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"Comprar longevidad": el lujo de vivir 8000 días más al que pocos pueden acceder

Joseph Coughlin

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Mientras laboratorios y millonarios apuestan a extender la vida con tratamientos costosos, crece la brecha entre quienes pueden pagar años extra y quienes apenas acceden a un médico.

15 Febrero de 2026 14.20

Antes de presentar en la Feria de Electrónica de Consumo (CES) en Las Vegas, pasé más tiempo del habitual en tiendas como Best Buy y Apple. CES suele mostrar cómo imagina el futuro la industria tecnológica, pero son los comercios los que dejan ver lo que la gente realmente compra. Y lo que me sorprendió fue cuánto espacio en las estanterías se dedicó, de forma discreta, a algo inesperado.

Lo que vi no eran solo productos electrónicos, sino los primeros indicios de cómo la tecnología empieza a transformar la longevidad y la planificación de la jubilación. No se trataba solamente de pantallas planas, videojuegos o celulares, sino de tecnologías diseñadas para controlar, organizar y motivar mi conducta con un objetivo claro: ganar más tiempo. Los pasillos dedicados al "Hogar Inteligente" se ubicaban uno al lado del otro, casi sin interrupciones, con cada vez más stands que prometían soluciones de "Salud y Bienestar".

Monitores de sueño, puntuaciones de recuperación, paneles de salud, apps de coaching. Dispositivos que ya no prometen solo productividad o entretenimiento, sino también más años de vida. Lo que antes estaba en clínicas, laboratorios o centros de bienestar, ahora se empaqueta, tiene precio y se vende en tiendas.

La longevidad, al parecer, se volvió parte del consumo masivo. Vivir más tiempo ya no depende solo de haber heredado buenos genes; ahora es algo que se puede comprar.

De ganancia inesperada a gasto operativo

Muchas veces pensamos la longevidad como un regalo: años extra que nos da la ciencia, la medicina o una vida con menos sobresaltos. Pero cada vez más, esa idea pierde fuerza. Hoy, vivir más tiempo se parece menos a un golpe de suerte y más a un gasto que exige planificación, mantenimiento y pagos constantes.

En otras palabras, la longevidad empieza a parecerse a una nueva tasa de vida. En el mundo de los negocios, la tasa de ejecución describe los costos fijos que hacen posible que una empresa siga funcionando: alquiler, sueldos, infraestructura. No es una inversión puntual, sino el costo de seguir en actividad. El precio de permanecer en el juego.

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Muchas veces pensamos la longevidad como un regalo: años extra que nos da la ciencia, la medicina o una vida con menos sobresaltos.

Algo similar ocurre con la longevidad, que se transforma, sin demasiado ruido, en un gasto constante para las personas, sobre todo en la jubilación.

En los últimos diez años, el envejecimiento saludable dejó de ser solo un consejo médico y se convirtió en parte de la infraestructura de la vida cotidiana. Surgió un ecosistema cada vez más amplio de tecnologías y servicios, muchas veces reunido bajo la etiqueta AgeTech, que busca impulsar una vida más larga y con mejor salud.

Los dispositivos wearables ahora estiman la edad funcional e incluso el ritmo al que envejecemos. Los avances en epigenética refuerzan la idea de que nuestras conductas diarias influyen en cómo se expresan los genes. La inteligencia artificial promete una biología cada vez más personalizada, con intervenciones adaptadas a cada persona y no al promedio.

La fuerza, el descanso y la recuperación ya no aparecen como simples recomendaciones de estilo de vida. Hoy se tratan como tareas de mantenimiento de sistemas esenciales, activadas por un anillo, un reloj o algún otro dispositivo portátil —o incluso por un "robot" que emite pitidos, luces o vibraciones.

Nada de esto representa un problema en sí mismo. Muchas de estas herramientas resultan útiles. Pero modifican la economía de lo que significa vivir más tiempo.

Las generaciones anteriores solían pensar los gastos de salud como algo concentrado en el final de la vida. Hoy, en cambio, los consumidores empiezan a presupuestar —de forma explícita o no— varias décadas de gestión de la longevidad: suscripciones, dispositivos, asesoramiento, diagnósticos, sistemas alimentarios específicos, adaptaciones en el hogar, y el tiempo y la atención que hace falta para que todo eso funcione.

La longevidad ya no es solo algo que atravesamos o que tenemos la suerte de disfrutar. Cada vez más, se convierte en algo que gestionamos, controlamos y compramos.

La nueva ecuación de la jubilación

Este cambio transforma de manera profunda lo que entendemos por jubilación.

Durante buena parte del siglo XX, planificar el retiro giraba en torno a una sola pregunta: ¿Me va a alcanzar la plata? Esa duda sigue siendo clave. Pero hoy ya no alcanza con plantearla en esos términos. Se suma una nueva incógnita: ¿Cuánto cuesta sostener una vida larga?

Vivir más tiempo requiere manejar una complejidad creciente con el paso de los años.
Vivir más tiempo requiere manejar una complejidad creciente con el paso de los años. 

Ese costo no se mide solo en plata. También es mental, emocional y físico. Vivir más tiempo requiere manejar una complejidad creciente con el paso de los años. La longevidad, la agilidad mental, la fuerza muscular y otras capacidades que van cambiando necesitan inversión en tecnología, rutinas nuevas y una fuente constante de motivación y disciplina. Aunque la tecnología y ciertos hábitos pueden ayudar a extender la vida activa, eso no garantiza, por sí solo, una buena calidad de vida.

Conviene pensar en lo que esto implica a lo largo de los aproximadamente 8000 días que muchas personas viven hoy después del retiro. Es un tramo de tiempo similar al que va desde el nacimiento hasta la adultez, o desde los primeros años como adulto hasta la mediana edad.

Los wearables pueden decirnos qué tan bien dormimos, pero no cómo organizar días largos sin una rutina clara. Las plataformas pueden ayudar a optimizar la recuperación, pero no reemplazan la identidad que muchas personas pierden cuando dejan de trabajar. Los sensores pueden detectar riesgos, pero no garantizan que alguien lo note cuando algo anda mal.

Buena parte del ecosistema actual ligado a la longevidad parte de la idea de que existe una red de apoyo social que, en muchos casos, ya no está. Cada vez más personas envejecen solas. Las familias son más chicas y están más dispersas. Las redes informales de cuidado se debilitaron. Se vive más tiempo, sí, pero muchas veces en soledad. La próxima frontera del AgeTech no pasa por sensores más precisos ni por robots más personalizables. El verdadero desafío será construir un mejor andamiaje para la vida cotidiana.

Los costos ocultos de una vida más larga

En este punto, la idea de que la longevidad funciona como una tasa de ejecución empieza a incomodar. Expone una brecha entre lo que intentamos optimizar y lo que realmente necesitamos para vivir bien durante más años.

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Buena parte del ecosistema actual ligado a la longevidad parte de la idea de que existe una red de apoyo social que, en muchos casos, ya no está.

El problema no es que estemos destinando demasiados recursos a la ciencia o a la tecnología enfocada en extender la vida. El verdadero riesgo es que estemos invirtiendo poco en la experiencia cotidiana de esa vida más larga: el vínculo con otros, la estructura diaria, el sentido, el sentirse valioso para alguien más. Estos aspectos no aparecen en los paneles de control ni en las apps. Pero si se los descuida, tienen un costo real: aislamiento, desconexión y una calidad de vida que se deteriora, aunque un robot al lado de la cama muestre una carita feliz o el reloj indique que se cumplieron todos los objetivos de salud del día.

También hay una dimensión de equidad que merece más atención. El mercado que empieza a formarse en torno a la longevidad parte de una serie de supuestos: acceso a tecnología, precios accesibles, información, flexibilidad, autonomía y capacidad de elegir. Cada vez más, se presenta la longevidad como una cuestión de responsabilidad individual: administrar datos, hábitos y riesgos. Pero cuando esa responsabilidad no viene acompañada de una red de asesoramiento, servicios y apoyo accesible y sostenida en el tiempo, se convierte rápido en un privilegio que no está al alcance de todos. La preparación —y no solo el deseo— va a ser lo que determine quién podrá realmente aprovechar una vida más larga.

Una llamada de atención para quienes trabajan en finanzas y planificación de la jubilación

Para quienes se dedican a las finanzas, este cambio debería funcionar como una señal de alerta. La planificación de la jubilación ya no puede limitarse a calcular activos y flujos de ingresos. También tiene que incluir la gestión de la longevidad como un gasto constante. Un gasto que abarca salud, tecnología, vivienda, atención y vínculos sociales.

La pregunta ya no es solo si va a alcanzar la plata, sino si la vida misma está pensada de forma sostenible durante esos 8000 días que vienen después de dejar el trabajo.

Me llama la atención que buena parte del futuro que se mostrará gira en torno al tiempo: comprarlo, organizarlo, estirarlo. Pero el tiempo, al final, no es gratis.

La gran pregunta que enfrentamos ahora no es si podemos sumar más tiempo. Es si entendemos cuál es el verdadero costo de la longevidad y si estamos creando vidas, tecnologías y planes que permitan aprovechar mejor esos años extra.

*Con información de Forbes US.

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