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Disciplina es la palabra que más repite Gladys Eljuri Antón de Álvarez, una cuencana que sostiene un linaje que supera el siglo de historia. Aprendió a dirigir desde abajo. Forjó su trayectoria con firmeza, ética y una visión que combina negocios, arte y organización.

10 Enero de 2026 22.00

“Mi edad es mejor no publicarla”, me recuerda Gladys Eljuri Antón de Álvarez, casi al terminar la entrevista, en uno de los salones de la Mansión Matilde, ubicada en el Parque Calderón, en Cuenca. “Todos pueden hacer las matemáticas, pero yo prefiero que ese número quede en reserva”. Es una mujer de carácter, que puso a correr al equipo para encontrar los mejores lugares para las fotografías. Con una agenda apretada y algunas reuniones que seguían a la nuestra, nos recibió. Se tomó una pausa y nos sentamos a intentar resumir esas décadas de trabajo, que se traducen en una larga lista de títulos y cargos: desde vicepresidenta del Grupo Eljuri hasta gerente general de Almacenes Juan Eljuri.

Al preguntarle sobre su formación académica, Gladys Eljuri asegura que se inclinó por el arte y la pintura, hasta que se casó a los 18 años. Su mejor escuela fueron sus padres, “importantes empresarios cuencanos”. “Me enseñaron desde niña lo que era la vida, lo que era administrar y lo que era hacer. Esa fue mi universidad”. Una formación que se complementa con otros estudios que fueron apareciendo de acuerdo con las compañías y los negocios que manejaba. 

“Yo no creo que sea relevante cuánto uno ha estudiado, sino el espíritu que uno tiene para salir adelante”.

Así aparecen algunas cualidades que Eljuri destaca de su personalidad, entre ellas la disciplina y la organización, que asegura haberlas heredado de sus padres. “Esto me ayudó a convertirme en una empresaria”, confiesa, al contestar por qué —teniendo una familia vinculada a los negocios y al comercio— decidió inclinarse por el arte. “Uno es lo que nace. Mi afición desde niña fue la pintura, es un regalo que Dios me dio y creo que se refleja en esta mansión”. Con una voz pausada, recuerda esa niñez, marcada por problemas de salud que se traducían en inyecciones mensuales. Su padre, para contentarla y como premio por su valentía, le traía una caja de pinturas. “El secreto está en valorar esos dones y saber utilizarlos”.

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Tuvo una “escuela japonesa” gracias a la visión de sus padres. “Comencé de bodeguera de perfumería —cuenta Eljuri—, anotando la mercadería que se iba a despachar. Así aprendí del negocio, desde abajo”. Fue escalando hasta llegar a diversos cargos, entre ellos la presidencia del grupo por un periodo. Entre las enseñanzas que atesora están las palabras de su progenitor: “Para poder mandar tienes que saber”. 

Así, esta cuencana se convirtió en la fundadora de Las Fragancias. Sin tener conocimientos de contabilidad, llevaba su libro de órdenes, que aún está en su archivo personal. Inició en el garaje de su casa, por la falta de dinero, lo que le permitió compartir con sus tres hijos. “No teníamos para una oficina y pasaba el tiempo con los niños, planchaba los pañales y hacía todas las cosas que hace una madre. Siempre pensé que no era la cantidad de tiempo que dedicaba, sino la calidad”, explica, al hablar sobre su rol como mamá.

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¿Cuál es la faceta que más disfruta? La respuesta fue “todas”. Durante estas décadas ha incursionado en arte, en turismo, en negocios… y ha tenido la capacidad de “girar las páginas”. No añora los cargos o el pasado, sino que cierra el libro y continúa con otra actividad, donde el común denominador son la disciplina, el amor por las cosas y el conocimiento, algo que ha inculcado a sus descendientes. 

“Yo no estudié, yo lo viví. En mi casa, escuchaba sobre historia, sobre la Segunda Guerra Mundial, sobre la revolución de Cuba…”.

Su mundo fue de hombres, creció con sus hermanos (Juan, Jorge y Henry, quienes ya fallecieron) y luego, en su propio hogar, también estuvo rodeada de varones. Eso le dio un control y una inteligencia emocional muy grande, que le ayuda en su liderazgo. Es de las personas a quienes les gustan la eficiencia y la rapidez. Es muy clara y frontal. “No me voy por las ramas, para mí blanco es blanco y negro es negro. Yo no mando mensajes con nadie. Siempre soy muy decidida con las cosas. Tengo la fama de ser una mujer muy brava, pero siento que es por mi disciplina. Las cosas tienen que estar bien hechas”.

Gladys Eljuri Cuenca Ecuador
Gladys Eljuri Antón, en uno de los salones de la Mansión Matilde, en Cuenca, Ecuador. Fotos: Pavel Calahorrano Betancourt.

No desconoce que eso puede chocar muchas veces con sus colaboradores. “Espero que los departamentos y las personas cumplan sus obligaciones con la visión de la compañía porque primero están las instituciones y luego nosotros”. Ella y su hermana son las únicas con vida de la segunda generación, a lo que se suman sus cuñadas. Actualmente, ya está ingresando a sus filas la cuarta generación. “En este grupo nadie manda sobre nadie, siempre vemos el pro de la compañía. Estamos juntos y cada uno se dedica a cosas diferentes, donde yo no me meto. Sin embargo, a la oficina familiar llegan todos los informes que nos ayudan a tener una empresa organizada”.

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El grupo genera, aproximadamente, 25.000 empleos y bajo su tutela directa están cerca de 1.500 personas. Le gusta trabajar con comités pequeños, pero capaces y con conocimiento. En sus primeras entrevistas, cuando “jugaba a ser empresaria”, Eljuri recuerda que decía que “detrás de una empresaria está un grupo maravilloso” y aún lo sostiene. “Mi éxito es el éxito de la compañía”. Un ejemplo de esto es el aniversario número 100 de Almacenes Juan Eljuri, fundado el 14 de diciembre de 1925. Según cifras de la Superintendencia de Compañías, Valores y Seguros, en 2024 tuvo ingresos totales por US$ 160,6 millones, con activos por US$ 332 millones y un patrimonio de US$ 36 millones.

Pocos negocios llegan al centenario y —de acuerdo con Eljuri— esto es gracias al trabajo de los fundadores, quienes hicieron la parte más complicada. “Mi mamá decía que hacer el primer millón es difícil: ‘cuida los centavos, que los millones se cuidan solos’, nos repetía”. Y, sin duda, pensar en conseguir la distribución de radios Telefunken en Alemania, hace 100 años, no fue una tarea sencilla por los viajes en barco, las cartas y, sobre todo, el tiempo.

“Ahora mantenemos ese legado, con el ejemplo para los que vienen detrás”.

Nos recibió, para esta entrevista, en su Mansión Matilde, “su caramelo”. Un negocio que muestra esa versatilidad que la caracteriza y recoge ese gusto que la acompaña desde siempre. En 1996, su esposo compró la casa, que guarda su pasión por la decoración y por ser ama de casa. “Recuerdo que de niña jugaba sola a tomar el té y siempre me quedó esa inquietud”. Intervinieron la construcción del siglo XIX, que estaba destruida por los años, en 2012. La decoración, la restauración, los papeles, el menaje, todo es hecho por ella. “Me salió el arquitecto y el dibujante”. Cada detalle fue pensado para crear un espacio acogedor. El inmobiliario fue rematado en anticuarios y fácilmente te transportan a otra época.

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Abrieron a finales de 2020, la idea del salón se expandió a un restaurante y a un bar. Funcionan tres en uno, divididos por cuatro salones, con un aforo de 130 personas. Solo en menaje la inversión llega a US$ 450.000 y la restauración de la casa llega a las siete cifras. Alrededor de 1.100 personas visitan sus instalaciones al mes, con un ticket promedio de US$ 28, entre el salón de té y el restaurante. En este último, cuentan con una cocina caliente y fría, con una operación de 16 personas. ¿El servicio más solicitado? Sus tazas de té. “Son un ícono en la ciudad, con un palillero, tipo inglés, con bandejas de niveles con canapés de sal y de dulce”. Se vive una experiencia integral que te permite retroceder en el tiempo, con una ambientación muy fiel a lo que era una casa de lujo hace más de 100 años. Es un aporte turístico para Cuenca, sobre todo para el centro histórico.

Nos despidió con una gran sonrisa. Fuera de las horas laborales —según sus propias palabras— es muy chistosa, risueña y dulce. No usa maquillaje y no aparenta la edad que tiene. Dejó la ropa negra, que usaba por la pérdida de sus hermanos. Hoy, el blanco y el color dominan su ropero, el gesto firme dicta el ritmo y el apellido del Eljuri sostiene un siglo de historia empresarial. Su legado será siempre el amor por las cosas bien hechas y la capacidad de unir a la familia en torno a un propósito común. (I)

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