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Ella, mi bebé, se llama Alegría. Porque decidí que cada vez que la recuerde, le devolveré una sonrisa al cielo. Y eso -nombrarla, honrarla, contarla- también es trascender.

3 Junio de 2026 16.58

Lo escuchamos todo el tiempo: “el mundo no se detiene”. Pero hay mundos que sí lo hacen —el de muchas mujeres— y esto no es victimismo, es visibilización. Es ponerle nombre a experiencias que nadie anticipa, que ni el pensamiento más remoto se atreve a imaginar.

Cuando lo que siempre se mira como ajeno y un día toca la puerta, aparece una pregunta sin respuesta: ¿por qué? Hay circunstancias que, sin pedir permiso, se instalan en tu vida como si siempre hubieran pertenecido a ella. ¿Y el mundo? Ese no se detiene ni un segundo, porque viene marcado por un reloj imparable. Sin embargo, ciertos relojes deben detenerse para pensar, respirar, aprender, para volvernos más fuertes.

Hoy es momento de hablar a través de las letras. Cada vez más personas comparten momentos difíciles no desde la pena, sino desde el propósito; ese que tiene un llamado a la acción, que envuelve una razón y busca un bien mayor.

Cuando hay un espacio para escribir, se abre un camino para construir y dar contexto a realidades sobre las que se prefiere callar. No es un silencio de miedo, —aunque al principio sí lo sea— es el que se transforma en verdadero maestro. Ese silencio se digiere, acalla la mente que da vueltas en círculos y hace emerger una VERDAD que puede ser incómoda, pero es perfecta para vivirla con suficiente paz.

Mi verdad transformadora tiene fecha: 20 de octubre de 2025. Ese día, mi mundo sí se detuvo. Un bebé que venía en camino ya no estaba. La ilusión de un nuevo integrante se esfumó —así, de golpe— como si escapara de mis manos antes de que pudiera sostenerla. Sí, esa es la palabra: esfumarse. Como si Dios me estuviese diciendo: “esta vez no”; un no que invadió mi cuerpo entero.

Entonces vino el silencio. Nadie hablaba. ¿Cómo reaccionar a esto? ¿Cómo seguir con una normalidad que no existe en ese momento, cuando el corazón y la cabeza están en terapia intensiva? Sí, así se siente. 

No es solo un mal rato, ni un momento complicado.

No hay manera de continuar pensando igual. No creo que pueda sanarse por completo, pero sí se aprende a transitar con calma y mucha paz. No hay fórmula de vivir ese tipo de experiencias, pero hay una forma de darles tributo: CREER y CONFIAR.

No hablo de pensar que todo es perfecto. Hablo de vivir entendiendo que ser VALIENTE no es fingir —es caminar con la convicción de que hay un plan que supera nuestro entendimiento y nuestras expectativas. Entonces ha valido la pena hacerse todas las preguntas, y hacérselas a Dios —en mi caso, todas se las hago a Él—, y la mayoría no tienen respuesta.

Las que tengo en el corazón siguen sin contestación, pero la razón y el instinto me dicen que sí hay un resultado: una fuerza, un motor, un propósito más marcado, con más sentido.

¿Por qué escribir de esto ahora? Porque hay verdades de las que no se hablan. Y, como el mundo no se detiene, es importante crear conciencia. En el contexto competitivo en el que vivimos, lo humano se pierde fácilmente. Aquello que se siente, que se vive, que no aparece en ningún reporte, y que nos mantiene en pie aunque no lo parezca. 

Experiencias como la mía son muy "normales" —las viven muchas mujeres, no hay nada extraordinario en esto—, pero sí hay algo distinto: el poder visibilizarlas y contarlas. Porque a pesar de vivir con el mundo congelado, ese mundo de afuera, el que no tiene reloj, sigue sin regresar a mirarte. Entonces, al día siguiente, agarras tu mundo y lo llevas cargado a todas partes. La diferencia está en que la carga se vuelve menos pesada cuando la asumes, cuando empiezas a mirarte con admiración, cuando descubres capacidades que no conocías, sueños que nunca te planteaste, oportunidades que tomas con menos dudas.

Mi camino es diferente. Lo transito con más valentía, más alegría y, sobre todo, con más empatía y admiración hacia ellas: las que luego de un duelo formaron una fundación para ayudar a otras mujeres; las que alzan su voz no para gritar, sino para transformar vidas; las que potenciaron sus habilidades por una causa; las que, a partir de estas experiencias, decidieron ayudar a que el mundo de otro empiece a girar.

Las preguntas siguen ahí, esperando una respuesta. Mi propósito tiene, desde entonces, un rumbo profundo. Con todo esto, he logrado entender que: El silencio me volvió valiente, y las letras están definiendo una voz. (O)

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