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 Lianne Zoeteweij, administradora de Asoguabo.
Liderazgo
Lianne Zoeteweij, administradora de Asoguabo.
Fotos: Robinson Chiquito
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Llegó desde los Países Bajos para quedarse apenas dos años, pero terminó dedicando casi un cuarto de siglo a fortalecer a pequeños productores bananeros en Ecuador. Lianne Zoeteweij, administradora de Asoguabo, convirtió al comercio justo en una herramienta de sostenibilidad, resistencia y acceso a mercados internacionales para cientos de agricultores en una de las industrias más desafiantes del país.

24 Julio de 2026 11.29

Lianne Zoeteweij nació el 24 de octubre de 1973 en Rotterdam, pero creció cerca del Puerto de Flushing, en Países Bajos. A los 27 años le negaron su osada petición de viajar a Ecuador para guiar a grupos rurales productivos. 

“Tú nunca has vivido en Latinoamérica, no hablas español, eres muy joven, no hay una oficina que te pueda acompañar ahí”, le respondieron los representantes del Servicio Holandés de Cooperación al Desarrollo (SNV). Para entonces, buscaban a alguien que asesorara a una asociación ecuatoriana de productores de banano en El Guabo, provincia de El Oro. 

“Me dijeron que iban a enviar a otra persona, pero, como insistí tanto, me indicaron que si existía un puesto junior, me contactarían luego”, recuerda Zoeteweij. 

Con estudios en Administración de Empresas y una maestría en Ciencias y Gestión Empresarial, su experiencia laboral estaba ligada con la industria azucarera. Era analista de mercado en una empresa que se dedicaba a exportar melaza y su centro de operaciones era Ámsterdam.

La familia no entendía su determinación por viajar al otro lado del mundo. Si su pasión eran los cultivos, ¿por qué no quedarse para ayudar en la finca de 8 hectáreas de su abuelo?, se preguntaban. La propiedad quedaba en Yerseke, un pintoresco pueblo pesquero situado en el suroeste de los Países Bajos. Ahí, la familia criaba ganado y cultivaba cebollas, papas, entre otros productos de temporada.

Pero Lianne lo tenía claro. Más allá de cultivar, se trataba de una vocación por comprender cómo la agricultura podía convertirse también en una herramienta de desarrollo para pequeños productores y comunidades rurales. El contexto en que vivía impulsó su inquietud. 

Era 2001 cuando comenzó a interesarse más por el impacto que tenían las políticas comerciales internacionales. Uno de los temas que más le llamó la atención fue la iniciativa europea “Everything But Arms” (“Todo menos armas”), que buscaba abrir el mercado de la Unión Europea (UE) a países en desarrollo, con excepción de productos sensibles como el banano, el azúcar y el arroz. Entró en vigor el 5 de marzo de 2001 y, luego de largos períodos de transición para estos rubros, los mercados se abrieron progresivamente bajo este esquema. 

“En ese momento, incluso los productores franceses protestaban ante el temor de competir con industrias mucho más eficientes, como la azucarera brasileña”, recuerda. Eso le hizo reflexionar sobre la necesidad de que los pequeños productores de América Latina se prepararan para un mercado más competitivo y se fortalecieran de manera colectiva. 

“Mientras ellos allá se estaban reorganizando, acá los productores también debían hacerlo”, pensaba entonces, especialmente al observar el caso de los pequeños productores de azúcar en Brasil, que era el sector que más conocía en ese momento. Ese era el destino que tenía en su vision board

Sin embargo, tres meses después de su intento fallido con el SNV, recibió una nueva propuesta. La invitaron a postular a un proyecto en Chimborazo, enfocado en el desarrollo económico local con iniciativas agrícolas vinculadas a cultivos como brócoli y papa, impulsadas desde el Municipio de Riobamba. Aceptó. 

Su arribo al país se dio cuando ya había cumplido 28 años e inició oficialmente el cargo de Asesora Junior de Desarrollo Económico en 2002. 

Chimborazo era entonces una de las provincias con mayores índices de pobreza del país. Por eso, desde su primer día en Ecuador, Lianne se instaló en una de las regiones más vulnerables del territorio. Lejos de desanimarla, aquello confirmó que estaba exactamente donde quería estar. 

Pero, más allá de las condiciones económicas, hubo algo que la marcó profundamente: la calidez de la gente. La cultura indígena, la vestimenta tradicional y la música local despertaron en ella una conexión inmediata con el entorno. La integración fue tan natural que incluso terminó participando en celebraciones y danzas típicas. “Un día hasta terminé bailando con Ángel Huaraca”, dice riendo. Una experiencia que, hasta hoy, recuerda con entusiasmo. 

En las comunidades de Chimborazo, su presencia rara vez pasaba desapercibida. La piel muy blanca, los ojos celestes, el cabello rubio y su estatura de 1,82 metros hacían que, inevitablemente, las miradas se voltearan hacia ella apenas llegaba a una reunión o recorría una comunidad. Pero Lianne parecía desactivar cualquier distancia con rapidez, porque se acercaba, saludaba, preguntaba, conversaba. Siempre conversaba. Aunque no dominaba el español (hablaba neerlandés como lengua materna e inglés), esa era una forma que le ayudó a acelerar su aprendizaje.

Más que hablar, le gusta escuchar historias, acumular anécdotas y entender cómo vivían las personas con las que trabajaba. En esa atmósfera, Lianne se enamoró de la sencillez y el espíritu aguerrido y emprendedor del ecuatoriano. Lo fue descubriendo mientras también trabajaba junto a organizaciones de mujeres indígenas en comunidades como Guamote y Alausí, que habían recibido financiamiento de proyectos impulsados por la Unión Europea (UE). Gracias a su formación en Administración de Empresas, asumió el reto de fortalecer sus capacidades de gestión y administración para que pudieran manejar de manera más eficiente esos recursos y programas de cooperación internacional.

Su contrato inicial duraba dos años, pero cuando ya debía retornar a los Países Bajos recibió una noticia inesperada: el asesor asignado a El Guabo había sido trasladado a otras funciones. “Ya no eres tan junior, ya puedes ir allá”, recuerda que le dijeron. Así llegó como asesora de la Asociación de Pequeños Productores Bananeros de El Guabo (Asoguabo), en una época en la que el comercio justo o fairtrade comenzaba a consolidarse como una meta para pequeños productores que buscaban acceder a mercados internacionales en mejores condiciones.

La idea era permanecer únicamente dos años con este grupo de bananeros. Sin embargo, cuando conversa con Forbes Ecuador, ya han transcurrido 25. Sentada en uno de los salones del Hotel Palace, en el centro de Guayaquil, luego de participar en una capacitación sobre fairtrade, mira en retrospectiva y concluye que cada hecho y decisión terminó encajando de manera casi natural. 

“Señorita, presente su hoja de vida”

Lianne Zoeteweij sabía muy poco sobre el cultivo de banano. Sin embargo, el concepto de fairtrade no le era ajeno. En Holanda, durante los años ochenta y noventa, el comercio justo había comenzado a ganar espacio alrededor del café. 

El nombre de Max Havelaar formaba parte, incluso, de la literatura escolar. Era el personaje principal de la novela homónima donde denunciaba los abusos y la explotación en las colonias neerlandesas, particularmente en Indonesia, donde los productores de café vivían en condiciones precarias mientras Europa consumía el producto. “Como estudiante yo ya tomaba café de comercio justo, aunque nunca imaginé que años después terminaría trabajando en esto”, menciona.

Max Havelaar nació en los Países Bajos en 1988 como la primera certificación y sello de comercio justo a nivel mundial. Con el paso de los años, la iniciativa evolucionó hasta integrarse bajo la marca global Fairtrade, nombre con el que hoy operan la mayoría de sus organizaciones y programas internacionales. 

Su llegada a Asoguabo le permitió fortalecer esta línea de investigación y gestión. Inicialmente entró como asesora, en una etapa donde todavía estaba aprendiendo sobre el negocio bananero y la dinámica de exportación. Pero poco después falleció Jorge Ramírez, presidente ejecutivo de la organización y una de las figuras más importantes en los primeros años de la asociación. La incertidumbre golpeó fuerte. En el mercado internacional muchos pensaban que la organización no sobreviviría sin él. “Decían que Asoguabo llegaba hasta ahí”, cuenta.

En medio de ese escenario, un pequeño productor le hizo una propuesta inesperada. “Señorita, presente usted su hoja de vida”. La directiva y el importador terminaron designándola gerente de la unidad de comercio exterior. Era 2005 cuando asumió el desafío, convencida de que el proyecto podía sostenerse si lograban fortalecer el trabajo en equipo. “Ni yo era experta todavía. Lo que hicimos fue unir conocimientos”, explica.

La apuesta era a contracorriente. En una industria dominada históricamente por grandes exportadoras y multinacionales, Asoguabo representaba algo poco común: una organización de pequeños productores que exportaba directamente bajo el modelo de comercio justo. Consiste en que cada socio, que produce hasta 30 cajas semanales, destine US$ 1 por caja exportada para reinvertir en su bienestar y productividad. 

Las distancias en volúmenes son grandes frente a productores que pueden llenar un contenedor entero, pero bajo una adecuada administración el comercio justo logra transformar vidas, porque es sostenible. La lógica era crear oportunidades para productores que el mercado tradicional consideraba demasiado pequeños para ser rentables.

Uno de los hitos menos conocidos de Asoguabo ocurrió fuera de Ecuador. A diferencia del modelo tradicional, donde la inversión extranjera llega al país desde mercados internacionales, la asociación logró convertirse en accionista de AgroFair, una importadora ubicada en los Países Bajos especializada en comercio justo. 

Actualmente, Asoguabo posee de manera directa el 7,75 % de las acciones de la empresa, además de una participación indirecta a través de la Cooperativa de Productores de AgroFair, integrada por organizaciones de pequeños productores de países como Perú, Panamá y República Dominicana.

La relación nació prácticamente desde los orígenes de AgroFair (1996), creada bajo un esquema mixto entre inversionistas impulsores del comercio justo. Con el tiempo, parte de esas acciones fueron transferidas a organizaciones de productores. 

En 2008, Asoguabo aprovechó recursos provenientes de la prima de comercio justo para adquirir inicialmente el 5 % de participación accionaria, porcentaje que luego aumentó hasta 7,75 % tras nuevas compras. Sumando las acciones directas e indirectas, los productores vinculados a la cooperativa controlan actualmente cerca del 40 % de AgroFair, un modelo poco común en la industria y que permitió que pequeños productores ecuatorianos no solo exportaran su fruta, sino que también participaran en la cadena de valor dentro del mercado europeo. Actualmente son 115 socios.

La crisis de tres meses que hizo temblar al gremio

La organización ya había atravesado varias crisis, pero ninguna tan dura como la pérdida temporal de la certificación orgánica en 2010. 

Todo comenzó cuando una ONG austriaca tomó muestras en distintas asociaciones exportadoras y detectó residuos que posteriormente fueron reportados a autoridades europeas. La reacción fue inmediata y la certificadora perdió temporalmente su autorización. Con ello, decenas de productores quedaron sin mercado. 

Aunque la suspensión duró apenas tres meses, el impacto fue devastador. “Para los productores pequeños, tres meses sin vender era muchísimo. Algunos hacían pocas cajas, pero eso era lo que les permitía vivir semana a semana”, recuerda.

La crisis redujo drásticamente el número de socios. De 475 productores pasaron a 280, y luego a 115. Muchos no lograron sostenerse. La diferencia entre vender banano orgánico y vender fruta convencional podía superar los US$ 2 por caja, una brecha enorme para quienes apenas producían unos cuantos racimos semanales.

Lejos de abandonar el modelo, Asoguabo decidió reforzarlo. En 2013, Lianne Zoeteweij asumió formalmente como administradora y representante legal de Asoguabo, luego de una reestructuración institucional vinculada a la economía popular y solidaria.

Un millón de cajas anuales 

En los últimos años, Asoguabo —registrada en la Superintendencia de Economía Popular y Solidaria (SEPS)— mantiene un volumen de exportación superior al millón de cajas anuales de banano, consolidándose como una de las principales organizaciones de pequeños productores vinculadas al comercio justo en Ecuador. 

En 2022 exportó 1,31 millones de cajas, con una facturación de US$ 16,3 millones. Un año después, aunque el volumen cayó ligeramente a 1,28 millones de cajas, las ventas crecieron hasta US$ 17,1 millones. 

Para 2024, la organización alcanzó uno de sus mejores desempeños recientes al colocar 1,41 millones de cajas y registrar ingresos por US$ 18,8 millones. En 2025, las exportaciones se ubicaron en 1,35 millones de cajas, con una facturación de US$ 18,2 millones. Los valores son en FOB (valor puesto en puerto ecuatoriano para su envío). 

Pero el enfoque ya no se limita únicamente al mercado, sino que también incluye sostenibilidad, resiliencia agrícola y representación gremial. Actualmente, Zoeteweij forma parte del directorio de la Asociación de Exportadores de Banano del Ecuador (AEBE), donde tiene voz y voto en representación de los pequeños productores y exportadores. 

Desafíos y gratitud

Una de las principales amenazas actuales es el Fusarium R4T, un hongo que amenaza plantaciones bananeras en todo el mundo. Frente a ello, Asoguabo ha invertido en medidas preventivas que combinan control sanitario y fortalecimiento biológico del suelo. La organización implementó laboratorios para producir trichodermas (hongos beneficiosos que ayudan a combatir patógenos) y bioinsumos naturales elaborados a partir de microorganismos.

Lianne suele explicar la estrategia con una analogía simple: “La planta necesita un sistema inmunológico fuerte, igual que nosotros”. Para ella, un suelo saludable funciona como la microbiota intestinal humana. “Mientras más equilibrado esté, mayor resistencia tendrá frente a enfermedades”. Esa visión ha llevado a Asoguabo a invertir en soluciones biológicas y en acompañamiento técnico para sus productores, especialmente los más pequeños.

A 25 años de haber llegado a Ecuador, Lianne Zoeteweij reconoce que jamás imaginó este desenlace. Hoy, a sus 52 años, sonríe al recordar que, tras la muerte de Jorge Ramírez, un dirigente de Asoguabo le dijo en tono de broma: “Señorita, usted se va a quedar aquí unos 20 años”. Ya superó esa predicción y este año espera nuevamente la decisión de los socios en las elecciones internas de la organización.

Con el tiempo entendió que haber dejado los Países Bajos fue la decisión correcta. La pequeña finca familiar de Yerseke dejó de estar vinculada a la agricultura, y sus padres se mudaron a la ciudad para estar cerca de su otra hija y sus nietos. Ella, en cambio, echó raíces en Ecuador. Regresa a Holanda para visitarlos, pero un cuarto de siglo después su vida quedó ligada a Asoguabo y a cientos de pequeños productores bananeros que encontraron en el comercio justo una manera de sostenerse dentro de una industria desigual. “Llegué pensando que venía a apoyar por un par de años y, sin darme cuenta, Ecuador terminó convirtiéndose en el lugar donde encontré mi propósito”. (I)

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