Ninguna dictadura es para siempre
Ninguna dictadura es para siempre. Algunas duran décadas; ninguna sobrevive a la realidad y cuando finalmente caen, lo hacen no como tragedia, sino como advertencia. Ahora la República Bolivariana de Venezuela puede renacer para beneficio de sus ciudadanos.

Las dictaduras, como los dinosaurios, siempre creen que el mundo fue diseñado sólo para ellas. La historia profesora implacable que no acepta excusas demuestra que ningún régimen autoritario ha logrado derrotar al tiempo, a la economía y por último a la ley.

Donald Trump rescribió el modelo de las telenovelas venezolanas con el arresto de Nicolás Maduro y su esposa, eliminando una fantasía retórica que los dictadores siempre subestiman -la paciencia estratégica del sistema internacional- olvidando que la impunidad no es eterna.

Desde la Doctrina Monroe, “América para los americanos” hasta su versión no escrita pero aplicada, la Doctrina Donroe, “América para los americanos y su vigilancia constante”, el hemisferio occidental ha funcionado bajo una regla tácita: la estabilidad autoritaria es tolerable mientras no desborde. Cuando lo hace, el realpolitik se ejecuta cambiando de bando sin pedir disculpas. De ahí recordamos al político británico Lord Palmerston: “No tenemos amigos eternos ni enemigos perpetuos, solo intereses” y a al Secretario de Estado John Foster Dulles, “Estados Unidos de América no tiene amigos, sólo intereses”.

La política internacional no se rige por principios morales, aunque muchos crean y digan que sí, lo que decide son los intereses que de manera ocasional se disfrazan de valores; esto es realpolitik en estado puro y duro. Así cayeron Noriega, Somoza, Trujillo, Batista, Videla, Ceaușescu, Suharto, Marcos, Mubarak, Hussein, Gadafi y tantos otros. Algunos huyeron, otros fueron juzgados, varios terminaron ejecutados por su propio pueblo, ninguno murió creyendo que había perdido; todos murieron equivocados. En el siglo XXI, la lista se amplió con un detalle inquietante para los autócratas latinoamericanos: la justicia internacional ya no olvida. Milosevic murió en La Haya, Al-Bashir pasó de anfitrión de cumbres a prófugo global.

La extracción de Manuel Noriega fue el 3 de enero de 1990 y de Maduro el 3 de enero de 2026, EE.UU. busca un régimen de transición pacífica para evitar sobresaltos y sangre para una movida matemática más que ideológica. Las dictaduras no caen por discursos, sino por desgaste. No por indignación moral, sino por aislamiento, fractura interna y cálculo externo. La historia es cruel, pero consistente: siempre cobra la factura, con intereses.

El impacto geopolítico de la caída del régimen venezolano es inmediato y regional. Cuba pierde su principal sostén energético y financiero, Nicaragua más expuesta al aislamiento y Zapatero deja de ser el mediador. América Latina dividida en 2 grupos de discurso de derecho y de izquierda no se reordenará por afinidades políticas, sino por costos económicos y reputacionales. Además, el tiempo ya no juega a favor del inmovilismo autoritario donde el “eje bolivariano” colapsando no por razones morales o de doctrina, sino por inviabilidad financiera y aislamiento político.

Por eso conviene recordarlo, especialmente a quienes se creen indispensables: ninguna dictadura es para siempre. Algunas duran décadas; ninguna sobrevive a la realidad y cuando finalmente caen, lo hacen no como tragedia, sino como advertencia. Ahora la República Bolivariana de Venezuela puede renacer para beneficio de sus ciudadanos. (O)