Elizabeth Frías Rivas Periodista
El primer empleo de Ana Dolores Román representó un importante crecimiento profesional y un verdadero salto de fe. Una semana después de graduarse de Administración de Empresas y Marketing en la Universidad San Francisco de Quito, aceptó su primer trabajo en la farmacéutica Parke Davis, que en 2000 pasó a formar parte de Pfizer. Años más tarde decidió trasladarse a Bogotá (Colombia), para cubrir temporalmente una posición por maternidad. "La idea era quedarme tres meses, pero esa estadía se extendió por una nueva propuesta para especializarme en otro puesto y terminé alojándome por tres años en ese país", recuerda.
Inició como practicante de mercadeo y poco a poco fue creciendo dentro de la compañía norteamericana. Pasó por distintas áreas, como la gerencia de producto y de unidades de negocio, hasta asumir responsabilidades regionales. En total, permaneció tres décadas en la firma, incluida la época en que cambió de propiedad.
En su primer día de trabajo, la curiosidad fue su principal guía. Uno de sus grandes propósitos fue ser una esponja frente a todo lo que estaba por aprender: "Quería conocer el mercado, entender la compañía, familiarizarme con sus procesos y, sobre todo, saber quiénes serían las personas con las que trabajaría".
Ese primer empleo terminó siendo mucho más que una puerta de entrada al mundo laboral. Allí desarrolló una buena parte de su experiencia en gestión, liderazgo y formación de equipos, además de aprender a desenvolverse entre diversos mercados. Sin embargo, su vínculo con el sector de la salud había comenzado mucho antes.
Esta quiteña de 52 años siempre estuvo rodeada de dos mundos que terminaron definiendo su vocación: la medicina y la administración. Sus abuelos maternos, Luis y Judith, fueron un pilar fundamental e inspiración para su futura carrera. Como médicos y dueños de la Clínica Imbabura, dejaron una huella profunda en ella. "Jugaba con calculadoras, máquinas de escribir, facturas y cheques que encontraba. Veía a las personas que llegaban a atenderse con mis abuelos; miraba sus caras, a veces de dolor, pero cuando salían tenían otro rostro. A mí eso siempre me impactó".
Ana Dolores siempre tuvo inclinación por los números, habilidad que le permitió destacarse en la escuela y el colegio, donde llegó a ser escolta del abanderado. Pero no todo era estudio: también le gustaba el fútbol y salto alto con sus compañeros.
Otra característica que la define es la determinación heredada de su abuela Judith, una de las primeras médicas de Ecuador. En una época en la que las mujeres enfrentaban severas restricciones para acceder a la educación superior, su abuela decidió trasladarse desde Latacunga hasta Cuenca para estudiar y, posteriormente, graduarse en Quito. "Ella cumplió su propósito y su sueño de ser médico", destaca su nieta con una sonrisa. (I)
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