El secretario del Tesoro, Scott Bessent, fue objeto de burlas en el mundo financiero cuando intentó reducir las tasas de interés de largo plazo mediante una determinada maniobra de compra de bonos. Su intención resulta comprensible. El aumento de las tasas, en especial las de los créditos hipotecarios, perjudica a los republicanos en el debate sobre el costo de vida. Sin embargo, existe una alternativa mejor y más duradera para reducir el costo del financiamiento, que podría beneficiar tanto a Estados Unidos como a las economías del resto del mundo.
Bessent y el nuevo presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, deberían sentarse a definir un principio firme que rija la política monetaria: declarar que, de ahora en adelante, el principal objetivo de la Fed y del Tesoro será mantener estable el valor del dólar.
La Reserva Federal dejaría de sostener la idea equivocada de que la prosperidad provoca inflación y ya no intentaría frenar la actividad económica con el argumento de combatirla. El dinero debería medir el valor de la misma manera que un reloj mide el tiempo, una balanza mide el peso y una regla mide la distancia. Sabemos que los mercados funcionan mejor con unidades de medida estables. El tamaño de un galón no cambia todos los días, tampoco cambia la cantidad de pulgadas que tiene un pie y, del mismo modo, el valor de una moneda tampoco debería variar.
La definición misma de inflación monetaria implica una pérdida de valor de la moneda. Supongamos que acordás intercambiar una botella de vino por tres docenas de huevos, pero después la moneda se devalúa y recibís solo dos docenas. Te estafaron. O, según hacia dónde se mueva el valor de la moneda, podrías terminar con cuatro docenas de huevos y, en ese caso, la otra persona sería la perjudicada.
Cuando la gente confía en la moneda de un país, las tasas de interés son más bajas que en aquellos países cuyas monedas generan desconfianza. La divisa que mejor preservó su poder adquisitivo durante el último siglo fue el franco suizo. Hoy, el rendimiento de un bono del gobierno de Suiza a diez años apenas supera el 0,4%. En cambio, el bono del Tesoro de Estados Unidos a diez años rinde cerca del 4,7%, diez veces más que su equivalente suizo. A principios del siglo XX, cuando la libra esterlina gozaba de una confianza incluso mayor que el oro, los bonos perpetuos del gobierno británico tenían rendimientos del 2,5%.
Un anuncio de Bessent y Warsh que establezca como objetivo principal la estabilidad del dólar llevaría las tasas de interés generales a niveles inferiores a los actuales. Esto podría ocurrir incluso ante las enormes necesidades de financiamiento del gobierno estadounidense. Con el paso del tiempo, a medida que un dólar estable gane cada vez más credibilidad, otros países encontrarían más conveniente vincular sus monedas a la estadounidense. Si los gobiernos centraran su política en mantener monedas estables, se generarían condiciones para un crecimiento económico mucho mayor.
Con ese objetivo, Bessent y Warsh deberían cuestionar el mito, muy arraigado en el FMI, de que las devaluaciones vuelven a los países más competitivos y prósperos. En realidad, dificultan la creación de riqueza. ¿Cómo alcanzar esa estabilidad? El contexto no resulta adecuado para establecer un nuevo patrón oro, aunque este metal sigue como uno de los mejores indicadores de la inflación. La Fed podría señalar que toma como referencia el precio del oro, junto con una serie de materias primas y otras monedas, en especial el franco suizo.
La clave sería que el mundo supiera que, a partir de ahora, el objetivo es contar con un dólar estable y confiable.
*Este artículo fue publicado originalmente en Forbes.com.