Parece mentira que en este mismo instante he empezado a escribirte en pasado cuando hace pocos días solo nos importaba el hoy y el futuro inmediato (el de la siguiente ocasión en que nos veríamos, siempre en plan familiar o en la fiesta venidera). Hablábamos entonces de la reunión de navidad, de los ausentes y confirmados, del jaleo de juntar otro año a una familia cada vez más numerosa como lo hemos hecho casi sin interrupciones desde que éramos niños. Te acuerdas, querida Claudia cuando nos sorprendía en la penumbra de la sala el delicado tintineo de una campana y salíamos en estampida de la cocina para descubrir, aterrados y nerviosos, un Papá Noel algo esmirriado, nebuloso y volátil, que desaparecía por la puerta principal después de dejar un reguero de regalos que jamás habrían cabido en aquella escúalida bolsa de lana que se esfumaba vacía. Fue el engaño más hermoso de nuestra infancia.
Nos motivaba en esos días iniciales del pasado diciembre la necesidad de vernos todos en ocasión tan especial porque bien podría ser la última en la que estuviéramos juntos. Ahora rescato algunas palabras y mensajes que cruzamos esos días: quién sabe lo que pasará el año entrante; los mayores envejecen y la tercera generación empezará a tener hijos; muy pronto será imposible reunir a todos… Y, como siempre sucedía en aquellos festejos que terminaban siendo más paganos que piadosos, clausuramos juntos la fiesta poco antes del amanecer (en esa ocasión, no sé por qué, lo hicimos sin la fotografía de rigor, o tal vez no lo recuerdo y no la he visto, o quizás la tenías tú y se te quedó en el teléfono sin enviar, como tantas cosas que hoy estarán allí archivadas para siempre).
Lo increíble, lo insólito, lo absurdo, es que seas tú la que se fue antes que todos los que estuvimos allí en la última reunión de diciembre y que, por desgracia, teníamos razón en nuestros presagios funestos y hoy tan solo conservamos como un tesoro esa colección de risas, recuerdos, brindis y alegría de una noche larga como tantas otras que coleccionamos a lo largo de la vida.
En tú último mensaje de enero me decías: “Mañana vamos a comprar las entradas, anímense a venir a la fiesta del 6.” Al final no nos animamos y ya no nos pudimos ver más. Lo que nos cayó a continuación fue la noticia de tu repentina operación, de que todo estaba bien pero era necesaria una cirugía; luego supimos que la cirugía había salido bien, que ya estabas en la habitación y, de pronto surgió una complicación, y luego otra y otra más, y nunca nos hemos arrepentido tanto de no haber ido a esa fiesta para atesorar otro recuerdo más de ti, querida Claudia.
Pero, en realidad, recuerdos es lo que más conservamos en común. Desde los juegos infantiles en el departamento de tus papás, en la huerta de tus abuelos maternos, en las calles solitarias y polvorientas de Ballenita o en la buhardilla de la casa vieja de los tíos en Miraflores, hasta las primeras fiestas en las que transitamos por la adolescencia y un día nos dimos de bruces contra el mundo real, este mundo en el que la muerte se convierte en una visitante asidua e implacable que no mira ni distingue edades ni mide en modo alguno los daños colaterales que deja a su paso.
Luego la vida, querida Claudia, te regaló el amor de un hombre extraordinario. No podré olvidar jamás la entereza con la que te despidió hace unos días, la fuerza con la que sostuvo a tus hermanos, a los tíos, a tus cuñadas y, en especial, a tus hijos, que son también unos gigantes de los que debes sentirte muy orgullosa. A pesar del vacío que hoy los envuelve (nos envuelve), tus hijos saldrán adelante y serán felices, pues tu esencia está en ellos y esta honda herida solo los hará más fuertes y poderosos en la vida.
Las últimas horas han transcurrido como en una pesadilla lenta y confusa de la que quisiéramos despertar lo antes posible. Poco a poco empezamos a comprender que no se trató de un mal sueño y que cada vez que nos despertemos tu ausencia rondará la vida de la familia. Y, sin embargo, me atrevo a pensar que, allí en el otro lado, ya sin tiempo que apremie o angustie, ya sin tristeza y sin dolor ni reproches ni miedos ni dualidad alguna, para ti será tan solo un parpadeo el que medie este instante de separación entre ti y los tuyos.
Finalmente te cuento, querida Claudia, que entre la tristeza, el asombro y el desconcierto que ocasionó tu partida, fuimos testigos del cariño inmenso que tanta gente sentía por ti. Una multitud de amigos se sumó a la familia para tu despedida, y en cada lágrima, en cada abrazo, en cada beso de condolencia había un recuerdo hermoso para ti. Y es que, por lo visto, además de ser luz para nosotros, también iluminaste muchas otras vidas a tu paso, y eso se siente aún en medio de este desconsuelo.
A la memoria de Claudia Vela.