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PISA 2025: la nota no es de los estudiantes, es del país

Silvia Tapia

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Los resultados de PISA 2025 llegaron y deberían preocuparnos, pero no para buscar culpables. Ecuador obtuvo 393 puntos en Ciencias, 385 en Lectura y 366 en Matemática, por debajo de los promedios de la OCDE. Más revelador que el lugar en una clasificación es lo que nuestros adolescentes demostraron poder hacer: solo el 40 % alcanzó al menos el nivel básico de competencia en Ciencias, el 38 % en Lectura y apenas el 20 % en Matemática (OCDE, 2026).

20 Septiembre de 2026 12.00

El problema, entonces, no es simplemente que los estudiantes "no sepan responder una prueba", sino que una proporción importante llega a los 15 años con dificultades para comprender, razonar y utilizar lo aprendido.

La reacción más sencilla sería responsabilizar a alguien: los estudiantes porque "ya no leen", las familias porque "no acompañan", los docentes porque "no enseñan bien", la tecnología porque distrae o el Estado porque no responde a las necesidades educativas. Pero ningún resultado de aprendizaje se construye a partir de una sola causa. Frente a una prueba se sienta un adolescente; detrás de él están quince años de desarrollo, su familia, sus docentes, la escuela y las condiciones sociales en las que ha crecido.

El aprendizaje empieza mucho antes de ingresar al aula: alimentación, descanso, lenguaje, conversación, juego, lectura y acompañamiento adulto construyen las bases sobre las que posteriormente se aprende. Un niño que escucha historias, conversa, pregunta y encuentra adultos disponibles desarrolla herramientas distintas para comprender el mundo. La comprensión lectora no aparece mágicamente cuando aprendemos a reconocer letras: requiere vocabulario, conocimiento previo, atención, inferencia y práctica. Tampoco podemos hablar de aprendizaje ignorando la nutrición y las condiciones de vida; UNICEF ha advertido sobre las consecuencias que la desnutrición crónica infantil puede tener en el desarrollo y las oportunidades posteriores.

A esto se suma una transformación evidente: las pantallas ocupan una parte creciente del tiempo cotidiano, y no se trata de convertir a la tecnología en enemiga; puede ser una extraordinaria herramienta educativa. El problema aparece cuando el video breve reemplaza sistemáticamente a la lectura, la respuesta inmediata sustituye al esfuerzo de comprender o la inteligencia artificial termina pensando en lugar del estudiante. PISA 2025 encontró que el 28 % de los estudiantes ecuatorianos reportó distracción frecuente de sus compañeros por dispositivos digitales durante las clases de Ciencias. Al mismo tiempo, el 52 % señaló utilizar chatbots de inteligencia artificial para aprender al menos una vez por semana (OCDE, 2026). La tecnología ya está en el aula; nuestro desafío es enseñar a utilizarla para pensar.

La familia tampoco puede quedar fuera del análisis. Solo el 60 % de los adolescentes evaluados indicó que sus padres o cuidadores les preguntaban semanalmente qué habían hecho en la escuela y apenas el 45 % conversaba con ellos sobre problemas escolares. Acompañar no significa hacer las tareas ni convertirse en profesor del hijo, significa conversar, interesarse, establecer rutinas y límites y transmitir que aprender tiene valor. Sin embargo, esto resulta mucho más difícil en hogares atravesados por jornadas laborales extensas, dificultades económicas, inseguridad o agotamiento.

Y están los docentes. La calidad de la enseñanza importa y debemos poder hablar de ella sin convertir al profesor en el responsable exclusivo del problema. Ecuador necesita docentes con sólida formación, dominio del lenguaje, conocimientos disciplinares y capacidad para explicar de distintas maneras cuando un estudiante no comprende. Pero exigir excelencia también supone ofrecer condiciones para ejercerla. La tarea docente no termina cuando finaliza la clase: continúa con planificación, evaluación, informes, preparación de materiales y atención a estudiantes y familias. A esto se suman inestabilidad laboral y condiciones contractuales que pueden afectar la motivación y la continuidad profesional.

Los propios resultados evitan generalizaciones injustas: el 86 % de los estudiantes afirmó que su profesor de Ciencias muestra interés por su aprendizaje y el 80 % señaló que continúa enseñando hasta que comprenden. Hay docentes comprometidos trabajando dentro de un sistema que también presenta limitaciones. El 51 % de los estudiantes asistía a instituciones cuyos directivos reportaron que la falta de materiales educativos obstaculizaba la enseñanza, mientras que para el 47 % existían dificultades relacionadas con infraestructura física (OCDE, 2026). No podemos aspirar a una educación del siglo XXI mientras todavía existen instituciones que luchan por garantizar condiciones básicas.

La desigualdad completa el panorama. Los estudiantes ecuatorianos pertenecientes al 25 % socioeconómicamente más favorecido superaron en Ciencias a aquellos del 25 % más desfavorecido por 86 puntos. Esto no significa que la pobreza determine la capacidad de aprender, significa algo mucho más preocupante: el talento está distribuido en todo el país, pero las oportunidades para desarrollarlo todavía no.

Por eso PISA no es únicamente un asunto educativo. Los adolescentes que hoy tienen dificultades para comprender un texto, interpretar información o resolver un problema serán mañana trabajadores que deberán aprender nuevas tecnologías, tomar decisiones, administrar recursos e innovar y serán también los adultos que acompañarán el lenguaje, la lectura y el aprendizaje de una nueva generación. Cuando las dificultades educativas no se corrigen, pueden transformarse en desigualdad laboral, menor productividad y ciclos familiares que se reproducen.

PISA no es una sentencia contra nuestros estudiantes ni una calificación exclusiva para nuestros docentes. Es un espejo que muestra a todo el sistema. Podemos discutir si nos gusta la imagen, pero sería más útil preguntarnos qué haremos con ella. Porque dentro de tres años podremos volver a medir resultados; lo que no podremos devolverle a un niño son los años de desarrollo y aprendizaje que perdió mientras los adultos seguíamos buscando a quién responsabilizar. (O)

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