Pasar de la lectura a la escritura no es un proceso sencillo. Hay pautas, parámetros, asimilaciones, claves y enfoques que se requieren. La imitación, por un lado, parece transcurrir de manera natural. Toda lectura enciende el motor creativo de una mente atenta. Cierta urgencia por evacuar una historia que nos carcome también nos invade hasta orillarnos a repensar en dicha historia. Toda obsesión –así me lo parece– es un buen comienzo; sin embargo, si carece de guías o intuiciones precisas, este camino puede derivar en pequeños accidentes o desafortunados productos literarios.
Las facultades de literatura no producen escritores. Y esa es una verdad que muchos autores conocemos. Las facultades de literatura se encargan de entregar todos los contenidos –algunos antojadizos, otros universales– requeridos por quien desea cuestionarse sobre la creación literaria. Sin embargo, esto de ningún modo garantiza que un licenciado escriba cuentos, novelas o poemas. Tampoco se trata de romantizar al autor autodidacta que se forma en el camino con lo que la vida y el fuego de su inteligencia le otorgaron. Sin disciplina, lecturas, corrección, mirada crítica y capacidad para luchar contra y con el lenguaje, no hay novela ni poemario que vea la luz.
¿Pero sirven los talleres literarios?
Desde mi experiencia diría que sí, y que sirven tanto fuera como dentro de la academia.
En Ecuador, aunque aún no exista –según yo– un libro que reúna la experiencia de los talleres, su relevancia está marcada por varios nombres de autores que pasaron por estos espacios. Este recorrido comienza, como es habitual al abordar el tema, con los talleres de Miguel Donoso Pareja. A su regreso de México, e imitando su labor allá –donde formó a autores como Juan Villoro, Mario Santiago Papasquiaro y Julián Herbert–, impartió talleres en varias ciudades del país. De ellos salieron importantes autores que se mantienen activos hasta el día de hoy, tales como Fernando Balseca, Mario Campaña, María Leonor Baquerizo, Huilo Ruales y Edwin Madrid.
También Jorge Velasco Mackenzie, Diego Velasco e Iván Égüez dirigieron talleres.
Al igual que Huilo Ruales y Pedro Gil.
Del mismo modo que Jorge Velasco Mackenzie asistió al taller de Donoso Pareja, Leonardo Valencia pasó por el de Velasco Mackenzie a los dieciocho años.
Y del taller que impartía Edwin Madrid, por el año 2006, apareció el grupo quieteño Machete Rabioso.
Como producto de un contagio natural, muchos talleres acaban transformándose en grupos literarios, lo que sucede por la necesidad de sus miembros de mantenerse activos en una práctica que, muchas veces, ocurre al margen de la carga laboral.
Cabe resaltar que un taller literario no se conforma solo de poetas y narradores. Según mi experiencia, un taller es un espacio por el que circula una gran cantidad de ciudadanos procedentes de diversas áreas de la sociedad (abogados, periodistas, doctores, etc.) que sienten el llamado de la escritura en las venas. Quieren escribir, publicar, recitar y participar en charlas literarias en cualquier espacio disponible; buscan aportar a la realidad literaria de una ciudad, aunque aquello les represente restar horas de la semana a su descanso y a sus familias.
Con certeza podemos marcar una ruta de obras que, como ocurrió en el pasado, están saliendo de talleres literarios. Héctor Gabriel Vanegas, abogado, es el autor de la novela Síndrome de encierro, gran historia kafkiana y distópica que obtuvo el segundo premio Eliécer Cárdenas. Francisco Palomeque, periodista y radiodifusor, publicó su libro de cuentos Guayaquil run run, donde reúne historias de tintes políticos e históricos de una ciudad que oculta su cara más dura. Helga Ayala, en su novela de autoficción No te vistas que no vas, nos lleva de forma fragmentaria –como si fuera un diario de la desolación– por situaciones dolorosas y decadentes de la mano de una protagonista que persigue la autodestrucción como catarsis. Pulpo, de Andrea Itúrburu, una gran ópera prima sobre lo salvaje del medio laboral, la discriminación o la autodiscriminación racial en los espacios de la publicidad. Finalmente, Mario Quintero, médico, publicó Patologías preexistentes y terminó su primera novela. El panorama se completa con autores que trabajan a diario con la meta de publicar próximamente, tales como José Arturo Andino, José Luis Rabascall, Fernando Yávar, Jessenia Bravo, Marcelo Amancha –quien prepara una divertida novela sobre el regionalismo– y Frances Swett.
Aunque los grupos literarios escasean en la última década, los talleres literarios siguen brindándose en muchos espacios: desde las casas de la cultura y las universidades, hasta las iniciativas privadas de cultura. Esto me lleva a pensar que, si algo ha demostrado su durabilidad y necesidad, es el taller como espacio de trabajo y reflexión; un sitio donde ocurre una educación diferente, y donde la edad y las profesiones no son impedimentos para crear y empezar a organizar una obra literaria que, ojalá con suerte, un día logre conectar con la experiencia humana de cualquier lector. (O)