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Las sociedades no se deterioran de un día para otro; se transforman lentamente, cada vez que los adultos renunciamos a la responsabilidad de formar a quienes algún día tendrán en sus manos el rumbo del país.

5 Junio de 2026 15.51

La sociedad ecuatoriana ha atravesado una transformación que quizá resulte imperceptible para quienes han vivido en el país toda su vida. Sin embargo, después de estar fuera del Ecuador durante 15 años, me atrevo a decir que el cambio es evidente. Sospecho que no ocurrió de manera abrupta, sino paulatina, silenciosa, pero consistente.

Hoy encuentro una sociedad ecuatoriana con tintes de violencia que antes no eran tan visibles. Durante mucho tiempo disfrutamos de ser una suerte de oasis en una región donde varios de nuestros vecinos han enfrentado conflictos armados, guerrillas y violencia sostenida. Sería ingenuo pensar que esto, tarde o temprano, no tendría repercusiones en nuestra sociedad y en nuestras escuelas.

Pero más allá del aumento de conductas violentas, hay una transformación menos evidente pero más profunda; pareciera que, como sociedad, hemos comenzado a perder claridad sobre el valor de los límites y la responsabilidad compartida de formar a nuestros jóvenes. Considero que somos los adultos quienes debemos ofrecer a niños y jóvenes los referentes y límites que necesitan; cuando renunciamos a esa responsabilidad, las consecuencias inevitablemente terminan reflejándose en la sociedad que construimos. 

A mi parecer, lo que ocurre dentro de las escuelas no es un fenómeno aislado ni exclusivamente educativo; las instituciones educativas son un reflejo de la sociedad de la que emergen. La forma en que niños y adolescentes aprenden, o no aprenden, sobre límites, responsabilidad y convivencia tiene implicaciones profundas en el tejido social y, eventualmente, en la sostenibilidad económica del país. Después de todo, los estudiantes de hoy serán los profesionales, líderes y ciudadanos que sostendrán nuestras instituciones mañana. 

A este panorama se suma un marco normativo que, bajo el legítimo propósito de preservar el derecho a la educación, ha ido despojando a las instituciones de autonomía para establecer límites claros. En muchos casos, aunque resulte incómodo admitirlo,  también hemos encontrado en la burocracia una forma de evadir responsabilidades: es más fácil decir que la decisión está en manos del distrito y esperar.

El efecto de esta combinación, una sociedad que ha perdido claridad sobre los límites, familias sobreexigidas, escuelas temerosas de actuar y un sistema con escaso margen de autonomía,  ha sido profundamente perjudicial. Hoy las escuelas enfrentan adolescentes y preadolescentes que, con demasiada frecuencia, no reconocen los límites del respeto hacia los demás ni hacia sí mismos. Y, sin embargo, mi argumento no es culparlos. 

Por un lado, encontramos familias que, lamentablemente, muchas veces desconocen la realidad emocional y social de sus hijos o el alcance de sus acciones. Justifican comportamientos injustificables porque asumir lo contrario implicaría reconocer una responsabilidad difícil, aceptar que, muchas veces, han dejado de ocupar el lugar de referente ético y emocional que sus hijos todavía necesitan. 

Quizás muchos adultos hemos confundido acompañar con evitar incomodidad; por eso es indispensable que reflexionemos sobre el hecho de que formar implica, inevitablemente, sostener límites. 

Nuestros hijos necesitan adultos confiables; personas capaces de guiarlos cuando no saben qué dirección tomar y, al mismo tiempo, de mantenerse firmes cuando es necesario decir “no”, aunque resulte incómodo. 

Por otra parte, las escuelas debemos asumir la parte de responsabilidad que nos corresponde. Nosotros también hemos cedido terreno frente al miedo al conflicto y a la dificultad de sostener decisiones incómodas.

Todos nosotros, padres y educadores, debemos comprender que corregir, establecer límites y decir “no”, incluso cuando duele, es un acto de amor. Amor hacia el adolescente que, a través de sus acciones, parece pedir a gritos referentes firmes que le ayuden a encontrar dirección. Y amor hacia aquellos otros estudiantes que terminan afectados por una cultura de indiferencia donde todo parece negociable.

A las autoridades educativas solo me queda pedirles que escuchen la voz de quienes vivimos día a día las consecuencias de un sistema burocrático que, muchas veces, no responde a las necesidades reales de las escuelas. No se puede normar al sistema público y al particular exactamente de la misma manera en todos los ámbitos. Las normas son indispensables, sin duda, pero el contexto en el que se desarrollan las instituciones marca diferencias que no podemos ignorar.

No permitamos que la falta de claridad ni el temor a asumir decisiones conviertan a nuestros jóvenes en personas desprovistas de referentes básicos sobre lo que significa convivir en sociedad, respetar al otro y asumir responsabilidad por los propios actos. Las consecuencias ya son visibles en el entorno laboral. Cada vez más organizaciones reportan dificultades no sólo para encontrar talento técnico, sino personas con competencias fundamentales para sostener equipos y organizaciones: responsabilidad, capacidad para asumir errores, resiliencia frente a la frustración, ética de trabajo y disposición para aprender. Cuando durante años evitamos enseñar límites o responsabilizar a nuestros jóvenes por sus actos, el efecto inevitablemente trasciende las aulas y afecta el aparato productivo de nuestra sociedad. 

Las sociedades se construyen colectivamente. Siempre hemos considerado a la familia como el núcleo de la sociedad, pero hoy la escuela tampoco puede renunciar a su responsabilidad formativa. Debemos reconocer que, para muchos jóvenes, quizás la escuela sea el único lugar donde encuentren los límites y referentes necesarios para crecer como seres humanos responsables, capaces de contribuir positivamente a su comunidad.

Si seguimos postergando conversaciones incómodas y decisiones difíciles, el costo no será únicamente educativo, será social, institucional y económico. Porque las sociedades no se deterioran de un día para otro; se transforman lentamente, cada vez que los adultos renunciamos a la responsabilidad de formar a quienes algún día tendrán en sus manos el rumbo del país. (O)

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