Alphabet, la empresa matriz de Google, incursionó esta semana en uno de los segmentos más singulares del mercado de bonos y sorprendió a los inversores con una apuesta poco habitual en ese ámbito.
La compañía vendió un bono centenario por 1.000 millones de libras esterlinas, cerca de 1.370 millones de dólares estadounidenses, con un cupón del 6,125%, como parte de su plan para gastar 185.000 millones de dólares este año en la construcción de infraestructura de inteligencia artificial. El acuerdo se concretó junto con otros 20.000 millones de dólares en deuda adicional que Google emitió a comienzos de la semana. La demanda del llamado bono Methuselah fue intensa. Los inversores presentaron órdenes por unas 10.000 millones de libras para quedarse con el papel de 1.000 millones de libras, lo que reflejó un fuerte apetito por este tipo de instrumento a muy largo plazo. La colocación de Alphabet se dio en medio de un auge de financiamiento vinculado a la inteligencia artificial. En conjunto, Amazon, Microsoft, Meta, Alphabet y Oracle acudieron a los mercados de deuda por 121.000 millones de dólares en 2025, en un contexto de mayor gasto en centros de datos.
Los bonos centenarios existen desde hace tiempo, aunque no abundan. Proyectar tasas de interés, solvencia y competencia incluso a diez años ya exige un ejercicio de imaginación. Pensar en un siglo entero multiplica esa incertidumbre. Una promesa a 100 años resulta más lógica en el plano soberano, donde las instituciones atraviesan generaciones. En el caso de las empresas, el desafío es mayor: las industrias cambian, la tecnología avanza a gran velocidad y modelos de negocio completos desaparecen. Los datos duros sobre la vida útil de las compañías son limitados, aunque un parámetro surge del índice S&P 500. Un estudio de 2017 de Innosight determinó que la empresa promedio permaneció en el índice durante unos 20 años; en la década de 1960, el promedio alcanzó los 35 años. Ese dato refleja cuánto tiempo una firma logra mantenerse competitiva y relevante en el mercado.
En ese marco, la operación del gigante de las búsquedas cobra otra dimensión. Ninguna empresa tecnológica emitió un bono a 100 años desde que Motorola lo hizo en 1997, cuando los teléfonos plegables marcaban tendencia y el internet por discado acompañaba con su sonido inconfundible. La velocidad de los cambios tecnológicos vuelve casi filosófica una promesa que se extiende por un siglo. @@FIGURE@@
Una forma de interpretar este movimiento es como una señal de durabilidad hacia el mercado, según William Goetzmann, profesor de Finanzas en la Escuela de Administración de Yale. Sin embargo, los inversores todavía deben preguntarse si alguna empresa —y en especial una tecnológica—, incluso con un balance impecable y una capitalización bursátil de 3,76 billones de dólares, “sobrevivirá” el tiempo suficiente como para justificar un horizonte de inversión de ese calibre.
Más allá del simbolismo, la estructura del bono ofrece ventajas financieras concretas.
Para los emisores, los beneficios son evidentes. Un título a un siglo asegura financiamiento durante generaciones y traslada el riesgo de refinanciación a un futuro muy lejano. Goetzmann explicó que los compradores de deuda a largo plazo, como las aseguradoras, necesitan activos que calcen con sus pasivos. Esa lógica sostiene una demanda estable de bonos a plazos muy extensos, que funcionan como herramienta de gestión de riesgos. A su vez, los inversores acceden a rendimientos más altos y a un instrumento excepcional por su duración.
Estos instrumentos pueden parecer extraños en la actualidad, aunque la historia cuenta otra cosa.
Goetzmann señaló que en el siglo XIX los bonos perpetuos o con plazos muy extensos eran habituales, en especial durante el auge ferroviario, cuando el financiamiento se proyectaba a lo largo de generaciones. La deuda de largo plazo encajaba con proyectos de infraestructura que generaban ingresos constantes durante décadas y, al mismo tiempo, reducían la necesidad de refinanciaciones frecuentes. @@FIGURE@@
Ese repaso histórico abre la pregunta que aparece detrás de la tabla. Desde 1990, las empresas estadounidenses emitieron al menos 38 bonos centenarios. Hoy apenas 17 de esos emisores siguen en bolsa. El resto desapareció tras quiebras, fusiones o adquisiciones. Entre las compañías que sobrevivieron, el desempeño bursátil tampoco mostró un patrón contundente. Si se mide si sus acciones superaron al S&P 500 después de la emisión del bono —sobre la base de la rentabilidad total, con dividendos incluidos—, los resultados quedaron casi divididos en partes iguales. Ocho de las 17 superaron al índice, mientras que nueve quedaron por debajo.
Algunos nombres sobresalen del lado positivo. Cummins, fabricante de motores diésel, figura entre las de mejor desempeño, impulsada por una demanda sostenida vinculada al transporte por carretera, la generación de energía y la inversión global en infraestructura. Caterpillar también logró una rentabilidad superior sólida, apoyada en ciclos prolongados en construcción, minería y energía que premiaron a los accionistas pacientes. En esos casos, el peso de franquicias industriales duraderas resultó mucho más determinante que la fecha de vencimiento de un bono.
Los rezagados cuentan otra historia. The Walt Disney Company quedó muy por detrás del índice tras la colocación de su bono centenario, en un contexto de fuerte gasto y de un mapa de medios que cambió al ritmo de la economía del streaming. Apache Corp, petrolera con sede en Texas, también mostró un desempeño inferior, afectada por los ciclos de las materias primas y por la elevada intensidad de capital del negocio.
Aun así, esas cifras tienden a exagerar la tasa de éxito.
El sesgo de supervivencia pesa en el análisis. Varios emisores más recientes de bonos a 100 años desaparecieron en el camino. JC Penney colocó un bono centenario por 500 millones de dólares en 1997, se declaró en quiebra en 2020 y hoy opera como empresa privada. En ese momento, una subasta vinculada a la protección contra incumplimientos implicó que parte de su deuda cotizara a apenas 0,125 centavos por dólar, lo que significó una quita del 99% para los acreedores. Otras compañías, como Anadarko Petroleum, BellSouth y Union Carbide, terminaron adquiridas, muchas veces bajo la presión de ganar escala o adaptarse frente a los cambios en sus industrias.
Aun así, que una empresa deje de cotizar no implica que su deuda desaparezca. En una adquisición, los bonos centenarios siguen en circulación y pasan a ser obligación del comprador. En una quiebra, el proceso judicial define el nivel de recupero. El capital accionario, en cambio, puede caer a cero.
Lo que ocurre después de la emisión ofrece una parte de la historia. La forma en que estos bonos llegan al mercado revela otra.
Goetzmann explicó que los mercados financieros suelen moverse en grupos. Cuando un emisor logra colocar con éxito un instrumento poco habitual, otros avanzan en la misma dirección a medida que los inversores se familiarizan con esa estructura. Ese patrón se repitió en la historia de los bonos centenarios, que aparecieron en oleadas en lugar de manera constante. El acuerdo de Alphabet podría convertirse en un nuevo ejemplo de esa dinámica.
Todo esto enmarca la lectura de la tabla que acompaña este análisis. Los bonos corporativos a 100 años siguen siendo escasos y su impacto para los accionistas no resulta evidente. Algunos emisores prosperaron; otros atravesaron serias dificultades. En el caso de Alphabet, la colocación luce modesta frente a su inversión de capital total y puede funcionar como una prueba del apetito de los inversores por financiamiento a muy largo plazo. El mercado financiero suele apoyarse en antecedentes. Si la demanda se sostiene, el próximo bono centenario podría aparecer antes de lo que muchos imaginan. @@FIGURE@@
*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com