Julissa Villanueva Periodista
Entre los primeros recuerdos de Marianela Ubilla está la imagen de ella y sus dos hermanas mayores sobre una cosechadora de maíz y soya en la finca Zulay. En esta propiedad, ubicada en el cantón Buena Fe (Los Ríos), transcurrieron los primeros años marcados por la vida agrícola familiar, que iniciaba con esas 100 hectáreas de producción.
Su padre, Eduardo Ubilla, las animaba a tener este tipo de aventuras. “Acompañaba siempre a mi papá al campo. No solo yo, mis hermanas Karina y Katherine también. Él nos subía a la cosechadora, nos llevaba a los cultivos. Éramos como una familia de granja”, recuerda la menor de las hermanas Ubilla. Con Katherine tiene una diferencia de tres años y con Karina, uno.
Permaneció allí hasta los seis años, antes de regresar a Quevedo, su ciudad natal, para iniciar la etapa escolar. Su mamá, Jesús del Carmen Mendoza, siempre se enfocó en mantener unidas a las tres hermanas y las acompañó a lo largo de su educación. “Como mi mami dice, siempre las amarré a las tres. Juntas, siempre”. Sin embargo, el vínculo con el campo nunca se interrumpió. Los fines de semana y las vacaciones transcurrían entre cultivos, maquinarias agrícolas y conversaciones sobre producción.
Zulay, que en junio de 2026 cumple 45 años, se convirtió en el laboratorio productivo de la familia Ubilla, hasta transformarse en una hacienda de 290 hectáreas. Lo que comenzó como una operación enfocada en productos de ciclo corto, evolucionó con el tiempo hacia el banano, en medio del auge que vivió este cultivo durante la década de 1980. En ese proceso, su papá encontró una guía en Segundo Wong Mayorga, fundador de Rey Banano del Pacífico y una figura influyente del sector.
“Mi padre trabajó con don Segundo, quien era una gran persona. Impulsó a mucha gente en el sector bananero y ha sido el maestro de muchos. Mi papá era muy hábil en la parte comercial y trabajaba con él trayendo los racimos de banano hasta el puerto. Él cuenta historias maravillosas sobre cómo se transportaba el banano en esa época”.
La finca, que marcó la infancia de Marianela, también sería el origen de una empresa que cuatro décadas después comercializa banano a más de 25 mercados y figura como la cuarta exportadora de esta fruta en el país, con 13,8 millones de cajas colocadas en 2025. Mientras el negocio familiar crecía, ella observaba de cerca la dinámica del campo, aunque todavía sin imaginar que años después asumiría un rol de liderazgo dentro de la empresa.
A los 12 años se trasladó a Guayaquil para cursar la secundaria. El cambio de ciudad amplió sus horizontes, pero no alteró una vocación que ya comenzaba a tomar forma. Cuando llegó el momento de elegir una carrera universitaria, decidió Agronomía en la Escuela de Agricultura de la Región Tropical Húmeda (EARTH), en Costa Rica.
“De verdad me apasionaba el campo”, recuerda, hoy con 48 años de edad.
Se graduó a los 21 y regresó a Ecuador convencida de que quería desarrollar sus propios proyectos agrícolas. Sin embargo, el camino que planificaba para sí misma era distinto al que había seguido su padre. Aunque había crecido en una familia vinculada al banano, no quería empezar por ahí. Todavía no.
Empezó con jengibre y luego pasó a las piñas
Al regresar de Costa Rica, en 1998, Marianela Ubilla tenía claro que quería trabajar en el agro, pero no en el cultivo que había transformado el negocio familiar.
Su padre ya había convertido buena parte de la operación agrícola al banano. Ella, en cambio, anhelaba explorar otras oportunidades. “Le dije que quería ir a trabajar a la finca, que tenía nuevas ideas y quería diversificar. Él ya había convertido todo en banano, pero a mí no me atraía tanto ese cultivo en ese momento”.
La respuesta de Eduardo Ubilla marcó el inicio de su carrera empresarial. “No tengo tierras disponibles”, le dijo. Entonces, le sugirió arrendar terrenos cercanos para desarrollar sus propios proyectos.
Aceptó el desafío y junto con su hermana Katherine -quien estudió Administración de Empresas- constituyó la compañía Hermanas Ubilla Mendoza (Ubimeza S.A.) en 1999, pensada inicialmente para exportar jengibre al mercado estadounidense. Mientras Marianela se encargaba de la producción, Katherine lideraba la operación comercial.
La apuesta funcionó desde el principio. Sembraron alrededor de 20 hectáreas y exportaron cerca de 30 contenedores. Sin embargo, el primer gran tropiezo empresarial también llegó temprano. “Fuimos exitosos desde el inicio, hasta que un cliente no nos pagó”.
La experiencia obligó a replantear el negocio. En lugar de abandonar el agro, decidieron buscar una nueva alternativa.
La siguiente apuesta fue la piña MD2. Comenzó como un cultivo alternativo, pero terminó convirtiéndose en una operación de gran escala. Durante más de una década llegaron a sembrar cerca de 400 hectáreas y exportar alrededor de 15 contenedores semanales, primero como proveedoras y luego bajo su propia marca.
“Mi padre estaba feliz viendo crecer el proyecto”, sostiene. Pero nuevamente el mercado les recordó que crecer no garantiza permanencia. A partir de 2010, la presión competitiva de Centroamérica redujo drásticamente los precios internacionales de la fruta. Empresas locales y multinacionales comenzaron a abandonar el negocio. “Todos terminamos cerrando”.
Para entonces, las hermanas Ubilla ya habían acumulado algo más valioso que una operación de piña. Tenían experiencia en producción, exportación, desarrollo comercial y manejo de mercados internacionales.
Fue entonces cuando Eduardo Ubilla les abrió definitivamente la puerta del negocio que había impulsado durante décadas. “Ahora sí, si quieren, les doy el banano para que lo exporten”, recuerda que les dijo.
La propuesta llegaba después de años de aprendizaje, errores y resultados propios. Y esta vez, Marianela estaba lista para aceptarla.
La invitación de su padre movió la estructura empresarial. Hasta entonces, la actividad agrícola había operado principalmente bajo su liderazgo y a título personal. Pero la entrada de las hermanas abrió una nueva etapa: la profesionalización del negocio y la exportación directa.
Nace Agzulasa
En 2003 se constituyó formalmente Agzulasa, que tomó su nombre de la finca Zulay, el lugar donde se había forjado buena parte de la historia familiar. “Quisimos llamarla Agrícola Zulay S.A. y la sigla resultante fue Agzulasa. Ese fue el origen del nombre. Nuestros clientes del exterior nos dicen ‘Zula’, se les hace más sencillo”, explica Marianela.
La compañía empezó a exportar directamente y construir relaciones comerciales de largo plazo en mercados internacionales. “Fue con nosotras que comenzó la exportación directa con marca propia, la compra a productores y el crecimiento mediante adquisición de fincas”.
Con el tiempo, Agzulasa dejó de ser únicamente una empresa exportadora de fruta ecuatoriana para convertirse en una plataforma de crecimiento, que en 2025 facturó US$ 155 millones y proyecta superar los US$ 200 millones, hasta cierre de año.
Hoy opera con siete marcas propias: Ecuasabor Organic, Terravera, Akebana, Kassandra, Mei Bananas, Bribanna y Al Bakrawe, y mantiene presencia en más de 25 mercados de América, Europa, Asia y Medio Oriente.
La expansión también llegó al campo. Actualmente, generan una fuerza laboral directa de más de 750 familias en zonas rurales del país; más 7.000 empleos indirectos vinculados con la producción agrícola y hasta 50.000, si se considera la cadena productiva (transporte, logística, proveedores y servicios).
Karina se unió un poco después a sus hermanas. Siguió una ruta diferente y estudió Ingeniería de Sistemas. Antes de incorporarse a la empresa familiar, desarrolló experiencia profesional fuera del negocio agrícola. Trabajó en una multinacional y posteriormente creó su propio emprendimiento de servicios tecnológicos.
Con el tiempo, Karina decidió sumarse al proyecto familiar y asumir responsabilidades en las áreas administrativa y financiera. Esa combinación de perfiles terminó convirtiéndola en una de las fortalezas de la organización. “Yo estoy concentrada en los proyectos y en la visión de hacia dónde vamos. Tener a Karina a cargo de las finanzas me da una confianza irreemplazable”, comenta Marianela.
La experiencia ganada le permitió ser la primera mujer en presidir la Asociación de Exportadores de Banano del Ecuador (AEBE) durante dos períodos consecutivos, entre 2020 y 2024. Actualmente es la vicepresidenta del gremio e integra el directorio de la Federación de Exportadores del Ecuador (Fedexpor).
Detrás de esa dinámica aparece también la influencia de sus padres: él, de 88 años; ella, de 78. “Mi papá nos permitió crecer con nuestros proyectos; mi mamá siempre nos enseñó a desenvolvernos de una manera en que nunca sentimos que el liderazgo se dividiera entre hombres y mujeres”.
Santa Elena, su base operativa de banano orgánico
La fuerza empresarial de la familia Ubilla suma alrededor de 1.300 hectáreas de producción bananera entre las provincias de Los Ríos y Santa Elena. En esta última, cultivan banano orgánico destinado principalmente a Suecia y Estados Unidos.
La apuesta tomó forma en 2018, cuando la compañía inició un proyecto en el sector de El Progreso, en Santa Elena. La inversión alcanzó aproximadamente US$ 5 millones y permitió desarrollar una operación que hoy suma 145 hectáreas en producción.
La elección del lugar respondió a una razón técnica. Mientras Los Ríos registra precipitaciones que pueden superar los 3.000 milímetros anuales, Santa Elena presenta un clima considerablemente más seco, con lluvias concentradas principalmente entre febrero y marzo. Esa condición reduce la incidencia de hongos y facilita el manejo orgánico del cultivo.
“Con menos humedad, la reproducción de hongos es menor y se requieren menos controles, lo que hace viable la producción orgánica”, explica Marianela Ubilla.
Según detalla, el crecimiento de este segmento responde a una tendencia estructural. Los consumidores exigen mayores controles sobre residuos químicos y trazabilidad, mientras que los mercados endurecen sus regulaciones. “El banano convencional también enfrenta exigencias cada vez más estrictas. En el orgánico, en cambio, encontramos una alternativa con perspectivas sostenibles a largo plazo”.
La apuesta también responde a razones económicas. Mientras una caja de banano convencional se comercializa en torno a US$ 7,23, la orgánica alcanza aproximadamente US$ 9,50, una diferencia cercana al 30 % que contribuye a compensar los mayores costos de producción y manejo del cultivo.
Cuarenta y cinco años después de que la familia Ubilla iniciara una finca agrícola en Los Ríos, aquella cosechadora que recorría los cultivos de maíz y soya sigue presente en la memoria. Lo que entonces era un emprendimiento familiar es hoy una empresa con operaciones en constante expansión y una nueva generación preparándose para escribir el siguiente capítulo.
“Hemos decidido que nuestros hijos sean libres de elegir su propio camino. Pero sí hemos trabajado en la gobernanza empresarial, en una sucesión ordenada, y tenemos un consejo de familia. El que quiera sumarse porque genuinamente le apasiona lo que hacemos, es bienvenido”. (I)