Cómo la incertidumbre en el trabajo alimenta el síndrome del impostor y qué hacer si te sentís así
Kim Meninger Contribuyente
Kim Meninger Contribuyente
El síndrome del impostor se distingue por el miedo a que otros descubran a una persona como un fraude. Quienes lo padecen suelen tener problemas para reconocer su propio éxito y, en cambio, explican sus logros por la suerte o por una oportunidad puntual. Entre los grupos con más chances de atravesarlo aparecen las personas con alto rendimiento académico, los integrantes de sectores subrepresentados y los profesionales de áreas muy competitivas.
Aunque el síndrome del impostor suele vincularse con ciertas dinámicas familiares tempranas, algunos rasgos de personalidad y distintas transiciones de vida, no responde solo a una vivencia interna. También pesa, y mucho, el contexto. Los ambientes de trabajo con alta presión, las desigualdades estructurales, la falta de seguridad psicológica y otras condiciones del entorno empujan a muchos profesionales a poner en duda su capacidad. Por eso, más que un estado permanente, este síndrome funciona como una respuesta puntual frente a determinadas circunstancias externas.

Si bien la investigación que conecta de forma directa el síndrome del impostor con la incertidumbre todavía es acotada, las condiciones que lo alimentan sí ganaron terreno. El estrés, el agotamiento y la inseguridad laboral se volvieron más frecuentes. A eso se suman la disrupción constante, las exigencias cada vez más altas y una comparación social más intensa, que también refuerzan este fenómeno.
Según el informe "Estado del lugar de trabajo global 2026" de Gallup, la confianza en el mercado laboral cayó, mientras que el estrés diario siguió en 50%. Las investigaciones muestran que la inseguridad laboral golpea de manera negativa en la autoeficacia, es decir, en la confianza en la propia capacidad para resolver con éxito tareas específicas. En los profesionales que ya dudan de sus capacidades, un escenario con más incertidumbre y menos seguridad laboral puede elevar el estrés y profundizar la sensación de impostor.
En un contexto de inestabilidad y presión cada vez mayor, confiar en la propia competencia se vuelve más difícil. Cuando el cerebro ya está en alerta por posibles riesgos, crecen las chances de que interprete la ambigüedad como una señal de falta de preparación para el puesto. Así se forma un círculo vicioso: la incertidumbre externa alimenta la inseguridad interna y, a la vez, esa inseguridad termina por afectar el desempeño laboral.

El síndrome del impostor puede aparecer de varias formas: desde el retraimiento en conversaciones estratégicas hasta la reticencia a buscar nuevas oportunidades o el exceso de análisis sobre el trabajo actual. La ansiedad que genera también puede bajar la concentración, la creatividad y la capacidad para resolver problemas. En momentos de mayor presión por demostrar el propio valor, esos efectos incluso pueden afectar el rendimiento y agravar la inseguridad laboral.
Si sentís que esa sensación de impostor creció a partir de la incertidumbre en el trabajo, hay tres estrategias que pueden ayudarte.
A quienes atraviesan el síndrome del impostor muchas veces les cuesta pedir ayuda. Las expectativas poco realistas sobre todo lo que una persona debería saber o resolver por su cuenta pueden hacer que buscar apoyo parezca riesgoso, sobre todo cuando pesa la presión por demostrar el propio valor. Además, pedir ayuda puede despertar el temor de que los demás descubran que esa persona no es tan capaz como creen.
Pedir ayuda no es una señal de debilidad, sino una muestra de criterio. Ningún empleado cuenta con todas las habilidades ni con toda la información necesaria para alcanzar un objetivo. El éxito llega a partir de la colaboración, el intercambio de conocimientos y el acceso a la experiencia adecuada. Por eso, en lugar de pensar "Debería saber esto", preguntate: "¿Quién puede ayudarme a aprender esto?".

Contar con ayuda mejora la eficiencia, fortalece los vínculos y refuerza la confianza en tu capacidad para desempeñarte. Aunque en el momento puede resultar incómodo, esa decisión baja el estrés que genera enfrentar la incertidumbre en soledad.
El síndrome del impostor suele distorsionar la manera en que evaluamos nuestro propio desempeño. Cuando la inseguridad gana terreno, la atención se concentra en lo que salió mal, mientras que los aportes propios quedan relegados. Con el paso del tiempo, eso arma una imagen incompleta y, muchas veces, poco precisa de nuestras capacidades.
Para compensar ese efecto, conviene hacer visibles tus aportes. Una buena forma de empezar consiste en registrar tus logros a medida que ocurren. Anotá ejemplos concretos de problemas que resolviste, decisiones en las que influiste, vínculos que fortaleciste y resultados que ayudaste a impulsar. Cuanto más específico seas, mejor. ¿Qué cambió a partir de tu participación? ¿Qué habría pasado si vos no hubieras estado ahí?

Con el tiempo, esta práctica fortalece tu punto de referencia interno. En vez de apoyar tu valoración personal solo en la validación externa para sentir que merecés tu lugar, podés basarla en hechos concretos. Así quedás menos expuesto a los altibajos emocionales que suelen aparecer en contextos de cambios rápidos.
Los períodos de transición suelen intensificar el síndrome del impostor. Los cambios rápidos e inesperados pueden desestabilizar y volver más difícil la adaptación. Además, la ansiedad que traen esos procesos puede profundizar la inseguridad. Sin embargo, aunque el cambio incomode, también puede abrir una puerta.
A medida que avanza ese proceso, aparecen nuevas maneras de poner en juego tus fortalezas y también chances de desarrollar habilidades nuevas. La clave está en identificar de forma activa en qué espacios podés aportar. Para eso, conviene alinear tus habilidades y capacidades con las necesidades actuales de la empresa. ¿Qué problemas exigen más atención? ¿Qué vacíos podés cubrir? ¿Qué iniciativas necesitan habilidades que te interesa fortalecer?

Cuando ponés el foco en dónde podés aportar valor, la sensación de impostor suele perder fuerza. La atención deja de quedar atrapada en la voz crítica interna y pasa a concentrarse en los espacios donde podés resultar más útil. Además, ganás visibilidad e influencia a partir de iniciativas que refuerzan tu sensación de capacidad.
La incertidumbre, una constante en el ámbito laboral actual, profundiza las condiciones que activan el síndrome del impostor. Aun así, si apostás por pedir ayuda, reconocer tu valor y mirar el cambio como una oportunidad, vas a sentirte más seguro y vas a manejar mejor la inseguridad.
IMAGEN DE APERTURA: GETTY
Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.