Las acciones de SpaceX volvieron a superar el precio de US$ 135 fijado en su salida a bolsa, luego de que no se concretara la venta masiva que el mercado esperaba tras el vencimiento de las primeras restricciones. Con cada vez más títulos disponibles y una mayor presencia de inversores institucionales, la compañía enfrenta ahora una prueba más exigente para sostener su valuación.
La escasez fue uno de los motores del repunte inicial. Más tarde, la atención se centró en la posibilidad de que empleados e inversores originales se desprendieran masivamente de sus tenencias. Ese escenario no se materializó en la magnitud prevista y la cotización reaccionó al alza.
Esta transición me interesa más que cualquier debate sobre cohetes, Starlink o la posibilidad de que Elon Musk alcance otro objetivo ambicioso. SpaceX ya demostró que puede crear negocios extraordinarios. La discusión ahora pasa por la estructura accionaria, quién necesita liquidez, quién está dispuesto a absorber la oferta y qué papel desempeña Wall Street en la aparición de una nueva generación de compradores.
Ya escribí dos veces sobre este proceso. Antes de que venciera la primera restricción importante, me preocupaba que el mercado subestimara cuántos accionistas quedarían habilitados para vender y qué perfil tenían. El repunte posterior mostró que tener la posibilidad de desprenderse de los títulos no significaba necesariamente querer o necesitar hacerlo. Sin embargo, eso tampoco volvía irrelevante el aumento de la oferta.

Los mercados suelen prestar demasiada atención a lo que alguien tiene permitido hacer y muy poca a lo que sus incentivos realmente lo llevan a hacer.
SpaceX entra en las carteras de los grandes fondos
Durante el debut bursátil, solo una porción relativamente pequeña del capital social quedó disponible para su negociación pública. Los inversores habían esperado durante años la posibilidad de acceder a una de las empresas privadas más valiosas del mundo, y esa disponibilidad limitada impulsó la demanda.
El panorama comenzó a cambiar con el levantamiento de los bloqueos. La primera liberación importante habilitó la negociación de unas 912 millones de acciones adicionales, mientras se esperaban nuevos lotes para los meses siguientes. Barron's estimó que podrían quedar disponibles cerca de 3.000 millones adicionales antes de fin de año.
Al mismo tiempo, SpaceX empezó a atraer a los grandes inversores institucionales. Una empresa recién cotizada suma de manera gradual modelos de análisis, estimaciones públicas, precios objetivo, mayor liquidez y una base más amplia de fondos de inversión, aseguradoras y administradoras de activos. Con el tiempo, una eventual incorporación a índices bursátiles podría introducir otra variable.
La acción deja de ser un activo difícil de conseguir y comienza a competir por el capital con otras alternativas en las carteras de inversión profesionales. Este cambio también modifica el perfil del comprador marginal, es decir, del próximo inversor cuya decisión puede influir en la cotización.
En la salida a bolsa, los compradores buscaban acceder a una empresa que hasta entonces había permanecido en manos privadas. Después, la atención se centró en cuántas acciones podían ponerse a la venta al vencer las restricciones. Ahora, el próximo interesado probablemente sea un inversor institucional que deba decidir si destina parte de su cartera a SpaceX o a alternativas como Nvidia, Microsoft, Amazon y Alphabet.

Los análisis de Wall Street ayudan a responder esa pregunta o, al menos, les ofrecen a los gestores una base para evaluarla. Una vez que terminó el período de silencio, durante el cual los bancos involucrados tenían restricciones para publicar informes sobre la empresa, un amplio grupo de entidades presentó sus precios objetivo.
La media quedó cerca de US$ 225, con estimaciones que iban de US$ 190 a US$ 800. Goldman Sachs fijó su proyección alrededor de US$ 205, JPMorgan en US$ 225 y Morgan Stanley en US$ 300.
Existen argumentos válidos detrás de ese entusiasmo. SpaceX consiguió hacer realidad proyectos que parecían improbables. Los cohetes reutilizables cambiaron por completo los costos de lanzamiento, mientras que Starlink creó una plataforma global de comunicaciones a un ritmo extraordinario. La empresa apunta, además, a la infraestructura de inteligencia artificial, la conectividad, la fabricación y otras áreas que pueden ampliar considerablemente sus márgenes de ganancia.
No descartaría esas posibilidades únicamente porque las previsiones sean optimistas. Lo que me interesa es cuánto están pagando hoy los inversores por un éxito que todavía depende del futuro.
Algunas de las proyecciones más ambiciosas van mucho más lejos que los negocios actuales de lanzamientos y de Starlink. Para que se cumplan, SpaceX tendría que convertirse en una organización bastante más grande, con ingresos que algún día se midan en billones de dólares y no en miles de millones. Eso podría ocurrir. La empresa ya dejó en ridículo a quienes aseguraron que ciertos objetivos eran imposibles.
Sin embargo, existe una diferencia importante entre creer que puede llegar a ser extraordinaria y determinar a qué precio ese resultado es una inversión atractiva. Vi ese error repetirse durante tres décadas. Los inversores se enamoran del destino final y dejan de preguntarse cuánto de ese recorrido futuro ya quedó incorporado en la cotización.
Los intereses detrás de las proyecciones
Los bancos que ayudaron a SpaceX a salir a Bolsa obtuvieron comisiones importantes por la operación y ahora publican informes optimistas. Eso no significa que sus análisis deban descartarse. Los especialistas trabajan bajo normas destinadas a separar su labor de la banca de inversión. Por ese motivo, no asumiría que una estimación existiera simplemente porque un banquero le indicó a un analista qué debía escribir.

Aun así, es poco probable que SpaceX represente una operación aislada para Wall Street. Una organización con ambiciones de esta magnitud podría convertirse durante décadas en una fuente importante de emisión de deuda, financiamiento mediante acciones, asesoramiento y negocios en los mercados de capitales.
La oferta pública de junio recaudó por sí sola una enorme suma de dinero. Los futuros proyectos relacionados con Starship, la infraestructura de inteligencia artificial, las instalaciones de lanzamiento y otras iniciativas podrían requerir aún más recursos. Una proyección de US$ 205, US$ 225 o US$ 300 podría terminar incluso por debajo del valor futuro. De todos modos, quiero comprender el entramado comercial que rodea a quienes elaboran esas previsiones. No lo considero cinismo. Después de más de 30 años en los mercados, lo veo como parte del trabajo.
Los inversores responden a mandatos, los empleados necesitan liquidez, los bancos tienen clientes, los analistas trabajan con modelos y los fondos que replican índices siguen reglas. Ninguno de esos factores determina por sí solo cuánto vale un activo, pero juntos pueden influir considerablemente en quién lo posee y en qué momento.
Los primeros accionistas tenían en sus manos algo escaso. Empleados e inversores de capital de riesgo eran dueños de una participación en un negocio al que el público buscaba acceder durante años. La oferta pública modificó esa situación y el levantamiento de las limitaciones volvió a alterar el escenario.
La cobertura favorable de los analistas amplía el universo de potenciales interesados. Un gestor que no se sentía cómodo con la idea de invertir inmediatamente después del estreno dispone ahora de proyecciones de ingresos, estimaciones de márgenes, modelos de valuación e investigaciones que puede presentar ante un comité. Ese respaldo puede facilitar una compra incluso si esa misma mañana no hubo cambios relevantes en las operaciones.

Los inversores suelen asociar los catalizadores de precios con resultados inesperados, adquisiciones, presión de accionistas activistas o escisiones. Sin embargo, también pueden aparecer cuando cambia quién puede o quiere poseer un activo determinado. Una mayor liquidez, la publicación de nuevos estudios o una modificación en la composición de los propietarios tienen la capacidad de alterar la demanda sin transformar el negocio de fondo.
Una salida a bolsa no define por sí sola cómo se comportará una acción con el paso del tiempo. Ese debut crea una base de accionistas, pero el vencimiento de las restricciones de venta, la llegada de nuevos análisis y una eventual incorporación a índices bursátiles pueden modificarla. La incorporación a índices bursátiles, las necesidades de liquidez de los empleados y las futuras emisiones para captar fondos pueden cambiarla aún más.
Una oferta creciente pone a prueba la valuación
El primer desbloqueo masivo dejó una enseñanza útil. Que cientos de millones de acciones quedaran habilitadas para negociarse no significaba que todos fueran a venderse inmediatamente. Tampoco implica que el problema de la oferta haya desaparecido.
Se espera que queden disponibles más participaciones en los próximos meses. Además, SpaceX necesitará enormes cantidades de capital si concreta siquiera una parte de sus planes relacionados con Starship, la infraestructura de IA, la computación orbital y las nuevas instalaciones de lanzamiento. La computación orbital incluye centros de procesamiento de datos ubicados en el espacio.

Mientras tanto, Wall Street ofrece modelos cada vez más ambiciosos que pueden justificar la absorción de una parte de ese volumen. A medida que mejore la liquidez, la escasez debería perder importancia. La calidad del negocio, las proyecciones que respaldan su valuación y la disposición de los grandes fondos a comprometer capital deberían ganar peso. Esto podría favorecer una formación de precios más equilibrada, aunque también puede resultar incómodo para quienes compraron principalmente porque, hasta hace poco, era difícil acceder.
No apostaría con ligereza contra SpaceX. Transformó varias veces ambiciones que parecían improbables en negocios exitosos y generó un enorme valor económico durante el proceso. Pero admirarla no elimina la necesidad de preguntarse qué expectativas debe aceptar hoy quien invierte en ella.
Al principio, el debate giró en torno a si habría suficientes acciones para satisfacer la demanda. Después, la discusión giró en torno a cuánto venderían los actuales propietarios cuando vencieran los bloqueos. La próxima prueba será determinar si una base más amplia de compradores institucionales puede absorber el volumen creciente sin depender de supuestos cada vez más extraordinarios sobre en qué podría convertirse SpaceX dentro de diez años.
Por eso, sus acciones me interesan más ahora que inmediatamente después del debut bursátil. Los cohetes no cambiaron de repente; tampoco lo hicieron las perspectivas de largo plazo de Starlink ni las ambiciones de la compañía en inteligencia artificial. Lo que sí está cambiando es la estructura accionaria, los incentivos de quienes participan en esa transición y, sobre todo, quién será el próximo comprador.
*Esta nota fue publicada originalmente en Forbes.com.