Mónica Dávila Yépez se define como una cadena de momentos. Esos que uno no entiende claramente cuando los vive, pero que después resultan ser la arquitectura de una existencia afortunada. La Mónica de 14 años no lo pensaba así cuando le pidió a su mamá que no le cambiara de colegio y le dijo que ella conseguiría un trabajo para pagar su educación. La Mónica de abril de 2000 tampoco entendía esa construcción de eventos cuando llegó a Estados Unidos con 13 maletas, un hijo de un año y la decisión de cambiarse de país.
Pero la Mónica de hoy, Senior Vice President de Recursos Humanos de Gap Inc., entiende por qué esa historia de vida le llevó a ser una ejecutiva ecuatoriana de alto rango, en compañías multinacionales de Norteamérica.
Nació en Quito. Su mamá la tuvo a los 16 años y pocos meses después decidió emigrar a Estados Unidos. Mónica y su hermano Alberto crecieron con sus abuelos. Cuando su mamá regresó a Ecuador, ella tenía 6 años.
Desde entonces, vivieron juntas, con una dinámica que Mónica describe con precisión. “Mi mami siempre tuvo exigencias superaltas. Y yo he leído mucho sobre el impacto de la madre en la vida de los hijos. Cuando tienes una madre exigente, con balance, los hijos son high performing”.
Estudió en una escuela en el barrio Selva Alegre, en Quito. La institución educativa ya no existe y estaba anexa a una institución mayor, con pocos estudiantes por clase. Siempre fue abanderada. Siempre obtuvo las mejores notas. Cuando llegó a la secundaria, su mamá la cambió al Colegio de América, bilingüe y privado. Llegó a cuarto curso físico-matemático, con las mejores calificaciones y con un sueño de ser física pura. A los 14 años, ese plan cambió de golpe.
Su mamá llegó un día y le dijo que iba a tener que cambiarse a un colegio público. No alcanzaba para pagar las dos pensiones. Mónica, con 14 años, tomó una decisión que habla de todo lo que viene después. "No me cambies de colegio. Yo voy a conseguir un trabajo". Un tío, que tenía una constructora la contrató para llevar la contabilidad de la empresa. Sin computadoras, en los libros grandes de ‘debe y haber’, con las cuentas a mano. Estaba en la temprana adolescencia.

Pero la historia tiene otro giro igualmente revelador. Ese mismo año, tomó otra decisión que su rector consideró un desperdicio. Cambió la especialidad de físico-matemático a secretariado. La razón fue puro pragmatismo.
“Yo no voy a poder ir a la universidad y dejar de trabajar. ¿Para qué estudio esto? Prefiero estudiar secretariado y salir a trabajar inmediatamente”. El rector fue a hablar con su mamá, furioso. Le dijo que cómo era posible que dejara que su hija se desperdiciara, que tenía las mejores notas. Su madre respondió: “Ella quiere hacer eso”. Y Mónica lo hizo.
Se graduó del Colegio de América, hizo el American Junior College y sacó el título de Secretariado Ejecutivo. Luego entró a la Universidad Tecnológica Equinoccial (UTE) para estudiar Administración de Personal, la única carrera a la que podía ingresar con ese título previo, y se graduó con 24 o 25 años, ya casada. En Ecuador trabajó en varias constructoras y luego en un bróker de seguros, como ejecutiva de cuenta en el área de Salud y Vida. Una de sus cuentas era la Embajada de Estados Unidos.
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