEO del hotel y nieto de Plaza Lasso, hace de esta aventura una secuencia de relatos de su infancia junto al exmandatario, pero también permite descubrir un Ecuador distinto. Uno que se cuenta en fotografías, espacios coloniales y narraciones propias de los anfitriones de turno.
Esta propiedad se siente como un hotel museo bien estructurado. Los huéspedes pueden disfrutar de la tranquilidad del campo, los lujos de la infraestructura y el ambiente de esta casa antigua, que tiene su propia historia desde el siglo XVI.
En cada espacio hay ‘testigos’ que dan fe del paso del tiempo. Así llama Polanco a los vestigios que están en las paredes, ventanas, pisos y techos que muestran los materiales y técnicas originales que se utilizaron en la construcción. Algunas de estas piezas fueron rescatadas y descubiertas. Otras fueron intervenidas para mantenerlas vivas. La casa huele a leña, pero también a nostalgia… a hogar.
Nuestra visita a Zuleta empieza en el Patio del Árbol. Este es un espacio al aire libre dentro de la casa de hacienda cuyo protagonista es un árbol cholán (especie típica de los Andes) en una maceta de piedra, que hace más de 100 años servía como recipiente para la comida de los cerdos. Ese es el punto de encuentro y de partida para los que iniciamos nuestra jornada con un desayuno campestre.

Nos dejamos seducir por el sabor de los quesos maduros que se producen a pocos metros del hotel. Degustamos la leche recién ordeñada y el pan caliente hecho en horno de leña. Pero, sin duda, la compañía de Fernando fue clave para entender el concepto de la casona. Nos dio la bienvenida y explicó que la magia de Zuleta es hacernos sentir parte de la familia Plaza. Fuimos atendidos por Sandra, que nos sorprendió con los típicos bordados a mano de las mujeres de la comunidad.
“Queremos que nuestros huéspedes se sientan cómodos, como si estuvieran en su casa. Que pierdan el miedo a salir de sus habitaciones en medias si eso quieren”, dice.
Polanco fue nuestro guía. Asegura que la propiedad se visita a través de un sistema de anfitriones. Todo grupo de huéspedes es recibido por un colaborador que se convierte en su compañero de viaje, y adapta el itinerario a los gustos de cada visitante y comparte los secretos mejor guardados, muchas veces matizados por su propias anécdotas o relatos transmitidos de generación en generación.
De esta manera, la estadía deja de ser un simple alojamiento para transformarse en una visita a la casa de un viejo amigo, donde el lujo se mide en historias, hospitalidad y la reconexión con la tierra.

Para su administrador, la clave es que los visitantes extranjeros entiendan el concepto desde la primera noche. “Una vez que comprenden lo que queremos como hacienda, todo es más llevadero”, afirma Polanco.
El hotel cuenta con 23 habitaciones elegantes en la casa principal. Están decoradas con pisos de parqué, techos a dos aguas, artesanías de la Escuela Quiteña que datan de los siglos XVI y XVII, muebles antiguos y chimenea. Todas conservan ese legado a través de fotografías antiguas y contemporáneas del expresidente. Además, fueron bautizadas con los nombres de cada uno de sus nietos y familiares icónicos.
El 90 % de las imágenes son originales. Esto implica un riesgo: que el sol y el paso del tiempo las deterioren y se pierdan los recuerdos para siempre. Por eso, exponerlas como si fueran piezas de arte es tan importante y único. Esto hace que la experiencia se vuelva indispensable para quienes visitan Zuleta.
“Es probable que en unos años ya no estén estas fotografías, porque se habrán dañado con el sol. Los dueños quieren que todo sea original”, dice Vinicio Quilumbango, anfitrión que trabaja desde hace 12 años en las instalaciones.
Polanco seleccionó los nombres y los espacios para que desde los mayores hasta los menores se sientan representados. Esta distribución no es aleatoria: cada habitación guarda una estrecha relación con la personalidad o los recuerdos de infancia de quien lleva su nombre, y hace que los huéspedes duerman, literalmente, cobijados por una parte de la historia viva de los Plaza.

Conocimos la habitación Oswaldo (por su nieto Oswaldo Álvarez Plaza), que hace más de 30 años era la oficina de Plaza Lasso. Hoy es uno de los dormitorios grandes de la estancia. Tiene una cama de tres plazas, un baño privado con tina y bidet, una acogedora sala con chimenea y acceso directo al íntimo patio interno.
Este cuarto se contrasta con Milala, que es un espacio más pequeño con una cama de dos plazas, chimenea pequeña, baño con tina y un armario. Su nombre es un guiño al afecto, pues ese era el apodo que Plaza Lasso le puso a su esposa, Rosario Pallares.
Pero, sin duda, uno de los espacios más imponentes es la Sala de los Presidentes. Este espacio es un museo completo y vivo. Te puedes sentar en los sillones junto a la chimenea, tomar uno de los libros de la colección privada y disfrutar de una bebida caliente. O simplemente deleitarte con cada detalle que decora este espacio. Todas las paredes cuentan algo del legado que se va revelando durante toda la visita.
Por ejemplo, las gradas que suben al segundo nivel, donde está una parte de las alcobas, fueron decoradas con dos cuadros en óleo gigantes de Leonidas Plaza y Galo Plaza Lasso. El primero es original y el segundo es una réplica del que está en el Salón Amarillo, en el Palacio de Carondelet, en el Centro Histórico de Quito.
También hay fotografías del exmandatario en su faceta como secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y mediador en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), junto a otras personalidades de Estados Unidos, como Nelson Rockefeller, vicepresidente en la década de los setenta, y Richard Nixon. Todos con marcos y sellos oficiales de la Casa Blanca de la época. Estas se combinan con imágenes de su entrañable amiga Tránsito Amaguaña, y de él con personas de la comunidad de Zuleta y con el papa Juan Pablo II.
Hacienda Zuleta no es solo la casa, sino también cada una de las 12 actividades que ofrece. Después de conocer parte de la historia y los rincones de la construcción antigua, nos embarcamos en auto para recorrer los senderos de la Ruta del Conejo, una de las seis opciones que hay para disfrutar del páramo y que reciben mantenimiento permanente. Estas travesías se pueden hacer a caballo o en bicicleta.
Nuestro recorrido fue de 5,8 kilómetros montaña arriba, con la finalidad de encontrarnos con los osos de anteojos, una especie que está en peligro de extinción y que habita en total libertad en las lomas que son parte de la propiedad.

Son 34 ejemplares monitoreados y cuidados por la Fundación Galo Plaza Lasso. Para encontrarse con alguno de ellos es clave seguir las pistas que dejan: restos de achupallas (una planta andina clave en los ecosistemas de páramo) que forman parte de su dieta. Los osos arrancan las hojas y se las encuentra con facilidad a un costado de la vía. Para esta actividad hay que respetar las reglas del lugar: está prohibido acercarse a los animales y ofrecerles comida. Lo ideal es observarlos a la distancia.
En el trayecto observamos ovejas y vacas pastando, venados de cola blanca caminando por los amplios campos y colibríes en las flores cerca de la casa. Si el cielo está despejado, se puede disfrutar de la vista de cóndores que sobrevuelan su hábitat.
Desde uno de los miradores se puede apreciar la explanada entre montañas, donde se sabe que hubo un asentamiento de la comunidad Caranqui. Este pueblo guerrero luchó contra los Incas y se dice que en Zuleta escondieron parte de sus riquezas.
Esta hacienda centenaria es guardiana de las tolas y, según Polanco, destino de arqueólogos y antropólogos. En el predio se hospedan estudiantes de la Universidad A&M de Texas, que buscan vestigios arqueológicos en esta zona. “De las investigaciones se han publicado tesis doctorales y de maestría sobre lo encontrado en la hacienda”, dice orgulloso su administrador y CEO.
Después de descubrir los asentamientos, regresamos montaña abajo para dirigirnos a uno de los proyectos que, para sus propietarios, es la joya del pastel. Desde inicios de los noventa construyeron una especie de santuario de cóndores, donde los protegen y los estudian, y donde concientizan a huéspedes y visitantes sobre la importancia de conservarlos para el país y la región. Tienen seis aves en cautiverio, que si estuvieran en libertad ya habrían fallecido.
El proyecto se llama Cóndor Huasi y es parte de la experiencia Zuleta. Visitarlo abre la mente y por momentos estruja el corazón saber lo que puede hacer el ser humano en contra de estas aves. La experiencia es interactiva. Hay imágenes, infografías y réplicas del animal a escala real. Esta instalación está bajo la administración de la Fundación Galo Plaza Lasso.
Ya de regreso a las instalaciones, la vivencia se complementa en la fábrica de quesos. En un centro de interpretación para turistas se puede leer parte de la trayectoria de la quesera, que va de la mano de la familiaPlaza Lasso. Se encuentran productos en exhibición y una réplica de uno de los Libros Diario de la hacienda, que data del año 1887, donde se recogía en detalle cada movimiento comercial de la época, desde los visitantes que llegaban hasta la cantidad de leche que se producía o se utilizaba.
Sus propietarios fueron celosos de su legado. Durante décadas solo era permitido ingresar a la plaza principal, con una cruz tallada como monumento central, para las fiestas de San Juan.
En 1998 abrieron sus puertas para turistas ecuestres. Principalmente eran caballistas que recorrían los senderos y laderas de las montañas de la propiedad, que regresaban para el almuerzo y se iban el mismo día. Cuatro años después, en 2002, se decidió que habría hospedaje solo los fines de semana. Para ello adecuaron apenas nueve habitaciones y tres baños. En 2007 finalmente la casona se convirtió en hotel y se adecuó el resto de dormitorios.
Para los extranjeros, hospedarse en una de las habitaciones cuesta US$ 700 por persona y para los turistas nacionales el costo oscila entre US$ 250 y US$ 358. En cualquiera de los dos casos hay que hacer reservaciones. Además, se puede optar por actividades con un costo extra, como la visita a los cóndores, los paseos en carroza o el SPA.

Este espacio fue adaptado para no desentonar con la arquitectura original. Está adecuado con sauna, jacuzzi, turco, una piscina temperada de relajación, dos cabinas de masajes y una iluminación especial.
Además, todos pueden ser parte del ordeño, de la cosecha de vegetales en los huertos u observar la diversidad de aves del sector. Esto lo vuelve especial, permite al huésped acercarse a la tierra, y reencontrarse con procesos productivos que dejaron de ser parte de la cotidianidad y que se volvieron un lujo.
La hacienda no solo es una casa bonita con historia. Detrás del negocio hay un proyecto económico que da trabajo a 52 personas de las cuatro comunidades aledañas. Asimismo, mantiene viva su herencia agrícola y ganadera. El 10 % del ganado que está en sus tierras pertenece a la comunidad.
La administración compra la leche, que luego es utilizada para producir quesos. También crearon talleres de bordado. De hecho, este es uno de los legados de Rosa Pallares, quien impulsó esta actividad económica en la zona en los años sesenta.
“Nosotros no vendemos lujos per se. Todos los hoteles cinco estrellas tienen cuartos lindos, amenidades completas, pero nosotros vamos más allá. Entregamos a nuestros huéspedes un pedazo de la familia y de la historia del Ecuador”, concluye Polanco.