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sociedad y religion
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La religión requiere de una nueva meditación sociopolítica revalorizante, so pena de alimentar su sostenido proceso de declive intelectual; ni qué decir moral. La religión está compelida a entender el imperativo de no inmiscuirse en lo que compete a la sociedad al margen de cualquier connotación extática.

11 Marzo de 2026 12.41

Concebir al hombre como creación divina es manifestación de simpleza del cristianismo, en sus proyecciones sociológica (sociología de la religión) y científica. No se trata de negar la existencia de un dios, que no lo hacemos, pero de abordar el tema con enfoques académicos irrefutables… evidencias genéticas y anatómicas. El hombre es “producto” de un proceso evolutivo, observado por Charles Darwin (1809–1882) para elaborar en su Teoría de la Evolución.

En el desarrollo hereditario acaece en las especies una mutación en su material genético –variación genética– que les permite adaptarse al entorno en que desenvuelven su existencia. En función de tal teorización comprobada, se produce una “selección natural” que, por la intervención de rasgos transmisibles, habilita a las especies para su supervivencia inclusive en hábitats adversos. El darwinismo invoca la presencia remota de un “ancestro común”… el cual, por cierto, no viene dado por Dios. La variación genética y la selección natural generan transformaciones que dan origen a nuevas especies. Los homínidos, entre ellos los humanos, somos secuela de este sumario evolutivo; en este ningún dios desempeña rol alguno.

La rigidez mística obliga a asumir la religión como “virtud” moral, con base en la que el ser humano cree en, y da fe de, la presencia en su vida de un algo superior. Sin embargo, la moral son valores no ligados a la escrupulosidad espiritual de la persona. La moral forja en convicciones de responsabilidad como ser de bien, superior a estimaciones gestadas en miramientos contemplativos.

El mayor cuestionamiento a la religión, en su circunstancia de potencial rector de las conductas humanas, está dado por el marxismo. Sin abogar a favor de él, pues no lo hacemos, en tanto doctrina socialista o ideología –tampoco del comunismo como modo de producción– es evidente que su aporte sociológico no cabe ser menospreciado. Quien lo haga es sectario. Vladimir Ilich Uliánov (1870–1924), Lenin, conceptúa a la religión como una forma de opresión espiritual; también la explica a título de reflejo anormal, cargado de fantasía en la cabeza de los hombres, y en las fuerzas naturales y sociales dominantes. La historia se ha encargado de confirmar que, cuando un grupo minoritario de personas avizoró la posibilidad de engañar a grandes masas para subyugarlas psicológica y económicamente en su beneficio, acudió a la religión. Es cierto con la Iglesia católica: toma ventaja de los “desafortunados, en el mar de lágrimas que es la vida”. Lo hace tergiversando la realidad… al tiempo que aprovecha de la ignorancia de quienes aceptan sus desdichas terrenales a la espera de un más allá abstracto en que las adversidades dejarán de ser tales. Mueren en la vida, para vivir en la muerte.

Con el “aparecimiento” del cristianismo y su consolidación en el Medioevo –si bien antes de la “era común”, identificada por la religión como después de Cristo, sucedió algo parecido– la sociedad asumió que, entre religión y sociedad, y sociedad-religión, existía un condicionamiento mutuo. En función de tan errada apreciación, prácticamente todo el aparataje social, político e inclusive económico consolidó en derredor a la asunción. Sin perjuicio de que en la baja Edad Media hubo controversias en torno a la teología tradicional, que continuó en el Renacimiento, la Ilustración vendrá a contradecir frontalmente a la religión como factor de interrelación social y viceversa.

Deberán pasar siglos hasta tomar debida conciencia de la necesidad de no permitir a la religión su intromisión en la sociedad. Por cierto, esta sabiduría social no apareció oportunamente en todas las naciones. Todavía existen sociedades –en realidad camarillas sociales– resistentes a aceptar tal exigencia de la razón. Es el caso de quienes, por tosquedad intelectual, proyectan su religiosidad más allá del yo interno. Al hacerlo, generan resistencias lógicas hacia la religión… deslegitimándola.

La religión requiere de una nueva meditación sociopolítica revalorizante, so pena de alimentar su sostenido proceso de declive intelectual; ni qué decir moral. La religión está compelida a entender el imperativo de no inmiscuirse en lo que compete a la sociedad al margen de cualquier connotación extática. El filósofo contemporáneo Marcel Gauchet (1946) enfatiza en que lo social y lo político “han cesado de necesitar de la religión para definirse y organizarse”. No obstante afirmar que las creencias religiosas estarán siempre presentes, el francés destaca: “simplemente no tienen ya el mismo rol (…) no funcionan más como lo que estructura el estar juntos”. Es poco probable que sea la Iglesia católica de donde nazca el demandado enfoque en cita, dada su obstinación histórica a no reconocer yerros indiscutibles, o al menos a no enmendarlos sin aceptación expresa de ellos. Por tanto, no queda otro camino que convocar al Estado a imponer modernos órdenes sociales y políticos en los que la religión deje de tener injerencia. (O)

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