Daniela García Noblecilla Editora digital
A una hora de Guayaquil, donde el ruido de la ciudad se disuelve y el verde empieza a dominar el horizonte, Hacienda La Danesa invita a vivir el turismo en el campo. Está ubicada entre Naranjito y Bucay, en el umbral de la imponente cordillera de los Andes. Es una propiedad centenaria, de 500 hectáreas, donde el lujo también puede oler a tierra húmeda, cacao recién tostado y árboles que se mecen sin prisa.
Aquí, el turismo rural es una experiencia de confort y aventura, y una hospitalidad que honra las raíces agrícolas del Ecuador. Es una travesía que seduce al viajero exigente que busca, por fin, un lujo más auténtico.
Forbes Ecuador llegó a vivir una experiencia distinta en pleno campo. El calor envolvente, el ruido de los árboles y la presencia del ganado nos recordaban que aquí el placer se escribe de otra manera.
La entrada a La Danesa se impone desde el primer vistazo. Una hilera de árboles de teca que superan los 30 metros de altura escolta el camino empedrado, donde se crea un túnel que parece no tener fin. A lo lejos, los caballos pastan, trotan, se detienen a mirar al visitante como si fueran parte del protocolo de bienvenida.
Al llegar a las instalaciones, uno entiende de inmediato que esta será una experiencia diseñada para activar todos los sentidos. Los potreros son como postales y el personal te recibe como si estuvieras en una casa que siempre fue tuya. Al frente, una casona domina el paisaje. Es imponente y tiene ese aire de historia que despierta la curiosidad de quien la mira por primera vez.
A la derecha, el lobby: un edificio con una infraestructura similar a un establo nos dice que, incluso en medio del campo, la hospitalidad aquí tiene una coreografía impecable. Nos reciben con toallas húmedas y tibias que llevan un aroma sutil, mientras se encargan de nuestras maletas y nos ofrecen una bienvenida con la que se inicia esta aventura.
Sus orígenes
La historia de La Danesa comienza con la familia Olsen, de origen danés, cuya visión agrícola marcó el destino de estas tierras. La propiedad original abarcaba 1.500 hectáreas que luego fueron divididas entre los hijos del patriarca. A Niels Olsen Pons y su esposa, Sonia Peet, les correspondió la porción que con el tiempo se convertiría en esta hacienda emblemática.
En sus primeros años (desde 1978), la finca funcionó bajo el nombre Agrícola Danesa y se dedicaba al cacao y al arroz, con su propia piladora. Sin embargo, cuando los precios del cacao cayeron, la familia incorporó la ganadería, maíz de ciclo corto, banano, caña de azúcar y plantaciones de teca, y así hicieron de la operación agrícola un mosaico productivo que mantenía viva la economía familiar.
La casa principal, donde habitan los fundadores, fue también protagonista de esa evolución. Los Olsen Peet se empeñaron en conservar su esencia. Huele a madera y la estética es costeña. Tiene un espíritu de farmhouse decorada con intuición, con toques ecuestres, alfombras de cuero y lámparas de hierro forjado. Es una casa que sobrevivió al paso del tren, que antiguamente recorría la parte trasera de la propiedad. En esa época, el paisaje incluía una estación muy activa, donde se comercializaba paja toquilla y se cargaban cajas de banano rumbo al puerto de Guayaquil. @@FIGURE@@
El giro turístico llegó con la siguiente generación. Fue idea de Niels Olsen Peet transformar la hacienda familiar en un espacio hospitalario. Aunque en un inicio Sonia dudaba de abrir su intimidad al público, terminó apoyando el proyecto. La llegada del famoso Tren Crucero en 2007 consolidó la apuesta. Viajeros nacionales e internacionales tenían una parada programada en La Danesa, y pasaban entre cuatro y cinco horas en la propiedad.
La familia les ofrecía almuerzos campestres, shows montuvios, ordeño de vacas y la experiencia del cacao. Para muchos visitantes, aquello era un lujo rural auténtico, cercano, vibrante.
Los días en el campo
Durante dos días intensos nos propusimos vivir La Danesa en primera fila. Los precios varían según la categoría y la temporada, pero todas las habitaciones (siete en total) incluyen una experiencia de descanso absoluto y gastronomía. En temporada regular, las Heritage Bedrooms empiezan en US$ 430 por persona, mientras que las Restored Stables y los Garden Cottages —más amplias y sofisticadas— rondan los US$ 592 por persona, siempre con impuestos y servicio incluidos.
En los meses de mayor demanda, las tarifas se ajustan ligeramente, y las habitaciones superiores bordean los US$ 504 por persona. Para familias, los niños menores de 12 años pagan solo la mitad si comparten habitación y el suplemento por ocupación individual es del 30 %. Algunas categorías permiten cama adicional, lo que facilita viajar en grupo sin perder comodidad. Este sitio cuenta con paquetes de cinco días y cuatro noches con un costo de US$ 3.354 en temporada alta.
Las habitaciones conservan el espíritu de lo que alguna vez fueron establos. Techos altos con vigas de madera expuesta, tonos cálidos y una estética rústica. Hay lámparas con luz cálida, muebles de líneas simples y una paleta neutra que nos invitó a bajar el ritmo.
El baño es amplio y luminoso. Tiene una ducha con un ventanal que enmarca el atardecer como si fuera parte del diseño interior. Algunos de los dormitorios tienen vista hacia un pequeño patio privado que se abre hacia pastizales por donde se paseaban los animales, lo que nos recordaba que aquí la naturaleza está a centímetros de distancia.
Sobre la cama, un par de sombreros pensados para usar durante tu estadía y un chocolate de cortesía. Una tarjeta escrita a mano completa una bienvenida sencilla, cálida, auténtica.
La tarifa contempla un esquema full board, que hace que la estadía se sienta como un retiro sin prisas, desayunos, almuerzos de tres tiempos y cenas sabrosas. @@FIGURE@@
La propuesta gastronómica es un homenaje al territorio. La cocina rescata productos locales —muchos de ellos provenientes de la propia hacienda— y recetas heredadas e interpretadas desde una rusticidad. El menú rota cada cuatro días para asegurar frescura, evitar desperdicios y mantener al equipo en un aprendizaje constante.
Así, un almuerzo puede comenzar con un biche de pescado, seguido de un lomo fino que recuerda al bistec casero, preparado con una salsa de tomate, pimiento y cebolla. O quizá aparezca un ceviche estilo Jipijapa, con base de maní, pescado dorado y chifles hechos en casa. Los pescados —mahi-mahi o corvina— llegan al horno en papillote y se acompañan con arroz, patacones y ensalada criolla. Todos los platos mantienen esa elegancia sencilla que define al lugar.
Los postres son una celebración de la estacionalidad. Hay mango a la brasa con crema montada de cardamomo y canela, y preparaciones con babaco o un mousse de chocolate hecho con el cacao de la hacienda —puro, con poca azúcar y sin gelatina—.
Aproximadamente el 80 % de los ingredientes proviene de la zona o de la propiedad: leche recién ordeñada, quesos suaves, requesón, plátanos, piñas y el dulce de leche artesanal que es un sello de la casa.
Sobre las actividades, el objetivo era probar todas aquellas que definen este concepto de lujo rural y que, según el equipo, se concentran en cinco experiencias principales. Desde el primer recorrido entendimos que se trataba de una curaduría del campo ecuatoriano en su versión más sofisticada. La propuesta es inmersiva, didáctica, sensorial y, sobre todo, auténtica. Todo lo que ocurre allí está anclado a la historia agrícola de la familia, al territorio y a la naturaleza que lo rodea.
Fuimos a la plantación de cacao, donde aprendimos que el chocolate ecuatoriano es mucho más que un producto gourmet, es un patrimonio vivo. Entre árboles que crecen en 17 hectáreas orgánicas y 100 tecnificadas, descubrimos variedades, aromas y procesos que desconocíamos. Probamos el mucílago —lo blanco que envuelve las semillas— y que sorprende por su sabor a mandarina, guanábana o limón. Nos explicaron la diferencia entre el cacao fino de aroma, la joya ecuatoriana de exportación, y la variedad CCN-51, desarrollada tras décadas de investigación para resistir plagas y garantizar productividad.
Con esa materia prima, elaboramos chocolate artesanal y comprobamos cómo la fermentación, la selección de semillas y el tratamiento del cacao definen la complejidad de cada barra. Aquí se producen cinco tipos: desde las más dulces —31% con dulce de leche y sal marina, y 45% con leche— hasta opciones intensas de 85 %.
Luego vino una degustación de productos elaborados en la hacienda, hechos en pequeños lotes y únicamente para los huéspedes. Se producen semanalmente mermeladas, dulce de leche y barras de chocolate sin conservantes.
El ordeño en el jardín es otra experiencia que conecta con la dimensión más genuina de la hacienda. Con 200 vacas lecheras que producen entre 1.200 y 1.300 litros diarios, la actividad tiene dos tiempos en el día. La leche se reparte entre la industria y pequeños lecheros del cercano pueblo de San Antonio. A eso se suman actividades como el tubbing en el río, paseos en bicicleta y caminatas entre potreros.
Las cabalgatas, una actividad adicional, son otra faceta de la hacienda y su pasión por la crianza equina. Con 45 caballos, incluidos los reproductores, dos cuarto de milla Pinto importados de Texas, la experiencia ecuestre puede adaptarse de principiantes a jinetes avanzados y extenderse desde una hora hasta tres. Para quienes buscan algo más pausado, hay masajes en la habitación, excursiones de apicultura, visitas a cascadas en Bucay o clases de cocina gourmet ecuatoriana. @@FIGURE@@
En 2026, este sitio abrirá su spa —la primera obra de una expansión planificada— junto con siete nuevas habitaciones que ampliarán la capacidad del hotel boutique. Para 2027 está previsto el centro ecuestre, un espacio pensado para convertirse en punto de encuentro, un lounge abierto al campo donde los huéspedes podrán tomar un café, un coctel o simplemente contemplar a los caballos mientras respiran ese inconfundible olor a establo.
La inversión proyectada para estas obras ronda los US$ 5 millones, incluyendo hotel, residencias y el centro ecuestre. Este crecimiento se suma al desarrollo de las residencias privadas: una primera etapa de 16 espacios vendidos hace dos años y una segunda fase en marcha, que prevé cerca de 30 nuevos lotes para quienes buscan un retiro en el campo de la costa ecuatoriana. En 2024, la hacienda cerró con una facturación aproximada de US$ 500.000, según la Superintendencia de Compañías.
Sus anfitriones hablan del campo como una experiencia “fantástica” y “rica”, un entorno donde las familias encuentran un ritmo más humano y momentos inolvidables. Aquí, el lujo se expresa en la vegetación que crece día a día, en la siembra constante de árboles y en la atención al detalle.
La conexión con los animales es parte esencial de esta filosofía. Todo se sostiene en un servicio de cinco estrellas, cálido y genuino, dicen. Aquí, el campo no es un escape, es un privilegio. (I)